Cuatro
amigos que viven en el mismo barrio se reencuentran después de dos años de no
verse. El cuarteto, casi sin darse cuenta y jugando a los detectives, se verá
envuelto en una serie de aventuras peligrosas que los llevarán a conectarse con
siniestros personajes de la mafia del tráfico de perros.
María
Brandán Aráoz
Detectives en Palermo Viejo
Vecinos
y detectives - 02
Título
original: Detectives en Palermo Viejo
María
Brandán Aráoz, 1996
Ilustraciones:
Guillermo Arce
Diseño
de portada: Editorial Alfaguara
La persecución
Mauro acciona el pedal de su
moto y empieza a seguir a la camioneta. El viento le da en la cara, en el
pecho, y lo hace toser. Ni siquiera lleva un suéter encima del pijama.
La pick-up cerrada se
interna en un paraje desconocido, con casas derruidas y terrenos cubiertos por
yuyos. Da vueltas y vueltas por calles empedradas como si el conductor
estuviera borracho o perdido. Mauro acelera, y su moto no le responde; en
cambio parece flotar. Empieza a quedarse atrás. Envuelta en una nube de humo,
la camioneta ha desaparecido en la oscuridad. Mauro intenta darle velocidad
pero la moto sigue suspendida en el aire, como si una fuerza más poderosa la
atrajera hacia atrás. Y de pronto se libera, retoma el rumbo y lo lleva a toda
carrera.
En un recodo del camino reaparece
la camioneta. Ahora se ha detenido. Mauro vuelve a perder el control de su
moto. Transpira; hace un esfuerzo sobrehumano por frenar. Lo consigue justo a
tiempo de evitar el choque.
Una silueta indefinida,
cubierta por una capa impermeable negra, ha bajado de la pick-up. Otra
figura aguarda reclinada contra el frente de una casa. Mauro presiente el
peligro; está demasiado cerca; teme que lo descubran. Pero no logra mover la
moto que acelera o se detiene cuando quiere.
En el jardín de la casa se
oyen las voces de sus vecinos: son Adela, Diego y Fernando. Se acercan. Quiere
prevenirlos de esas siluetas que los amenazan; fuerza la garganta para
hablarles y la voz no le sale. Les hace señas. Sus amigos no lo ven. Mauro
quisiera correr hacia ellos pero tampoco tiene fuerzas; como si estuviera
clavado en su asiento. Transpira, trata de gritar sus nombres, y sólo consigue
emitir un sonido ronco. De pronto sus amigos desaparecen dentro de la casa.
La pick-up arranca.
Esta vez la moto le responde, y Mauro la sigue. Aunque le lleva ventaja no
tarda en descubrir el trayecto por el ruido del motor. Ningún otro auto circula
por las oscuras calles. El barrio parece un gran escenario vacío.
El misterioso chofer lo
conduce a una plaza, con un monumento rodeado por murallas, donde hay un
inmenso tacho de desperdicios. Arroja por la ventanilla un paquete envuelto en
plástico negro, y la camioneta sigue de largo.
Mauro deja que se pierda en el
empedrado; llega a la plaza. Busca en el tacho de desperdicios el paquete que
sobresale de la pila de basura. Con un cortaplumas de oro, corta un extremo de
la bolsa de residuos y la abre. Retrocede lleno de asco y horror. El cadáver de
un gato yace decapitado.
Se despierta gritando y bañado
en transpiración.
Capítulo 1:
El encuentro
Mauro Fromm entró como una
tromba en su escritorio; se abalanzó sobre la mesa, prendió su computadora
Reina, abrió un archivo nuevo que bautizó: «Detectiv», y empezó a escribir en
el teclado.
La pantalla del monitor mostró
lo siguiente: «Tuve un sueño muy extraño…». Describió la persecución en moto y
el hallazgo del cadáver decapitado del gato. Y luego: «Presiento que pronto
estaré ante otro caso. Huelo en el ambiente del nuevo barrio el próximo
misterio». Cerró el archivo y pasó revista, mentalmente, a las últimas
novedades: la moto scooter ya era suya. Walter, su tutor, había dado el permiso
de manejo, y muy pronto la enviarían con todos los papeles. Ojalá pudiera
estrenarla el próximo sábado.
Pensó que era una buena idea
eso de crear su propio archivo de «Detective» y grabar en su computadora cada
hecho sospechoso que ocurriera en el barrio. Recordó aquel improvisado
diario-cuaderno que habían escrito con Diego, Fernando y Adela, dos años atrás.
En ese entonces todos vivían en Belgrano y trabajaban en el caso del «carnicero
loco». ¿Qué sería ahora de la vida de sus amigos? Recordar a aquellos «vecinos
y detectives» lo hizo sentir solo y aburrido. Para distraerse, decidió
consultar la agenda.
No tenía citas importantes ese
sábado, ni rugby en el Belgrano Athletic, ni un miserable partido de fútbol. El
dinero de su mensualidad se lo había gastado íntegro en la compra de guantes de
motociclista y unos botines de rugby «Mizuno». Ni siquiera había guardado diez
pesos como para invitar a algún compañero de colegio a tomar un helado.
Tras revisar varios cajones y
bolsillos, encontró un billete chico y monedas. Para un helado de vasito
alcanzaría. Luego de gritar a la cocinera un «CEFERINA, ME VOY» que llegó hasta
el comedor de diario donde ella estaba, se fue silbando rumbo a la heladería.
Caminaba despacio por la calle
Oro cuando, al llegar a Juncal, se detuvo perplejo. Al principio se dijo que no
podía ser ella, esta chica era más alta y no usaba anteojos. Y sin embargo… Una
trenza de pelo castaño le colgaba sobre la espalda y tenía esa manera de
caminar, a los saltitos, tan típica de ella. Hasta sus vaqueros bolsudos eran
como a su amiga le gustaban. Después se fijó en el perro: una dóberman negra de
ojos oscuros y expresivos, orejas erguidas y porte elegante.
Mauro se acercó; la perra lo
miró con cara de «¿a vos qué te pasa?» y mostró los dientes en un gruñido.
Entonces la chica se dio vuelta y también lo miró con desconfianza.
—Mejor no te le acerques mucho
porque Guardiana es brava con los que no conoce —le advirtió ella, agrandada.
Mauro sonrió y se dijo para
sus adentros: «Adela no ha cambiado nada en estos dos años».
—¿Y qué hiciste con Picho, lo
regalaste? —le preguntó.
—¿Pero vos cómo sabés que yo…?
—dijo ella.
De repente Adela pegó un
alarido tal, que la dóberman empezó a ladrar enfurecida. Un panadero que venía
de hacer el reparto con su canasta, del susto tropezó y casi se le caen todos
los panes.
—¡MAURO! ¡No te reconocí!
Estás hecho un gigante, ¿cómo pudiste crecer tanto en dos años? ¿Qué hacés por
acá?
Pero él no pudo contestar la
avalancha de preguntas. Guardiana, que había interpretado mal el arranque de
Adela, se abalanzó sobre las pantorrillas de aquel extraño, dispuesta a
defender a su dueña de un posible ataque.
—¡Sacámela de encima! —rugió
Mauro—. ¡Huyyy! ¡Mis medias de rugby nuevas!
Entonces Adela tironeó a la
perra de la correa y, con precisas voces de mando: «¡Échese! ¡Acá!», transformó
a la dóberman en una pichicha dócil y sumisa que fue a acurrucarse a sus pies.
—¿Cómo hiciste para manejarla
así? Antes era una fiera y ahora parece una salchicha boba —reaccionó Mauro ya
recuperado del susto.
—Y… cuestión de práctica.
Además tengo buenos libros de adiestramiento. Pero contame, ¿qué hacés en este
barrio? ¡Cuánto hacía que no nos veíamos! Desde que Fernando se fue a vivir a
Bariloche, Diego a Zárate y vos viajaste a Alemania con tus tíos. ¿Qué pasó?
Pensé que te quedabas a vivir allá.
—No resultó. Extrañaba mucho
Buenos Aires y los tíos tenían que quedarse en Berlín por dos años más. Ahora
vivo con Walter, el amigo de mi tío, ¿te acordás? Es mi tutor; me voy a quedar
con él hasta que termine el secundario. Sigue meterete como siempre pero es muy
bueno. A veces Walter me hace acordar a papá —y los ojos azules de Mauro se
entristecieron.
Adela no dijo nada, ella sabía
muy bien cuánto le costaba a Mauro hablar de sus padres, muertos hacía algunos
años en un accidente automovilístico.
—Las vacaciones las paso en
Alemania. En diciembre tomo un avión y me voy a Berlín hasta marzo —reaccionó
Mauro.
—¿Te acordás de cómo nos
divertimos hace dos años? —exclamó Adela con un dejo de nostalgia.
—¡Y en qué líos nos metimos!
Los dos rieron con ganas
acordándose del caso del «carnicero loco», la extraña aventura que habían
vivido con Diego y Fernando, cuando los cuatro eran vecinos y detectives en el
barrio de Belgrano. ¡Los peligros pasados parecían tan lejanos ahora!
Gemidos de Guardiana
interrumpieron la charla. Todavía echada en el suelo miraba a Adela con ojos de
reproche y cara de «¿no me vas a soltar?, ¿cuándo podré hacer mis
necesidades?». Apenas Adela desenganchó la correa, se fue a todo galope hacia
la esquina, apurada por reunirse con Alan, otro dóberman vecino que le ladraba
desde la puerta de una peluquería.
—Cuando se fueron todos, los
extrañé muchísimo —dijo Adela, con sinceridad—. El año siguiente fue el más
aburrido de mi vida. Por suerte, después compramos una casa vieja en Beruti y
Oro, y nos mudamos. Como no me llevé ninguna materia de primer año, mis padres
me regalaron a Guardiana. Es una dóberman pura, con papeles y todo —dijo,
orgullosa.
—¡Te das cuenta qué
casualidad! Otra vez somos vecinos. El departamento de Walter, donde yo vivo,
queda en Oro y Libertador.
—¡Tenemos que festejarlo! Esta
vez te invito yo a tomar un helado. Todavía me queda plata de mi mensualidad —y
Adela le guiñó un ojo recordándole otras épocas, cuando el único que tenía
plata para gastar era Mauro.
Contentísimos con el reencuentro,
se fueron caminando hacia la heladería de Santa Fe, seguidos a regañadientes
por Guardiana que hubiera preferido quedarse con Alan, su compañero dóberman.
Durante el trayecto, Mauro
echó un vistazo disimulado a su amiga: «está más linda sin los anteojos, y
creció bastante, aunque le sigo llevando casi una cabeza», se dijo.
Al cruzar la calle Beruti, de
doble mano, la tomó protectoramente del brazo. Sorprendida, Adela lo miró de
reojo. «Cambió mucho en todo este tiempo —se dijo—. Está más atento, más
educado. Y no ha fanfarroneado ni una sola vez».
Guardiana, muy malhumorada,
miraba con cara fiera hacia todos lados, dispuesta a defender a su dueña y al
nuevo acompañante… de quien fuera.
Ya en la heladería…
—¿Y qué pasó con Picho, tu
perro? ¿Te acordás de que lo cuidábamos entre todos? —se interesó Mauro,
mientras hacían cola en la caja.
—Se volvía loco dentro del
departamento, extrañaba su libertad. Siempre estaba rascando la puerta de calle
para que lo sacaran a pasear. Cuando Diego se fue con su familia a vivir a
Zárate, me lo pidió y se lo di. ¡Quién mejor que él para cuidar de Picho! Puedo
ir a visitarlo cuando yo quiera. Lástima que Zárate esté tan lejos —suspiró
Adela.
Mauro ya no la escuchaba;
recostado contra el mostrador, miraba con ojos golosos la lista de gustos:
«¿chocolate al limón?, ¿sambayón granizado?», ésos eran nuevos, no recordaba
haberlos visto la semana anterior.
Capítulo 2:
Nuevos vecinos
Pablo Aguilar desarmó por
quinta vez el lavarropas. Puso las piezas alineadas en el suelo y trató de
ubicarlas una por una. Era inútil, esa maldita tuerca cabezona no encajaba en
ningún lado, seguía sobrando la muy tozuda. Entonces decidió poner en marcha el
artefacto, apretó el botón correspondiente y… ¡nada! Ni un miserable ruido. De
pronto, desde la puerta le llegó la carcajada maligna.
—¿Qué le pasa al genio? ¿La
máquina se le ha rebelado o no da pie con bola?
Miró con furia a su hermana
Inés, la insoportable, pero decidió no entrar en su juego y arremetió otra vez
con la tuerca cabezona. Ahí, a la derecha, había un tomillo que parecía justo
para… ¡Inútil!, con semejante protuberancia esa tuerca no encajaba en ningún
lado.
—¿No ves, tonto, que esa pieza
ahí no va? Seguro que es para ajustar la tapa. ¡Hasta yo me di cuenta!
Otra vez la carcajada maligna.
Pablo explotó:
—¿Por qué no te metés en tus
cosas? ¡Andá a ver la novela!
—Empieza a las tres, además
está muy aburrida, ya se sabe quién le mandó el anónimo a Cristal, y el chico
que a ella le gusta nunca se le declara. Me pudrió. En cambio mirarte a vos,
luchando por armar ese lavarropas, es mucho más divertido. ¡El ataque que le va
a dar a mamá cuando vuelva y lo vea!
Más carcajadas perversas.
Pablo, colorado de furia,
arrojó las herramientas y, dando un portazo, escapó hacia el pasillo de la
entrada. Lo mejor era irse a tomar un poco de aire, huir del armado del
lavarropas y de la hermana insoportable.
Ya en el ascensor, y un poco
más calmado, recordó que para sacar la tapa del lavarropas había tenido que
aflojar varias tuercas y una de ellas le había dado bastante trabajo… ¡la
cabezona!
Entró en la heladería
silbando. A Pablo las rabietas nunca le duraban mucho, era tranquilo y de buen
carácter. A excepción de sus peleas con Inés (pensó que ella se divertía
desquitando su malhumor con él), se llevaba bien con el resto del mundo.
Hizo cola en la caja para
sacar su vale. Enseguida vio a la chica alta, con una sola trenza y vaqueros
bolsudos, que siempre andaba con su perra dóberman. Como si hubiera oído sus
pensamientos, ella se dio vuelta y esbozó una sonrisa.
—Hola Pablo, ¿cómo andás? ¿Y
tu hermana? —preguntó Adela con un poco de timidez.
—Ahí anda… ¿Y tu perra, dónde
está?
—Tuve que atarla a la salida.
No es mala, pero cuando ve pasar a alguien que no le gusta, le ladra para que
se vaya.
—Las dóberman son muy
guardianas.
Pablo miró con envidia a Adela
y después a Guardiana que, atada de la correa a un poste de la calle, se
entretenía mostrando los dientes a todo aquel que se atreviera a pasarle
demasiado cerca.
—¡Ojalá me dejaran tener un
perro! —meneó la cabeza disgustado—. Pero mamá se muere… y un poco de razón
tiene. Viviendo en un departamento tan chico, ¡la convivencia sería un
desastre!
Desde la caja, Mauro
interrumpió la charla, va les tocaba el turno y no se acordaba de si Adela
quería cucurucho o vaso mediano.
—Un cucurucho grande de dulce
de leche —gritó ella. Y pensó que a Mauro le iba a caer bien Pablo cuando se lo
presentara.
Ella lo había conocido por
casualidad, en la plaza, frente a la Embajada de los Estados Unidos, uno de
esos mediodías en que paseaba a su perra al volver del colegio. Pablo venía en
bicicleta y Guardiana se le había abalanzado tirándole tarascones a los
tobillos. Ella tuvo que intervenir y, al ver sus medias con agujeros, pedirle
disculpas. Él, en lugar de enojarse, quedó fascinado con la perra.
Pronto ella se acostumbró a
encontrarlo por el barrio y hasta Guardiana le tomó cariño. Ahora lo reconocía
de lejos y, haciendo una excepción, cuando se cruzaban se dejaba acariciar. A
la hermana la había visto dos o tres veces y no le gustaba demasiado. Se creía
no sé qué; siempre hablaba como si tuviera papas en la boca y saludaba con una
sonrisa entre burlona y sobradora. No le parecía muy simpática la tal Inés,
pero cuando Adela la veía trataba de disimularlo.
En ese momento Mauro se
acercaba con los helados. Entre chupeteos rápidos (porque el copete de dulce de
leche se derretía a toda velocidad), Adela presentó a sus dos amigos.
—Yo te conozco de otro lado
—dijo enseguida Mauro—. ¿A qué colegio vas?
—Al San Martín.
—Y… debe ser de ahí, porque mi
colegio queda a pocas cuadras del tuyo. O a lo mejor de verte en el KDT, donde
nosotros vamos a hacer gimnasia. ¿Te recibís el año que viene?
—No, me faltan otros dos.
Cumplo quince en julio. ¡Qué raro!, nunca te vi por el barrio. ¿Hace mucho que
vivís por acá?
—Mauro pasa largas vacaciones
en Alemania —aclaró Adela.
Caminaban concentrados en
emparejar el helado sobrante de los cucuruchos. Guardiana, impaciente por ver a
Alan, su galán dóberman, no cesaba de mortificar a su dueña tironeando con todo
el cuerpo hacia la esquina. Mauro, incapaz de contenerse, empezó a pavonearse
ante Pablo. Le explicó lo emocionante que había sido resolver su último «caso»,
trabajando igual que un detective profesional. Adela enseguida añadió detalles
para resaltar su participación y la de los amigos ausentes. Pablo los miraba
con la boca abierta, sin poder creer en semejante historia.
—Ustedes están inventando todo
eso. No me carguen.
—Para nada. Anoche tuve un
sueño muy revelador. Y desde que me mudé tengo un presentimiento: en este
barrio hay un misterio por resolver —aseguró Mauro—. ¿Vos tenés pasta de
detective?
—Soy muy bueno para armar y
desarmar cosas, artefactos, cerraduras, lo que sea. Si alguna vez necesitás
ayuda, teneme en cuenta —dijo Pablo con admiración.
—¿Y eso qué tiene que ver? —se
burló Adela, celosa al sentirse excluida.
—Puede ser muy útil, nunca se
sabe —interrumpió Mauro—. Aunque ahora también puedo contar con Reina.
—¿Quién es ésa? —volvió a
refunfuñar ella.
—Mi computadora; es GENIAL.
Algunos dicen que las computadoras son tontas, pero la mía puede resolverte
casi todo. Me traje un programa de Alemania que no saben… ¿Quieren conocer a
Reina?
Pablo enseguida estuvo de
acuerdo. Adela, en cambio, empezó a desconfiar. Recordaba muy bien esa
costumbre de Mauro de aliarse con los varones y darle órdenes a ella todo el
tiempo. Y aunque ahora parecía «algo» cambiado, no era cuestión de darle
oportunidad de volver a las andadas.
—No estoy muy segura si puedo.
Mamá me espera a tomar el té…
—Le avisás y listo, si tu casa
queda de pasada —propuso Mauro—. Total a mí ya me conoce.
Adela estaba a punto de abrir
la boca para decirle que ése era el problema «precisamente», que su madre lo
conocía y recordaba muy bien todos los líos en que se habían metido juntos años
atrás. Pero en ese momento pasaron frente a una puerta angosta de garaje y un
hombre petiso y encorvado salió de sopetón a la vereda. Como tenía la vista
fija en el suelo, por poco los atropella. Guardiana, que sí estaba atenta, se
le abalanzó a los tobillos. El hombre empezó a darle patadas y a gritar
palabrotas.
Cuando Adela consiguió calmar
a la dóberman, el individuo los encaró enfurecido a los tres.
—¡Si ese perro me vuelve a
atacar hago la denuncia! —un tic le fruncía la cara mientras apuntaba a Adela
con un dedo mugriento—. Mirá que sé muy bien dónde vivís vos, nena. Voy a
hablar con tus padres.
—Es una perra. Y… disculpe,
pero usted salió tan de golpe que casi nos atropella. Ella creyó que pensaba
atacarnos. No es mala, Guardiana está enseñada y…
—¡Vi cómo está enseñada!, casi
me muerde y me ensució todos los pantalones. Ya sabés, nena: ¡la próxima la
denuncio!
Se alejó muy apurado, cruzó la
calle y subió a una camioneta estacionada enfrente con un cartel que decía:
«Gatto y asociados, Compañía de Fletes».
—¿Quién es esa bestia?
—preguntó Pablo, indignado.
—No sé, pero me pareció
haberlo visto antes —dijo Mauro intrigado—. Estoy seguro de que ese hombre
oculta algo. ¿Se fijaron cómo salió del garaje, mirando todo el tiempo para
abajo?
—Mauro, ¡vos y tus sospechas!
—Adela largó la carcajada—. Acá no hay ningún misterio. Es simplemente un
fletero de mal carácter.
—Humm, no sé, no sé. No perdí
mi olfato de investigador; ese tipo es raro, no me gusta. Yo en tu lugar
tendría cuidado con Guardiana. La amenazó y creo que puede ser peligroso.
Capítulo 3:
Genios en apuros
«Ahora sí que me las va a
pagar», pensó Inés, furiosa con el genio de su hermano. Tenía razón en llamarlo
así —se decía— porque se la pasaba dándose aires de maravilla con su manía de
desarmar y componer artefactos. A veces tenía suerte, pero otras… No había más
que ver esa tuerca cabezona, abandonada en el piso. El muy tonto ni se había
dado cuenta de para qué servía.
¡Estaba harta de aburrirse!
Encima tenía un montón para estudiar. Con un día de tanto calor, ¿quién podía
concentrarse? Pese a estar en abril, pleno otoño, el termómetro no bajaba de
los veintiocho grados. Ya sospechaba por dónde andaba Pablo. Inés cerró con
furia el libro de geografía. ¡Ella también se merecía un buen helado!
Antes de salir, pasó por el
baño; con un peine finito y bastante agua trató de aplastar su pelo castaño y
parado. ¡Cómo lo odiaba! Si al menos tuviera rulos en serio. O mechones lacios,
como su hermano Pablo. ¿Por qué había tenido que heredar, justo ella, el pelo
electrizado de su padre? Con un suspiro de impaciencia terminó su peinado
aplastado y fue en busca de las llaves.
Apenas llegó a la calle los
vio pasar: su hermano, la vecina de la trenza y un rubio alto, lindo, al que no
conocía. Tenía ganas de alcanzarlos y a la vez temía que Pablo pensara que ella
andaba desesperada por conocer al amigo. Pensó rápido en una buena excusa, y
salió corriendo detrás de ellos. Llegó, muy agitada, y los tres se dieron
vuelta.
—¿Qué querés? —refunfuñó
Pablo, todavía molesto por el incidente de la tuerca.
—Mamá llega a las seis y tiene
una pila de ropa para lavar. ¿Qué le digo cuando me pregunte si arreglaste el
lavarropas? —preguntó con voz de inocente.
—Tenés razón, no puedo dejarlo
desarmado. —Y dirigiéndose a los otros—: Me parece que me tengo que ir, dejé un
trabajo por la mitad y… lo peor es que no sé cómo terminarlo.
Inés se mordió los labios para
no largar la carcajada. «Genio en apuros», murmuró para sus adentros.
—Al lado del garaje donde
están los fletes vive Pancho, el electricista. Arregla de todo y no es muy
caro. ¿Querés que le preguntemos si puede ir a tu casa? —propuso Adela.
Minutos más tarde, los cuatro
(Inés había aprovechado la preocupación de su hermano para colarse) tocaban la
puerta del garaje que comunicaba con un local-vivienda alquilado por Pancho.
Golpearon un rato largo y nadie contestó. Ya estaban a punto de irse, cuando la
puerta se abrió lentamente y asomó una cara gorda de mujer, con un habano
encendido y echando humo por la boca.
—¿A quién buscan? Mi hijo Juan
se fue a hacer un flete —preguntó y contestó la cara gorda. Y sin darles tiempo
a nada, volvió a cerrarles la puerta en las narices.
Adela, que se sentía
responsable por haberlos traído, volvió a golpear.
—Es Juana Gatto —les comentó a
los otros—, la madre del fletero que casi nos atropella recién.
—Ella también parece peligrosa
—susurró Mauro.
—No digas pavadas, ¿querés? Es
la dueña del local, le alquila un cuarto a Pancho.
Por si acaso, Adela volvió a
golpear con más fuerza. En el barrio se comentaba que la mujer era medio sorda.
Esta vez la puerta se abrió
con violencia y dejó ver a una mujer petisa y muy gorda, con las manos en los
bolsillos de su delantal, envuelta en una bocanada de humo apestoso.
—¡Les dije que Juan no está!
¡Son sordos!
—Pero nosotros buscamos al electricista,
a Pancho —protestó Adela—. Él me dijo que usted le alquilaba un cuarto.
—Hubieran empezado por ahí,
entonces. Él no está, salió a hacer un trabajo, y no le pregunté cuándo va a
volver.
Su dedo rechoncho apuntó a la
puerta contigua.
—Pueden tocar el timbre ahí.
El cuarto tiene su propia entrada y salida a la calle.
Sin más contemplaciones cerró
con otro portazo.
Inés, que no había abierto la
boca, reaccionó enfurecida.
—¡Qué mujer grosera! No
entiendo por qué tu perra no le ladró. Casi me intoxica con el humo de su
cigarro.
Adela miró intrigada a
Guardiana; se mantenía lejos, al acecho, con las orejas erguidas, pero sin
acercarse demasiado. Luego empezó a trotar en redondo, a gemir y a olfatear la
pared, como si algo la inquietara.
—Es cierto. Guardiana ni
siquiera se le acercó. Eso es muy extraño. Miren cómo olfatea.
Ahora la perra dóberman
olisqueaba el umbral y la vereda del garaje de fletes, como si acabara de
descubrir un aroma conocido.
—Habrá perdido el olfato y lo
estará buscando —Inés largó una risotada—. ¡Y eso que se llama Guardiana…!
—Vos no sabés cómo reacciona
ante la gente que no le gusta. Es muy brava con los extraños. —Adela empezó a
indignarse. ¡Ya se decía ella que la tal Inés era una antipática!
Pero no hubo tiempo para
seguir la discusión porque en ese momento Adela reconoció a Pancho, el
electricista, que acababa de cruzar la calle. Venía silbando bajito, con su
larga melena de rulos grises y sus espesos bigotes teñidos de color castaño.
Los vaqueros ajustados, el suéter de cuello alto y las zapatillas completaban
su aspecto estrafalario. Era difícil calcularle la edad. No se sabía si Pancho
era un viejo rejuvenecido o un joven avejentado. Pero en el barrio estaban tan
acostumbrados a verlo que ya nadie se reía de su pinta. Era bueno y servicial,
le sobraba el trabajo y todos lo querían.
—Ahí viene el electricista
—anunció contenta Adela.
Inés abrió los ojos como
platos.
—¿Ése? —Y dirigiéndose a
Pablo—: ¿Vas a dejar que ese hombre tan raro revise el lavarropas? Si mamá lo
ve le da un ataque.
—Parece medio raro, por el
pelo y la forma de vestir, pero no hay que fijarse sólo en su pinta. Él es una
buena persona y buen electricista. ¡Shh! Que viene —la previno Adela.
Apenas Pancho se enteró del
problema de Pablo, sacudió su melena canosa y puso cara triste.
—Lo siento chicos, hoy no
puedo ayudarlos. Quizá mañana…
—Será demasiado tarde —dijo,
lúgubre, Pablo—. Mi madre vuelve de su trabajo a las seis, y cuando vea en qué
estado quedó su lavarropas no llego hasta mañana. Cuando lo desarmé me sobraban
piezas, ahora me faltan.
Pancho se acomodó los rulos
del flequillo y empezó a rascarse el bigote como si estuviera indeciso entre
callarse o hablar. Por fin, se decidió a contar lo que le pasaba. Una semana
atrás, la Gatto le había pedido que le desocupara el cuarto. Hoy vencía el
plazo. No le quedaba otro remedio que mudarse ese mismo día. El problema era
que, al no haber podido encontrar otro propietario que le alquilara, tendría
que ir provisoriamente a un hotel.
—Todavía no pude conseguir un
cuarto —dijo—. Y no quiero que me agarre la noche sin un lugar donde dormir.
—¡Qué perversa! ¿Cómo puede
echarlo así? —se enojó Adela.
El electricista movió la
cabeza resignado.
—Hace tiempo que vengo
soportando el bochinche que hacen de noche. Entre el cuarto que me alquilan y
la vivienda de ellos, la pared es tan delgada que se oye todo. A veces discuten
a gritos, la madre lo insulta al hijo de una manera… Y lo peor: desde hace un
mes ese Juan entra y sale a cualquier hora, arrastra bultos y valijas. No
entiendo cómo alguien puede pedir un flete a las cuatro o cinco de la
madrugada. La última vez fui a quejarme y entonces ella me pidió que me fuera.
Sorpresivamente, la puerta del
garaje se abrió y la fletera, con una escoba en la mano, asomó su rechoncha
figura. Al ver a Pancho reunido con los chicos empezó a dar alaridos:
—¡A ver si me saca las cosas
de la pieza! Estoy esperando desde esta mañana para limpiar. ¡Tiene una roña
ahí dentro!
—Disculpe señora. Pensé que si
no tenía otro inquilino a lo mejor me aguantaba una o dos noches más.
Pancho la miró suplicante.
—A usted no le interesa si yo
tengo o no tengo otro inquilino. Le pedí que se fuera. ¿No le da vergüenza, un
hombre grande, hacerse la víctima delante de los chicos? —y le apuntó, furiosa,
con la escoba.
Guardiana, que sentía simpatía
por Pancho, creyéndolo en peligro, reaccionó en el acto. Se abalanzó sobre la
mujer y le arrancó la escoba a tarascones. Tomada por sorpresa ella retrocedió,
patinó en una caca de perro y cayó sentada en la vereda. Mientras hacía
esfuerzos por levantar sus muchos kilos, vociferaba:
—¡Saquen a esa perra! ¡Y
usted, atorrante, fuera de mi casa!
Los chicos no pudieron
contener las carcajadas. Y hasta a Pancho le temblaban los labios en su
esfuerzo por dominar la risa. La Gatto, despatarrada en el suelo, pataleando y
a los insultos era todo un espectáculo. Cuando la fletera finalmente pudo
pararse, el electricista ya había desaparecido en busca de su equipaje, y los
cuatro chicos, seguidos por Guardiana, corrían en malón hacia la esquina.
Capítulo 4:
Algo que averiguar
—¡Paren, chicos! ¿Adónde
vamos? —Adela, que ya no daba más de correr, llamó a gritos a los demás.
Reunidos en Oro y Juncal,
discutieron un rato sobre sus problemas. Pablo tenía que arreglar, sí o sí, el
lavarropas antes de las seis. Adela prefería no volver a su casa todavía,
quería dar tiempo a Juana Gatto para que se calmara de su ataque. Era mejor no
arriesgarse a recibir un escobazo o algo peor. Su casa quedaba a metros del
negocio de fletes, y esa mujer era capaz de todo.
—Yo te dije que era peligrosa
—le advirtió Mauro—. Ustedes no escucharon con atención lo que contó Pancho.
¿Por qué hará fletes el hijo a esa hora de la madrugada?
—Si tanto te interesa,
¡averigualo! —dijo Inés, de mal humor porque la carrera le había parado el pelo
recién alisado y encima se había perdido de tomar un helado.
Mauro la miró con rabia.
—Claro que lo voy a averiguar.
Para que sepas, hace dos años Adela, unos amigos y yo resolvimos un caso de
contrabando muy importante. Tengo olfato y experiencia para la investigación.
—Yo tengo olfato para otras
cosas y me parece que la perra de Adela está descompuesta. Vamos, Pablo, o me
voy a descomponer yo. Además mamá debe estar por llegar.
Adela abrió la boca para
contestarle a esa insoportable como se merecía, pero fue Pablo, muy molesto por
el comentario de su hermana, el que la interrumpió.
—Basta de ironías, Inés —y
dirigiéndose a los otros—: Mauro, voy otro día a ver tu computadora. Pasen los
dos a buscarme por casa, vivo en el quinto «B» —y señaló el edificio de
departamentos de enfrente, pegado al bar de la esquina.
Apenas los hermanos entraron
en su edificio, Adela y Mauro caminaron juntos hacia la Rural. Para hacer
tiempo, él propuso dar una vuelta por el predio y ver la exposición de caballos
árabes. Unos días antes Walter le había regalado una entrada para dos personas.
Sí, aún la tenía, hecha un bollo dentro del bolsillo de su pantalón.
Ya en la exposición…
—¿Qué te pareció Pablo?
—preguntó Adela, como al descuido, mientras admiraban un zaino, de patas
increíblemente flacas, que resoplaba arisco en su box sin dejarse tocar.
—Buen pibe.
Adela no se atrevía a hacer la
pregunta que más le interesaba. ¿Qué opinaría Mauro sobre Inés? Aunque estaba
segura de que por el tono y las púas de la insoportable… Sin embargo la
respuesta de su amigo la tomó por sorpresa.
—La hermana no es ninguna
quedada. ¿Cuántos años tiene?
—Catorce —dijo, furiosa.
Tuvo que morderse el labio
para contener su rabia. ¡A Mauro le había caído bien! Pensó que su amigo estaba
muy cambiado. ¿Desde cuándo le gustaban las chicas agresivas? Si antes… Al fin
se animó a protestar en voz alta.
—Si yo te hubiera hablado así,
hace dos años, no me lo habrías perdonado tan rápido. ¡Claro, son cosas de
chica!
—¡Vamos, Adela, no te agrandes
por tener un año y medio más! ¿Y quién te dijo que pienso perdonarla a ella? En
muy poco tiempo se va a arrepentir de lo que me dijo. Aunque, en parte, tuvo
razón. Voy a investigar a ese fletero. Tenemos que hablar con Pancho, averiguar
más cosas sobre esa gente. ¿Querés acompañarme?
—¿Querés decir… hacer otra vez
de detectives? —preguntó Adela, emocionada.
—¡Claro, tonta! Nosotros ya
trabajamos juntos, tenemos experiencia. Y te aseguro que ahora no pretendo ser
el jefe, formaremos un equipo. Podríamos pedirle colaboración a Pablo, que
tiene habilidad para armar y desarmar cosas —siguió entusiasmado— y hasta la
hermana nos puede ser útil. ¿Qué te parece?
Adela emitió un gruñido de
asentimiento y, para disimular su bronca, se detuvo a acariciar a Guardiana.
«No hay felicidad perfecta —se dijo para sus adentros—, Mauro está cambiado
pero ahora tendré que aguantarme a Inés, esa antipática insoportable».
No fue necesario buscar a
Pancho, él mismo vino al encuentro de los chicos. Había logrado colarse en la
entrada, y parecía muy ansioso por alcanzarlos en el tinglado. Caminó hacia
ellos sin hacer caso de los magníficos ejemplares árabes que asomaban curiosos
sus cabezas crinadas. Guardiana suspendió los ladridos hacia esas bestias
enormes que acaparaban la atención de su dueña, y prodigó a Pancho sus fiestas
y lambetazos acostumbrados. Pero él apenas si le dedicó un saludo distraído.
—Chicos, los busqué por todas
partes, por favor vengan conmigo un momento, tengo que hablarles. Es urgente
—dijo muy agitado.
Los arrastró hacia la plaza
ubicada dentro del predio. Guardiana, loca de contenta, corrió a toda velocidad
hacia los canteros. Pasó junto a ellos como ráfaga, con el cuerpo arqueado y la
lengua afuera.
Se sentaron los tres en un
banco. Pancho parecía muy nervioso, los rulos grises se le pegaban a la frente
transpirada.
—Esta noche voy a dormir en
los galpones del antiguo ferrocarril, cerca de las vías viejas que dan a la
calle Paraguay. No pude conseguir hotel y tampoco tengo plata para pagarlo.
—Si es por eso no se preocupe
—lo interrumpió Mauro—. Yo le presto y me la devuelve cuando pueda.
—Gracias pibe, pero no hace
falta —dijo emocionado—. Mañana cobro un trabajo y en cuanto a la vivienda… ya
casi lo tengo arreglado.
—Entonces, ¿cuál es el
problema? Porque algo le anda pasando, ¿no? —preguntó Adela, con voz suave.
—Sí, piba, algo pasa. No tengo
dónde dejar las cosas, las herramientas, la ropa. ¿Alguno de ustedes no me guardaría
la valija y un baúl de herramientas?
—No se preocupe Pancho, puede
dejarlos en casa —contestó la chica con firmeza—. Yo se los cuido.
—¿Y tu mamá, no dirá nada?
—¡Claro que no! Ella se
acuerda muy bien la de veces que usted nos fio el arreglo de la heladera hasta
fin de mes. ¡Quédese tranquilo! ¿Cuándo vendría a buscar las cosas?
El hombre volvió la cabeza y
miró, nervioso, a su alrededor, como si temiera que alguien pudiera estar
escuchándolos. Pero había poca gente en la plaza; la mayoría de los visitantes
a la muestra se paseaban por la calle central, las laterales o entraban y
salían de los galpones. Como si eso lo aliviara, Pancho sacó un pañuelo del
bolsillo, se secó la frente, y dijo:
—Si todo sale bien, mañana o
pasado voy por las cosas. Cuando arregle lo de la vivienda. Bueno piba, a eso
de las ocho, paso por tu casa a dejar el baúl y la valija. Chau, chicos.
¡Gracias!
Diciendo esto, se alejó a
grandes trancos hacia la salida. Guardiana lo acompañó un trecho corto,
husmeando cariñosa entre sus manos. Después volvió al trote y siguió su carrera
enloquecida alrededor de los canteros, para diversión de unos chicos que
subían, bajaban y la perseguían desde los monumentos.
—¡Pobre hombre! —murmuró
Adela, cuando Pancho desapareció de la vista—, qué feo tener que dormir en los
terrenos del ferrocarril.
Mauro, en cambio, parecía
ensimismado en otra cosa.
—¡No me convence! —dijo por
fin—. Algo le pasa, no creo que nos haya contado toda la verdad.
—¡Qué decís! Pancho es una
buena persona. Ya lo oíste, no tiene dónde dejar sus cosas. Por eso nos pidió
ayuda.
—Es cierto, pero además está
asustado por algo.
—Esos fleteros son para dar
miedo a cualquiera.
—Hay algo más, algo más…
Mauro fruncía el ceño, con tal
cara de concentrado, que Adela no pudo reprimir la carcajada.
—¡«Sherlock» Fromm! ¿Qué
disparate se te acaba de ocurrir ahora? Vamos, ya son las seis y mamá me espera
a tomar el té. Si querés venir a casa, te invito.
—No, gracias —dijo medio
ofendido—. Tu madre no debe tener buenos recuerdos de este Sherlock. Saludala
de mi parte. ¿Te importa si te toco el timbre mañana a eso de las ocho? Me
gustaría hablar de nuevo con Pancho. Mi olfato me dice que acá hay gato
encerrado.
Y tras hacer su típico saludo
canchero con la mano en alto, Mauro se mezcló entre el gentío de la Rural.
Caminaba a grandes zancadas, con la campera abierta al viento y las manos en
los bolsillos. «Se siente un Super Sherlock» se dijo Adela, risueña.
Pero tuvo que reconocer que su amigo estaba más buen mozo que antes, y que la
pose de detective le sentaba muy bien.
Capítulo 5:
Pancho en problemas
El timbre había sonado dos
veces. Adela patinó en el piso de mosaicos desde el largo pasillo que
comunicaba los dormitorios con el living. El visitante parecía apurado porque
otro timbrazo corto la alcanzó en la puerta. Adela pensó que a Mauro se le
estaba yendo la mano. A su madre, que colgaba ropa en el patío, no le haría ninguna
gracia semejante alboroto para entrar.
Pero no era él, ni tampoco
Pancho en busca de su equipaje. Al abrir la puerta, Adela quedó muda de temor y
sorpresa: la Gatto en persona, desagradable como siempre, aun sin el cigarro,
le ordenó:
—Quiero hablar con tu mamá.
En su mirada hosca, Adela leyó
una advertencia.
—Está ocupada. ¿Para qué es?
—preguntó con un hilo de voz.
—Eso se lo voy a decir yo a
ella, cuando la llames —contestó la mujer con mirada amenazante.
No fue necesario. Alertada por
tantos timbrazos, llegó Marta, la madre, secando sus manos con un repasador.
—Adela, ¿quién vino?
—preguntó. Y al descubrir a la Gatto—: ¿qué necesita, señora? Si busca a mi
marido, todavía no llegó, pero puedo darle el número del estudio…
—No se trata de una consulta
profesional, señora, sino de esta chica —y señaló a Adela con su pulgar
rechoncho—. Ayer a la tarde hubo un problema con la perra, ¿ella no se lo
contó?
La «chica» había palidecido.
«Soné —se dijo Adela—, vino a quejarse del ataque de Guardiana». Lamentó no
haberle contado a su madre todo el incidente. Marta solía ser comprensiva
cuando era la primera en enterarse de cualquier travesura, pero se disgustaba
mucho si Adela le ocultaba cosas o terminaba enterándose de los problemas por
boca de otras personas.
Sin embargo, esta vez su madre
no la miró con severidad a ella sino a la recién llegada. Y Adela recordó
cuánto le desagradaba que se expresaran en tono despectivo de su hija.
—¿Acaso Adela le faltó el
respeto? Puede decirme de una vez lo que pasa, por favor.
Un poco intimidada por el
repentino cambio de humor de la dueña de casa, la fletera se ablandó:
—No es eso señora. Usted sabe
que yo tengo un inquilino: Pancho, el electricista. Bueno, ayer a la tarde tuve
que desalojarlo. Poco antes de irse, él me insultó en la vereda y no quería
llevarse las cosas hasta que…
—¡Eso es mentira! Pancho no la
insultó, fue usted —gritó Adela sin poder contenerse.
—Calmate, querida, dejá hablar
a la señora —la frenó su madre. Y encaró a la visita:
—¿Qué tiene que ver mi hija
con todo eso?
Entonces la Gatto se despachó
con la historia completa. Contó, con pelos y señales, el ataque de Guardiana y
cómo se habían burlado de ella los chicos. También aclaró, con una sonrisa
falsa, que no venía sólo por eso. Existía un asunto todavía más grave que no
creía prudente discutir delante de la chica. Cansada de tantos rodeos, Marta
insinuó a su hija que fuera al comedor a hacer los deberes, y la hizo pasar.
Media hora después, Adela oyó
el ruido de la puerta de calle al cerrarse y la voz de su madre que la llamaba
desde el living. Como siempre que quería discutir con ella algún asunto serio,
la invitó a sentarse a su lado en el sofá de tres cuerpos.
—Esa mujer vino con una
denuncia extraña. Dice que Pancho le ha robado ropa y herramientas y que, según
le comentaron unos vecinos, trajo todo su equipaje a esta casa. Me pide que si
viene a buscarlo no se lo entregue y le avise primero a ella para que pueda
recuperar las cosas que le faltan. No entiendo nada, Adela, ¿vos le guardaste
una valija a Pancho? Aunque me cuesta creer que sea un ladrón, siempre me
pareció un buen hombre y muy honesto, no debiste proceder así sin avisarme.
Adela quedó con la boca
abierta. No podía convencerse de lo que estaba oyendo. Pancho no era un
delincuente y tampoco hubiera sido capaz de mezclarla a ella y a Mauro en un
robo. Sin embargo, la situación era delicada. Efectivamente, la valija y el
bolso de Pancho estaban ahí, en el taller de su padre. Apenas reconoció este
hecho, su madre la miró con severidad.
—Eso no estuvo bien. Primero
deberías haberme consultado.
—¡Pero mamá! —protestó la
chica—, el pobre estaba desesperado. Pensá lo que es que te echen de tu casa y
no tener un lugar donde dormir. No pude decirle que no.
—¡Está bien! Yo tampoco puedo
creer en esas acusaciones y menos viniendo de esa mujer tan… maleducada.
Entiendo por qué lo hiciste Adela, pero ahora tenemos que salir de este
problema. Quiero que Pancho retire sus cosas de casa entre hoy y mañana.
¿Podrás encontrarlo y decírselo?
—No te preocupes mamá, él va a
venir.
A las nueve de la noche, Adela
ya no se sentía tan confiada. Pancho no había aparecido a buscar su valija y
Mauro (tan interesado que parecía antes en hacerle preguntas), tampoco. Sus
padres habían salido a comer afuera y no tenía con quién compartir su problema.
Además, le hubiera gustado resolverlo sola. Guardiana, luego de devorarse un
paquete entero de galletitas de chocolate (que Adela, distraída, había dejado
sobre la mesa), gemía su descompostura echada en el patio. En ese estado,
tampoco servía de gran consuelo.
En un momento hasta pensó en
llamar a Pablo, para comentarle el lío en el que se había metido y pedirle
consejo, pero desistió a último momento temiendo que atendiera la insoportable
de la hermana.
A las diez en punto sonó el
timbre. Era Mauro.
—La Gatto mintió —aseguró
categórico su amigo apenas le contó lo sucedido—. Quiere culparlo porque ella y
el hijo andan metidos en algo raro y Pancho lo sabe. Así mata dos pájaros de un
tiro: acusa a Pancho y evita que él los acuse a ellos.
—¡Tenés razón! Eso no se me
había ocurrido —Adela lo miró con admiración—. De veras tenés pasta de
detective.
Al instante se arrepintió de
su elogio porque temió que Mauro empezara a alardear de genial.
Pero su amigo estaba ocupado
elucubrando planes.
—Hay que avisarle enseguida. A
lo mejor Pancho no vino porque está amenazado. Vamos a buscarlo a la vieja
estación.
Adela dudó un momento. Después
se decidió. ¿Acaso su madre no le había dicho que resolviera el problema ella
sola? Bueno, esa salida era importante —se dijo—. Si no encontraban pronto al
electricista, al día siguiente valija y bolso seguirían allí.
Caminaron por Godoy Cruz hasta
Paraguay. Luego treparon la cuesta rumbo a las vías abandonadas. A una cuadra
de distancia se divisaba el viejo vagón del ferrocarril donde, supuestamente,
Pancho dormiría esa noche. Guardiana los seguía al trotecito; dos veces se
atragantó y vomitó, pero parecía más repuesta. Por la manera en que meneaba la
cola, se diría que ese paseo nocturno, totalmente inesperado, había resultado
el mejor remedio para su descompostura.
Adela había traído la linterna
de su padre. Iluminaron el vagón a través de la ventana: parecía vacío. Sin
embargo un sector del piso estaba barrido, en un rincón había una pila de
diarios dispuestos a modo de colchón, un envase de plástico y una lata de
cerveza vacía.
—¡Llegamos tarde! ¡Pancho ya
se fue!
—Estuvo antes acá, y pensaba
quedarse a dormir. Fijate cómo puso los diarios y barrió el piso.
—Allí hay ropa. Entremos
—propuso Adela, excitada.
Bajo la ventana encontraron un
repasador bastante agujereado y una media azul. Guardiana, tras olfatear la
media, lanzó una serie de ladridos.
—Ella sabe dónde está Pancho
—aseguró Adela, y dirigiéndose a la perra—: ¡Busca, busca!
Guardiana la miró con sus ojos
brillantes y las orejas bien erguidas. De repente apresó la media con el hocico
y partió del vagón a la carrera.
Los chicos la seguían a corta
distancia. Cada tanto, Guardiana se detenía, miraba hacia atrás y, al ver que
Adela y Mauro no la perdían de vista, reiniciaba su trote por el camino
paralelo a las vías sin soltar de la boca su media-trofeo. Tras recorrer un
buen trecho de terreno cubierto por yuyos, descubrieron un colectivo color
herrumbre, fuera de servicio, con los vidrios tapados por papeles de diario.
Guardiana se detuvo en la puerta y empezó a ladrar. Adela retuvo a la perra por
el collar, mientras Mauro investigaba de cerca el vehículo.
Casi enseguida se abrió la
puerta y la silueta de un hombre apareció en el primer escalón. No podían verle
bien la cara, pero Guardiana lo reconoció enseguida. De un brinco trepó al
ómnibus y apoyando sus dos patas en los hombros de Pancho, le bañó la cara a
lambetazos. Gracias al excelente olfato de Guardiana, habían encontrado al
electricista.
Ansiosos por ayudarlo, le
contaron el incidente con la Gatto y de qué manera ésta lo había acusado de
ladrón.
—Pero nosotros no creemos una
palabra de lo que dijo de usted —aseveró Adela—. De todas formas, estamos en un
problema. Mi mamá quiere que se lleve el equipaje mañana mismo.
Pancho bajó la vista
intimidado. Sin decir palabra, empezó a acariciar a la perra que cerró los ojos
aceptando de buen agrado los mimos. Como no se defendía, Mauro empezó a
inquietarse.
—¿Por qué lo acusa esa mujer?
¿Qué pasa? ¿Nos puede contar?
Éste negó con la cabeza.
—Lo único que les puedo contar
es que yo no le robé ropa ni herramientas a esa gente —dijo por fin—, pero no
voy a decirles nada más. Lamento haberlos metido en este lío. Lástima que no
puedan tenerme el equipaje un poco más de tiempo. Porque todavía tengo que
solucionar mi problema de vivienda… y otras cosas.
Pancho parecía muy abatido.
Adela se dijo que nunca lo había visto así. En las últimas veinticuatro horas
había envejecido; los rulos grises le colgaban como flecos y dos profundas
arrugas le enmarcaban el bigote. Adela no supo qué contestarle. Su madre había
sido muy clara: «que Pancho retire su valija entre hoy y mañana». Fue Mauro el
que encontró la solución.
—Si usted no puede venir a
buscar sus cosas, nosotros podemos traérselas.
Pancho volvió a negar.
—No sé cuánto tiempo más voy a
estar acá. Lo único que se me ocurre es que se las dejen a Zaia, la dueña de la
veterinaria. Yo sé que ella me aprecia; le hice varios trabajos y me va pagando
cuando puede. Además, su local es grande, tiene bastante lugar.
Aunque los chicos seguían
intrigados, Pancho no quiso hablar más del asunto. Se negó a contestar a todas
las preguntas que le hicieron: por qué los Gatto eran peligrosos; a qué le
tenía miedo él; si era cierto que estaba escapando de alguna amenaza por saber
más de la cuenta.
A las once, Mauro se despidió
de Adela en la puerta de la casa. Se sentía un detective frustrado con tantas
preguntas sin respuesta.
—En todo este asunto hay
muchos puntos oscuros y Pancho no habla. ¿Por qué?, ¿tiene miedo por algo que
él sabe o realmente es culpable de haber cometido el robo?
Desolada, Adela no supo qué
contestar. Sólo Guardiana emitió varios aullidos de protesta, como si saliera
en defensa de su amigo. Pero los chicos estaban demasiado cansados como para
tomarla en cuenta.
Capítulo 6:
La Exposición Canina
—¡Quieta, Guardiana! ¡Quieta!
En el salón-bañador de «Curiperros»,
rodeadas de toallas, frascos de desinfectantes, antipulguicidas, cepillos,
jabón y palangana, entre Zaia, la veterinaria, y Adela terminaron de secar a
Guardiana. Cuando ésta dejó de sacudirse entera y contorsionar el cuerpo de
cola a cabeza, pudieron cepillarle el lomo hasta que el pelaje negro quedó
completamente seco y lustroso.
La veterinaria la miró
complacida. Conocía a Adela y a Guardiana desde que ambas vivían en el barrio.
Casi todas las semanas la chica llegaba con su perra para un control, un baño
especial o alguna vacuna. Zaia siempre le hacía descuento en los remedios, y al
poco tiempo de verse ya se habían hecho amigas.
—El pelo lo tiene muy bien
—aprobó Zaia—, pero no te olvides de darle otra vez el antiparasitario y el
calcio, como te indiqué.
—Quedate tranquila, tengo todo
anotado. Bueno, creo que ya es hora de irme, los chicos me esperan en la puerta
de la Rural. Aunque Guardiana no vaya a ser presentada en la Exposición Canina
este año, no quiero que haga mal papel delante de otros perros.
—Esperá, tengo que decirte
algo —y Zaia frunció el ceño con preocupación—. Ya pasaron dos días y Pancho
todavía no vino a buscar sus cosas. ¿Ustedes tienen idea de dónde puede estar?
—No. La última vez que lo
vimos dijo que andaba buscando donde ir a vivir.
—Está bien, no te preocupes,
ya vendrá. A lo mejor no pudo encontrar una vivienda definitiva.
De repente, Guardiana corrió
como flecha hacia la puerta del negocio. Desde allí oyeron sus ladridos cada
vez más feroces.
Pronto descubrieron la razón
de tanto alboroto. La Gatto balanceaba su cuerpo rechoncho frente a la vidriera
del local. Guardiana, vidrio de por medio, le gruñía en plena cara.
—Odia a esa mujer. Casi los
ataca a ella y al hijo el otro día. A mí tampoco me gustan. Y menos desde que
echaron a Pancho del cuarto que le alquilaban —comentó Adela cuando la mujer se
fue.
Zaia asintió en silencio.
Después buscó un collar colorado con tachas, colgado en la pared, y se lo
extendió a Adela.
—Hace tres meses que llegaron
al barrio, y aquí nadie los quiere. Echarlo así…, ¡pobre Pancho! —comentó la
joven.
Para ponerle el collar paquete
a Guardiana, hubo que perseguirla por todo el local. Ella insistía en
retroceder y tironear del cinto como si se tratara de un nuevo juego. Hasta que
Adela logró distraerla con su pelota de goma y pudo terminar de abrochárselo.
«Bueno, ella quedó impecable y yo a la miseria», se dijo, satisfecha a medias.
Pero ya no tenía tiempo de pasar por su casa para cambiarse los vaqueros
mojados ni la remera, bastante húmeda, de oso panda. La Exposición Canina abría
sus puertas a las tres de la tarde y apenas faltaban quince minutos.
Adela se bajó las botamangas
trepadas hasta las rodillas, se despidió con un beso de Zaia y, después de
insistir para que le cobrara con menos descuento, salió de la veterinaria.
Empapada ella; lustrosa y recién bañada la perra.
Los chicos ya esperaban en la
puerta de Santa Fe. Pablo fue el primero en verla (Mauro e Inés conversaban muy
animados) y la recibió con una sonrisa.
—¡Hola! ¡Qué bien arreglada!
Adela, que supo enseguida que
se refería a la perra, echó un vistazo vergonzoso desde sus pantalones húmedos
hacia arriba. «Al menos la remera se me secó por el camino», pensó aliviada.
Guardiana, agradeciendo el piropo de Pablo, le plantó las dos patas al pecho y
empezó a lamerle la cara.
Mauro e Inés suspendieron la
charla y se acercaron juntos. Guardiana, excitadísima, casi los tira al piso
por darles la bienvenida.
—¿La vas a presentar en la
Exposición? —preguntó su amigo.
—Adela, ¡estás empapada!
—exclamó Inés atónita.
—Tenía calor —contestó
irónica. Y dirigiéndose a Mauro—: La presento al próximo concurso de hembras
reproductoras dóberman para cruza, el año que viene. No me decidí a hacerlo
ahora porque no tenía plata.
—Entremos —la apuró Mauro—.
Después se junta demasiada gente en los pasillos y no se puede ver bien a los
perros.
Guardiana tironeaba de la
correa, ansiosa por entrar en ese lugar de donde partían tantos ladridos
diferentes. Adela decidió no dejarla suelta dentro de la Rural. Parecía
demasiado ansiosa por desafiar a cuanto perro se le cruzase.
Mientras paseaban por los
puestos, mirando los exponentes de las distintas razas y a sus cachorros, Mauro
aprovechó para preguntar precios de unas crías de rottweiler, parientes del dóberman
pero más robustos y bonachones.
—Me gustan porque son
juguetones y un poco más tranquilos que tu perra —comentó.
—Sí, más tranquilos… y más
brutos. Además comen como desaforados —contestó Adela, ofendida por la velada
crítica a Guardiana.
—¿Pensás comprarte alguno?
—investigó Pablo—. ¡Qué suertudo! A mí no me dejan tener perros.
—Nuestro departamento es muy
chico —aclaró Inés—, sería un lío para mamá, y el perro sufriría. Salvo que
fuera un salchicha o alguno de raza enana, pero ésos no nos gustan.
—¡Por supuesto! Hay que tener
un perro grande y, en lo posible, con pedigree. Y bien adiestrado, como
Guardiana —intervino Adela, mandándose la parte. Todavía estaba resentida con
Inés. ¿Por qué había puesto en evidencia sus vaqueros mojados delante de los
chicos?
Y mientras los varones
acariciaban a un gran danés, que trotaba muy animado por todo su stand, ella
empezó a relatar a Inés todas las proezas que le había enseñado a su perra.
—Si yo se lo ordeno, sabe
hacerse la muerta y quedarse varios minutos así, inmóvil, casi sin respirar;
puede atacar a un delincuente o custodiarlo y no permitir que se escape hasta
que venga alguien a ayudamos; es capaz de pasar por un espacio mínimo de
treinta centímetros y saltar una pared de casi dos metros. Además tiene un
olfato excepcional, el otro día encontró a Pancho después de oler su media.
—¡Qué asco! ¿Para qué le
enseñaste a hacer todo eso? Que yo sepa no sos del ejército ni estamos en
guerra —Inés sonrió burlona, pero miraba a la perra y a su dueña con más respeto.
—Es mejor tener una perra
adiestrada, y las de esta raza son muy inteligentes. No te olvides de que yo
vivo en una casa; a veces paso muchas horas sola cuando mis padres trabajan. Si
a alguien se le ocurriera asaltarme, Guardiana me podría defender.
Inés asintió en silencio. En
el fondo le envidiaba muchas cosas a Adela: su libertad, el hecho de ser hija
única, tener perra y vivir en una casa grande con patio, tan distinta a su
mínimo departamento. Pensó que Adela era simpática, buena y que se aguantaba
bastante bien sus burlas. Era mejor no pasarse de la raya, porque podía ser
divertido tener una amiga-vecina.
—No me hagas caso, era una
broma. ¡Ojalá yo tuviera una perra así! Creo que me parecería mentira y hasta
tendría miedo de que me la robaran.
Acabó Inés de decir esto,
cuando se produjo la explosión. Un apagón general de luces, seguido por una
sucesión de disparos, provocó los gritos de la gente y ladridos ensordecedores
de los perros. En medio de las corridas del público y la confusión general, una
mujer empezó a dar alaridos.
—¡Me robaron a Lulú! ¡Auxilio!
¡Policía!
Por varios minutos, que
parecieron horas, reinó el caos total. Algunos perros escaparon de sus jaulas,
otros gemían asustados en sus rincones. Criadores y dueños perseguían a tientas
a sus canes premiados por los pasillos en penumbras. Voces alarmadas rogaban al
personal de vigilancia que trajeran faroles y linternas. La mujer que había
gritado primero, ahora lloraba a mares presa de un ataque de nervios. Cuando
por fin se prendieron las luces, un guardia gigantón dio la orden de cerrar las
puertas de salida, mientras un policía de uniforme intentaba en vano calmar a
la dueña de la perra robada. Los chicos se acercaron a curiosear. Pero Adela se
sentó en el suelo, agotada de tanto sostener la correa tensa como un cable para
evitar que Guardiana se escapara como los otros perros. El guardia gigantón,
con el semblante pálido de furia, avanzó sin mirar hacia adelante ni a los
costados y casi se las lleva por delante.
—¡Oficial! Venga, por favor,
esto es grave —dijo al policía que socorría a la dueña de la perra robada.
—¡Qué dice! —protestó
sollozando la mujer—, el robo de mi pequinesa también es grave.
—Pueden estar relacionados,
señora —dijo el gigantón—. Oficial, le ruego que me acompañe.
Mauro hizo señas a Pablo y
ambos fueron tras los dos hombres. Adela e Inés prefirieron observar los hechos
desde lejos.
El gigantón mostró al oficial
dos corrales vacíos. Luego fueron hacia las salidas laterales del predio y les
echaron un vistazo. Por último, subieron por turno a un andamio para examinar
unos cables de luz. Cuando volvieron a bajar, Mauro, agachado en el piso,
fingió atarse los cordones de los zapatos para poder escuchar su conversación.
—Salta a la vista que todo
estaba preparado: el cortocircuito que nos dejó sin luz, la salida trasera
forzada y la desaparición de dos campeones: un malamute de Alaska y un
rottweiler. Sin duda usaron gas paralizante. Cada uno de los perros vale más de
quince mil dólares. Fueron dejados a mi cargo por un importante empresario que
está de viaje. La situación es muy grave.
—Tengo a tres compañeros en la
puerta, vamos a requisar los stands. Es urgente hacer la denuncia. Consígase
algunos testigos y vaya con ellos a la Comisaría 23.a. No se olvide
de traer la documentación de los…
No pudo terminar. La mujer, a
la que acababan de robar su pequinesa, llegó enardecida.
—¡Le dije que se llevaron a mi
Lulú, y usted no hace nada!
Entre el gigantón y el policía
la condujeron hacia la puerta principal. El guardia se reunió con los otros
policías, mientras el oficial intentaba calmar nuevamente a la desconsolada
señora que cada vez lloraba con mayor desesperación.
Adela, tironeada por
Guardiana, que entre el público acababa de descubrir a Alan, su amigo dóberman,
llegó a la entrada a los patinazos. Inés, muerta de risa, las seguía a poca
distancia.
Cuando estuvieron todos
reunidos, Mauro comentó exaltado:
—Van a revisar stand por
stand. Robaron dos campeones que valen más de quince mil dólares: un rottweiler
y un malamute de Alaska. Eran de un empresario muy importante. Parece que el
ladrón provocó un cortocircuito, usó gas paralizante para inmovilizar a los
perros y forzó una de las salidas para poder llevárselos.
—Tuve suerte —dijo Adela—.
Pudieron robarme a Guardiana.
—¿Guardiana también vale
quince mil dólares? —preguntó Inés con tono inocente.
Capítulo 7:
Un extraño mensaje en el Zoo
Ese mediodía de abril,
radiante y caluroso, el Zoológico era un hervidero de chicos acompañados por
adultos. Como ninguno tenía clase los viernes a la tarde, también los cuatro
amigos, seguidos por Guardiana, deambulaban según su gusto por el lugar. Mauro
hacía equilibrio en la pared que rodeaba las fosas reservadas a los leones;
Pablo prefería observar las gracias de los monos, aunque le daba pena el
obligado cautiverio de sus jaulas. Adela iba y venía entre los espacios verdes
destinados a ovejas, caballos y vacas repartiéndoles manojos de pasto que traía
en una bolsa plástica y controlando a Guardiana para que no se trenzara en
peleas con otros perros. Sentada en un banco, cansada de caminar, Inés se
divertía contemplando las liebres y las mulitas. Estos animales, que corrían
libres por los caminos, se cruzaban entre los paseantes y más de un chico
desprevenido terminaba de narices en el suelo.
Ir al Zoo había sido idea de
Adela, con la intención de cambiar el paisaje archiconocido de la plaza y
socializar un poco a Guardiana, tan poco habituada a ver otros cuadrúpedos que
no fueran de su misma especie.
—¿Vieron el recorte de diario
que pegaron en la puerta de la veterinaria? —dijo Mauro, cuando por fin se
reunieron todos para arrojar pasto a un par de ovejas con aspecto de
hambreadas.
—¡El empresario ofrece una
recompensa de 3000 dólares por los perros robados! Yo también lo leí exclamó
Pablo.
—¿Qué hacemos acá? —se burló
Inés—. Deberíamos estar buscándolos, en lugar de pasearnos entre tanta bestia
con olor.
—No entiendo por qué hablás
así de los pobres animales. ¡Si no te hicieron nada! ¿Cómo creés que olerías
vos, si te encerraran un mes en una jaula? —se enojó Adela.
—No sería tan mala idea
—murmuró Pablo entre dientes.
—No te sulfures Adela, era un
chiste. A mí también me dan lástima —la calmó Inés. Y dirigiéndose a Mauro—:
Sherlock, ¿qué pensás del asunto de la recompensa?
—Será cuestión de investigar
un poco —dijo Mauro haciéndose el indiferente. En el fondo desconfiaba de los
aires que se daba la chica. «Estoy convencido de que no es tan segura como
aparenta», se dijo y la miró fijo para ponerla nerviosa.
Inés le devolvió la mirada sin
pestañear.
—A mí no me vendría mal una
recompensa así. Podría comprarme un buen equipo de música —reflexionó Pablo en
voz alta.
—¿Por qué no vamos a hablar
con Zaia, la dueña de la veterinaria? —propuso Adela—. A lo mejor ella tiene
alguna pista para empezar a investigar. Conoce a todos los que organizaron la
Exposición Canina.
Mauro iba a contestarle, pero
un chistido fuerte, que se repitió dos veces, lo obligó a dar vuelta la cabeza.
Un morochito, pobremente vestido, de unos ocho años, lo miraba desde una
distancia de dos metros.
—A vos te estoy chistando, sí,
a vos —dijo el chico con autoridad—. Un señor te manda este papel.
Sorprendido, Mauro estiró la
mano, y el chico le entregó una servilleta, algo sucia, doblada en cuatro.
—¿Qué es esto? ¿Un chiste?
—gruñó enojado.
El morochito lo miró con
astucia, suspiró sonoramente como quien se arma de paciencia y dijo:
—Si no mirás adentro, ¿cómo
vas a saber lo que hay escrito? Yo no te lo puedo decir porque todavía no sé
leer. Pero el señor que me mandó con el papel dijo que ustedes me iban a dar
unas monedas —y se quedó esperando con la palma de la mano hacia arriba y un
chispazo de picardía en sus ojos renegridos.
Mauro buscó en el bolsillo,
sacó una moneda y se la arrojó. El morochito la atrapó en el aire y salió
corriendo. En el acto, Mauro corrió tras él gritándole por el camino.
—¡Pará, pibe! ¡Pará! ¿Cómo era
ese señor?
El chico era más veloz.
Confundido entre los paseantes rumbeó a toda velocidad hacia el lago de los
patos. En un momento, Mauro se adelantó y creyó alcanzarlo pero tropezó con una
lata de gaseosa y cayó de panza al suelo. Entonces el morochito se dio vuelta,
le sacó la lengua y desapareció otra vez a toda carrera.
Mauro volvió jadeando y
transpirado junto a sus amigos.
—¿Pudiste averiguar algo?
—preguntó, ansiosa, Adela.
—A nuestro Sherlock le hace
falta entrenamiento. ¡Le gana un chico de ocho años y encima se cae! —rio
estruendosamente Inés—. Decime, ¿vos no jugabas al rugby?
Mauro le dedicó una mirada
asesina, abrió la boca para contestar y…
—¿Qué dice el papel que te
entregó? —interrumpió Pablo, para calmar la explosión del otro y contener su
propia risa.
La curiosidad pudo más, Mauro
ignoró las púas de Inés, abrió la servilleta doblada en cuatro y leyó en voz
alta:
Si quieren averiguar algo más
sobre el robo de los perros, vayan esta noche, a las tres de la mañana, a la
calle Honduras al 4800. Allí encontrarán una casa antigua, con puertas y
balcones pintados de negro. Tienen poco tiempo. Si…
La nota continuaba en un gran
borrón de tinta seguido de un agujero. El que había escrito la nota se había
quedado sin papel, sin tinta, sin tiempo o sin más información para darles.
—¿Quién puede ser? ¿Por qué
nos pide a nosotros que investiguemos, en lugar de hacerlo él? —se preguntó
Inés.
—Es Pancho, estoy segura
—arriesgó Adela.
—O un testigo muy comprometido
que tiene miedo de hablar con la policía —dijo Pablo.
—O un cómplice arrepentido
—sentenció Mauro.
—¿Tenemos que ir todos? No
creo que mamá nos deje salir a esa hora —dijo Inés, que tampoco estaba muy
segura de querer ir ella.
—Las chicas se quedan. Puede
ser peligroso. ¿Venís conmigo Pablo?
—¡Ya salió el machista! Pensé
que habías cambiado en estos dos años. Yo pienso ir, te lo aviso —se indignó
Adela.
—¡Vamos, no seas chiquilina!
¿No te das cuenta de que si nos descubren se puede estropear toda la
investigación? Ya habrá otras oportunidades de seguir pistas, no arruinemos la
primera que se nos presenta —dijo Mauro.
Ante el asombro de Inés, que
no entendía las ganas de Adela de levantarse en plena madrugada para espiar un
caserón en Palermo Viejo, los amigos discutieron sobre el tema un largo rato.
Fue Pablo el que se encargó de convencerla.
—Creo que Mauro tiene razón,
Adela, dejanos ir esta vez a nosotros solos. La investigación recién se inicia.
No será nuestra única pista. ¿Por qué no se encargan ustedes de otra cosa? De
hablar con Zaia, la veterinaria, por ejemplo. Necesitamos más información sobre
los perros robados.
A regañadientes, Adela estuvo
de acuerdo. Y los chicos empezaron a planear su escapada nocturna.
—Creo que es mejor que vengas
a dormir a casa —dijo Mauro—. Mi tutor viajó anoche para el campo, y Ceferina
es bastante sorda. Podremos salir de noche sin problemas. A mí no me controla
nadie.
Adela esbozó una sonrisa
recordando otras épocas. Cuando Mauro era un chico enfermizo y siempre
encerrado, porque sus tíos alemanes lo cuidaban tanto que no podía ir ni a la
esquina sin pedir permiso. Ahora parecía otra persona: independiente, más
libre. «¡Aunque no perdió la manía de dar órdenes!», pensó enojada.
Como si adivinara sus
pensamientos, Mauro la agarró del brazo.
—No te enojes Adela. Sos muy
valiente al querer ir y te prometo que la próxima salida peligrosa venís con
nosotros.
—Gracias Mauro. Contá conmigo.
Sonrió halagada por lo de
valiente, y contenta con la promesa de intervenir en la próxima salida
peligrosa que se presentara.
Inés, impaciente por hacer
méritos en la investigación, propuso que fueran las dos a la veterinaria a la
mañana siguiente. Adela podría interrogar con disimulo a Zaia, mientras ella
grababa en su «Sanyo» toda la conversación.
—Lo puedo hacer sin que se dé
cuenta. A veces la grabo a la profesora de matemática cuando explica. Es más
divertido que atender en clase y sirve para hacer los ejercicios sola en casa.
Adela reaccionó indignada:
—¡Estás loca! Zaia es mi
amiga, si sabe algo más sobre los perros robados ella me lo va a decir. ¿Cómo
se te ocurre que la vamos a grabar a escondidas?
—Pensé que podía ser divertido
—suspiró Inés—. ¿No lo hacen acaso los detectives de las películas?
Reanudaron el paseo muy
animados. El día siguiente prometía ser emocionante para todos y un buen
comienzo para la investigación. ¡Una recompensa de 3000 dólares no era algo
para despreciar!
Capítulo 8:
Peligro en la madrugada
Pablo abrió de golpe la puerta
del ascensor. El ruido retumbó en el garaje del edificio de Libertador y Oro
donde vivía su amigo.
—¡SHHH! Más despacio —susurró
Mauro, temeroso de que el sereno hubiera oído y pudiera descubrirlos.
Se internaron entre la maraña
de coches mal enfilados que obstaculizaban la entrada.
—Seguime, no te pierdas
—ordenó Mauro.
Deslizándose con esfuerzo
entre los autos, bastante pegados unos contra otros, tardaron como diez minutos
en llegar al fondo del garaje. En el cuarto donde estaba el tablero de las
llaves solía dormitar el sereno. Mauro apoyó un dedo sobre los labios para
alertar a Pablo: no debían hacer el menor ruido al pasar por allí. Metros más
adelante, sujeta a una columna por una gruesa cadena, su moto scooter nueva
brillaba en la penumbra. Mauro abrió el candado e hizo señas a Pablo para que
lo ayudara a arrastrarla hacia la salida.
—La puerta tiene cierre
automático. En la pared de la derecha hay un gancho que sobresale. En cuanto
tiremos hacia afuera, la reja empezará a levantarse. Apenas pasemos el portón
volverá a bajar.
—¿De quién es la moto?
—preguntó Pablo, intrigado.
—No te preocupes, es mía.
Aunque mi tutor no quiere que la use hasta que lleguen todos los papeles. Hoy
me preocupé de llenarle el tanque y probar el arranque. Está lista.
Ya en la calle, Mauro apretó
los frenos, oprimió un botón y la moto arrancó silenciosamente encendiendo los
faros.
—Tiene encendido electrónico
—explicó, orgulloso.
Fueron a toda velocidad por la
calle Oro. Cruzaron la avenida Santa Fe, siguieron derecho dos cuadras más y
doblaron por Paraguay. Era una noche fría y sin luna.
Pasaban una plaza (quizá
fueran por Serrano o por Thames, Pablo no estaba del todo seguro), cuando un
remolino de pensamientos cortos le armó un lío en la cabeza. Sabían que la casa
quedaba en la calle Honduras al 4800, pero ignoraban el número exacto. El papel
que les había entregado el chico en el Zoológico, sólo mencionaba el detalle de
los balcones negros. Tampoco tenían información sobre los ladrones de los
perros, pero era evidente que alguna «entrega» tendría lugar esa madrugada. Era
su primera experiencia como detective, Pablo no tenía idea de cómo se empezaba
una investigación. Iba a preguntárselo a Mauro, cuando su amigo aminoró la
marcha y detuvo la moto junto al cordón.
—Faltan dos cuadras para
llegar. Es mejor dejarla aquí, encadenada a un árbol, para no despertar
sospechas —le aclaró.
Caminaron todo el trayecto en
silencio. Empezó a soplar un viento fresco y Mauro tuvo un acceso de tos. Lo
controló pronto pero ahora el cosquilleo nervioso se le asentó en el estómago.
Aunque era su segunda aventura como detective y tenía más experiencia que dos
años atrás, se decía que esta vez no se trataba de atrapar a delincuentes sino
de rescatar a las «víctimas» y cobrar una recompensa de 3000 dólares.
Pablo seguía inquieto. ¿Y si
no era la única casa con balcones negros que había en esa cuadra? También podía
tratarse de una trampa, y el mensaje que les había entregado el chico del
Zoológico podía ser el anzuelo para una broma de mal gusto.
En la calle Honduras había
poca iluminación. Dos construcciones abandonadas, una o dos casas muy antiguas,
un quiosco con la persiana cerrada hasta la mitad y una puerta oxidada y
entreabierta, como si el negocio estuviera desocupado. Por fin, a mitad de
cuadra y pegada a un terreno baldío, divisaron una casa con entrada de garaje y
puertas y balcones negros. ¡Era allí! De pronto, un rumor lejano empezó a
acercarse: una camioneta, con los faros de posición encendidos, acababa de dar
la vuelta en la esquina. A toda velocidad los chicos corrieron a ocultarse en
el quiosco. En posición de cuclillas, espiaron por la persiana entornada.
Una camioneta amarilla, con la
caja trasera cubierta por una lona negra, se detuvo junto a la casa antigua. Un
hombre de gorra e impermeable bajó del vehículo y tocó el timbre. Se abrió la
puerta y el recién llegado habló agitadamente con alguien. Minutos después, el
conductor volvió al vehículo y lo hizo retroceder para ubicarlo de culata en la
entrada del garaje. Se dirigió hacia la caja trasera y desde allí empezó a
acarrear bultos deformes que iba introduciendo rápidamente en el interior. El
dueño de casa los recibía del otro lado.
Pese a que las circunstancias
eran diferentes, Mauro recordó su sueño de noches atrás. Tampoco ahora podía ver
las caras de los desconocidos, eran sólo sombras que se movían en la penumbra.
Terminado el acarreo, la
camioneta arrancó iluminando el empedrado con los faros de posición.
Cuando hubo desaparecido, los
chicos se miraron intrigados.
—Mucho no pudimos ver —se
quejó Pablo.
—Es extraño —dijo Mauro—. Hace
días tuve un sueño muy parecido.
—De acuerdo con lo que decía
la nota que recibimos en el zoológico, esos bultos podrían ser otros perros
robados —insistió Pablo.
—La única forma de comprobarlo
es entrar en la casa para investigar —dijo Mauro.
—¿Cómo? ¿Por dónde?
—Esperá, dejame pensar.
Por unos momentos, Mauro miró
fijamente la puerta del frente como si allí estuviera la clave para entrar sin
despertar sospechas. Luego, imprevistamente, empezó a hablar con agitación.
—Tengo un plan para entrar,
pero es arriesgado. Si uno de los dos toca el timbre y, con algún pretexto,
logra alejar al hombre de la puerta, el otro podría colarse sin ser visto.
—¿Y qué seguridad tenemos de
que no nos pesque adentro…?
—Hay que arriesgarse. Una
recompensa de 3000 dólares no se gana así nomás. El problema va a ser salir
—reflexionó Mauro.
—Con una media hora tengo
tiempo de sobra para investigar. Si nadie me agarra, quizá pueda salir otra vez
por el garaje —dijo Pablo muy excitado.
Mauro lo miró perplejo.
—¿Entonces estás decidido a ir
vos?
—Lo prefiero, antes que
vérmelas con el hombre en la puerta. No sabría qué decirle. Creo que no soy muy
hábil para mentir.
—Está bien, pero ponete mis
botines de rugby. Son buenos para amortiguar un salto o para trepar. No sabemos
cómo te puede ir adentro. ¡Cuidámelos!, son «Mizuno», los que usan los del
equipo All Blacks. ¡Los mejores! —presumió.
Aunque Mauro usaba un número
mayor, Pablo le pasó sus zapatillas viejas y se calzó los botines.
Discutieron el plan durante
algunos minutos. El pretexto tendría que ser realmente bueno para tocar el
timbre de una casa extraña a las tres de la madrugada. El otro inconveniente
era presentarse a cara descubierta. Si fuera necesario volver otro día para
rescatar a los perros robados, ese hombre podría reconocer a Mauro. Repasaron
los detalles del plan hasta ponerse de acuerdo.
Poco después, Pablo fue a
ocultarse en el terreno baldío. Mauro, rezongando por la parte que le tocaba
pero decidido a sacrificarse para cumplir con el plan, partió en busca de su
moto recién estrenada.
Cinco minutos después,
reapareció con una gorra con visera encasquetada y arrastrando la moto que dejó
a la mitad de la cuadra. Luego fue hacia la casa y empezó a golpear la puerta.
No tardó en contestar una voz
ronca:
—¿Quién es?
—El señor de la camioneta
amarilla me manda con un mensaje.
La puerta se abrió y dio paso
a un hombre alto, de piel oscura, con una larga cicatriz en la mejilla
izquierda. Los ojos achinados examinaron a Mauro con desconfianza.
—¿Qué mensaje? ¿Quién decís
que te manda, vos?
—El señor de la camioneta
amarilla me chocó la moto. Antes de irse dijo que él estaba apurado pero que
usted me ayudaría.
—¿Cómo sé que no me estás
mintiendo? —el hombre se acercó amenazante.
—¡Venga, y vea cómo me rompió
el faro de atrás! Si nadie se hace cargo, tendré que avisar a la policía.
Sin dejar de murmurar
palabrotas, el hombre de la cicatriz siguió a Mauro hasta el lugar donde estaba
la moto.
Desde su escondite. Pablo vio
que su amigo trataba de distraer al sujeto mostrándole el faro trasero roto.
Ambos le dieron la espalda mientras discutían acaloradamente. ¡Era su
oportunidad! Pablo corrió en puntas de pie y entró en la casa como rayo.
De pronto, se encontró en un
corredor largo y oscuro. El corazón le daba tumbos en el pecho, mientras
trataba de decidir hacia dónde encaminar sus pasos. A la derecha, una arcada
comunicaba con un comedor: una mesa ovalada, varias sillas y un aparador
antiguo. Conteniendo el aliento, se internó allí. Aguzó el oído: desde la
puerta, el hombre de la cicatriz gritaba furioso.
—¡Fuera de acá! Antes de que
llame yo a la policía y te denuncie a vos por intento de robo.
Los pasos se acercaron… y un portazo
sacudió los cimientos del caserón.
Pablo, arrinconado tras el
aparador, jadeaba y transpiraba como un boxeador contra las cuerdas. Pero el de
piel oscura siguió de largo por el pasillo; sus pasos se perdieron en otra
habitación. Empezó a temblar: ¿qué hacía él en esa casa extraña? ¿Y si
estuvieran equivocados y ese hombre no fuera el ladrón de perros que ellos
buscaban? O peor, el mensaje del Zoo podía ser una broma de mal gusto o una
trampa urdida por los mismos delincuentes. En eso pensaba cuando un aullido
interminable y conmovedor lo sacudió entero. Siguieron otros gemidos, ladridos
roncos, toses afónicas que parecían venir de bajo tierra. Acostado sobre los
mosaicos, Pablo pegó el oído al suelo. Sí, los quejidos provenían de allí.
Quizá la casa tuviera un sótano, pero ¿cómo llegar? Sigilosamente salió al
corredor. En la puerta se detuvo espantado. Pasos, esta vez de chancletas, y
una voz femenina resonaron al otro extremo del pasillo.
—¡Estoy harta de esos
animales! Es la última vez que bajo a calmarlos.
Pablo alcanzó a ver una
silueta en camisón que cruzaba el patio y seguía de largo. Conteniendo el
aliento, empezó a perseguirla a prudente distancia.
El patio era angosto e
interminable. A ambos lados había escaleras que comunicaban con una gran terraza.
Cuando el camino de baldosas llegó a su fin, la mujer corrió un macetón con
plantas, movió una tapa de material del piso y empezó a descender por el
boquete.
Pablo subió por la escalera de
la derecha decidido a vigilar desde la terraza. La espera se hacía
interminable. Finalmente, la mujer volvió a aparecer, y otra vez colocó la tapa
y el macetón en sus primitivos lugares.
Al inclinarse en cuclillas
para observarla mejor, Pablo pateó sin querer una lata de cerveza. Horrorizado,
vio que ella miraba directo hacia su escondite.
—¿Quién anda ahí? —gritó—.
¿Estás en la terraza Mishh? ¡MISHH!
Chancleteando empezó a subir
las escaleras. Pablo ya se creía descubierto, cuando atronó el alarido
destemplado del hombre.
—¡ANAAA!
Rezongando, la mujer bajó los
escalones; al grito de «YAAA VAAA ROOLOO» desandó camino hacia la casa.
Tras la desaparición de la
mujer, los quejidos y aullidos se renovaron. Era evidente: ¡en la casa había
perros encerrados! Pablo, envalentonado por sus descubrimientos decidió investigar
ese sótano.
Esperó diez minutos para
imitar todos los movimientos anteriores de la mujer; corrió el macetón, las
baldosas, y bajó por una estrecha escalera tanteando en su bolsillo la linterna
de Mauro.
Al llegar al sótano, un olor
ácido y nauseabundo casi lo voltea. Prendió la linterna… y el espectáculo lo
llenó de horror.
Perros de distintas razas
dormitaban en jaulas apenas superiores a su tamaño. Echados sobre sus orines y
materias fecales los pobres animales aullaban y gemían. A pesar de la suciedad
y el estado en que se encontraban (algunos de ellos rengueaban, otros tenían
aspecto de enfermos o manchas de sangre en el lomo) se notaba que eran perros
de puro pedigree.
Conmovido e indignado, Pablo
los fue iluminando de a uno: un ovejero belga, un dogo, un siberiano y dos
ejemplares idénticos a los desaparecidos en la Exposición Canina: el rottweiler
y el malamute, propiedad del importante empresario. En otra prisión, la
pequinesa Lulú lo miró tristemente con sus ojos saltones.
Mientras Pablo iba de jaula en
jaula acariciando a los perros, su mente trabajó a toda velocidad. Ya no
pensaba en la recompensa, sino en rescatar a aquellos animales indefensos y
maltratados de las garras de sus secuestradores. El hombre de la cicatriz, la
mujer chancletuda y el conductor de la camioneta amarilla eran seres malvados.
¡Cómo podían mantener a esos perros en semejante estado! Les echó un último
vistazo; dolía tener que dejarlos pero momentáneamente no había otra solución.
De repente vio algo que brillaba en la oscuridad. En un gancho de la pared
colgaba un manojo de llaves. Pablo las buscó para examinarlas: sí,
correspondían a esos candados. Pero aunque pudiera abrir las jaulas en ese
momento, ¿cómo haría para liberar él solo a los perros? Aun suponiendo que el secuestrador
no lo sorprendiera, no tenían forma de transportarlos. «Lo primero es salir de
aquí, encontrarme con Mauro y contarle todo. Luego podremos volver, lo más
pronto posible, con un buen plan de rescate», pensó.
Ya en el patio, Pablo caminó
con sigilo hasta el pasillo. Se disponía a escapar por allí, cuando apareció la
mujer; iba descalza en dirección al comedor. Decidió esperar unos minutos,
confiando en que ella volviera a salir, pero pronto oyó un ruido familiar: la
chancletuda había prendido el televisor. Era una locura pretender escapar por
el garaje. Aunque el portón estuviera sin llave (lo cual era dudoso), al
atravesar la arcada ella podría verlo desde el comedor. Pablo miró con
desesperación a su alrededor: en el pasillo no había otras salidas. Volvió al
patio; subió por la escalera de la derecha y llegó a la terraza: un simple
techo de hormigón, con una baranda baja, que se comunicaba con el baldío. Algo
más de dos metros lo separaban del terreno cubierto de yuyos y pastizales.
Saltar desde allí era arriesgado pero no imposible. «Después de todo —se dijo—
en el colegio nos entrenamos para este tipo de saltos». Y se felicitó
internamente por su dedicación en los entrenamientos de fútbol. Además, los
botines de Mauro amortiguarían el golpe.
Asomado en la cornisa observó
la calle. Mauro, todavía en la esquina, revisaba el maltrecho faro de su
scooter. Con chistidos y silbidos trató de atraer su atención. Inútil, a esa
distancia y con la gorra todavía encasquetada, su amigo no daba señas de oírlo.
Renovó los chistidos y hasta se atrevió a llamarlo por su nombre. Mauro pareció
percibir algo porque se incorporó y empezó a observar el garaje de la casa como
si esperara verlo aparecer por ahí. Pablo decidió arriesgarse y gritó:
—¡Mauro! ¡Acá, en la azotea!
Al mismo tiempo cesó el ruido
del televisor y su grito retumbó con eco por todo el patio. Entonces, el hombre
de la cicatriz irrumpió en el patio provisto de una potente linterna. Pablo se
encogió sobre sí mismo resuelto a saltar. La oscuridad de esa noche sin luna le
impedía precisar el lugar donde caería, apenas distinguía las sombras de los
yuyales. Y no era difícil encontrar latas o vidrios de botellas en un baldío
como ése. Mientras dudaba, el hombre y el foco de su linterna se aproximaban.
Maldiciendo, éste empezó a iluminar primero los escalones, y luego a rastrear
detenidamente el techo de hormigón. Enseguida se oyó su voz ronca:
—¿Quién anda ahí? Baje o
disparo.
Pablo tomó impulso y saltó.
Los botines amortiguaron el impacto pero el cuerpo cedió hacia un costado, a la
vez que algo filoso se le incrustaba en la puntera de cuero. Caminó unos metros
rengueando. Mauro, que lo había visto saltar, se acercó corriendo.
—¡Vamos! El hombre está en la
azotea y tiene un revólver.
Subieron a la moto. Mauro la
arrastró un par de metros, arrancó silenciosamente y partieron a la carrera.
Capítulo 9:
La llamada telefónica
—¡Inés! —llamó Adela por el
portero eléctrico—. Bajá rápido que tengo una novedad importante.
No era fácil controlar a
Guardiana que tironeaba de la correa, impaciente por emprender de una vez su
paseo matinal.
Inés bajó enseguida con un
aspecto raro: la campera del hermano le quedaba enorme y tenía los bolsillos
muy abultados.
—¿Qué llevás ahí? —le preguntó
Adela.
Inés se puso colorada.
—Paquetes de galletitas por si
nos da hambre.
Adela no hizo comentarios;
había cosas más importantes de qué preocuparse. Tomó a su amiga del brazo y le
cuchicheó al oído:
—Recién me habló Pancho desde
un teléfono público. Anda con problemas. Me dijo que le pidamos a Zaia que le
siga guardando la valija. Iba a contarme algo más y justo se le cortó la
comunicación. Después llamé a Mauro, para averiguar cómo les había ido anoche,
pero la cocinera me explicó que todavía estaba durmiendo. ¿Tu hermano te contó
algo?
—Pablo dormía como tronco
cuando salí —la interrumpió Inés—. Lo único que sé es que anoche llegó
tardísimo.
—Ahora nos toca actuar a
nosotras. Vamos a la veterinaria. Compro un antiparasitario para Guardiana y de
paso trato de averiguar si Zaia sabe algo sobre los perros robados. El otro día
la vi hablando con un guardia de la Exposición Canina.
Al oír su nombre, la perra
empezó a saltar de un lado al otro enredándose en la correa y tirando mordiscos
al aire. Adela tuvo que soltarla, y Guardiana salió como estampida hacia la
peluquería de la esquina.
Las chicas corrieron tras
ella. Adela, a grito pelado, consiguió separarla de Alan, su vecino dóberman,
ponerle de nuevo la correa y llevarla cortita hacia la veterinaria.
Inés que se había quedado
atrás para acomodar un bulto en el bolsillo de su campera, siguió a su amiga
con aire de fingida inocencia. Apenas entraron, Zaia las recibió muy agitada.
—¡Hola, chicas! Me alegro de
verlas, ¿no me harían un favor? Tengo que ir un momento hasta la Rural y
necesito que me cuiden el negocio.
Adela tuvo el presentimiento
de que algo había sucedido. Así era; Zaia, con semblante preocupado, les contó
la novedad.
—Acabo de recibir un llamado
muy raro relacionado con el recorte de diario que puse en la puerta. Un hombre
dice haber visto a los perros robados y está dispuesto a darme información.
Pero quiere que yo haga de intermediaria con el dueño. Tengo que avisar a los
que organizan la Exposición Canina que…
—Está cerrada. La muestra se
suspendió hasta el lunes —dijo Inés, muy segura—. Cuando venía del colegio un
camión se estaba llevando los últimos perros y…
—¡Qué barbaridad! ¿Y ahora yo
qué hago? —se lamentó Zaia.
—Seguramente los organizadores
van a volver, ¿no? —preguntó Inés.
—Sí, pero el lunes puede ser
demasiado tarde. El hombre que llamó por teléfono insistió en que vaya esta
noche, sola, a los galpones de venta de fruta, cerca de la avenida Juan B.
Justo. ¡No sé qué hacer! Le pedí que volviera a llamar en media hora.
—¡Tenés que ir! —reaccionó
excitada Adela—. Es la única manera de seguirle la pista. ¡Se me ocurre algo!
Dejanos ir con vos. Nosotras podríamos llegar más temprano y esperar escondidas
hasta que el hombre aparezca. Así, mientras vos hablás con él, nosotros los
vigilamos. Si llegaras a correr algún peligro, avisamos enseguida a los de la
Comisaría 23.a.
—Mis padres tienen un teléfono
celular. Esta noche salen y no lo usan, lo puedo traer —propuso Inés.
—No sé, no sé… Parece todo un
poco disparatado. Creo que sería mejor avisar ahora a la policía, a lo mejor el
hombre que llamó es el mismo que secuestró a los perros y…
El sonido del teléfono las
sobresaltó a las tres. Tras una breve vacilación, Zaia fue a atender a uno de los
consultorios. Desde donde estaban, las chicas oyeron retazos de la
conversación.
—Sí, sí… haré lo posible. No
creo que sea la forma de… Bueno, está bien… no se altere por favor. Se hará
todo como usted pide. Estaré allí a las diez de la noche.
Zaia volvió muy pálida. Cuando
habló le temblaron los labios.
—Era ese hombre otra vez. Dice
que vaya sola por el bien de los perros. También tienen a la pequinesa. Yo
conozco muy bien a la dueña de Lulú, es dienta. ¡Esa pobre mujer está tan
desesperada!
—Tenemos que acompañarte,
Zaia. Es peligroso que te arriesgues a ir sola. No hay otro remedio —insistió
Adela.
—¿Y si les decimos a los
chicos que vayan también? —preguntó Inés un poco acobardada por la amenaza
telefónica.
Adela la fulminó con la
mirada.
—¿Decirles a los chicos? No
creo que sea una buena idea.
—Cuantos menos seamos, mejor
—intervino Zaia—. No creo que ese hombre me haga nada. Lo único que quiere es
conseguir dinero. Aunque todavía no me dijo cuánto.
Adela suspiró aliviada. ¡Esta
investigación sería exclusiva de ellas! Diría en su casa que iba a lo de Inés,
y esperaba que ésta no lo echara todo a perder.
Al salir del negocio se armó
la discusión.
—No nos conviene ir solas y
sin decirles nada a los chicos —dijo Inés.
—Ya oíste a Zaia: «cuantos menos
seamos, mejor».
—Podríamos correr peligro
—advirtió Inés—. Debe haber una manera de avisarles… y que ellos no vayan de
entrada.
—No se me ocurre ninguna. Si
lo saben con anticipación, van a ir. No conocés a Mauro, es muy mandón y
siempre arma planes por su cuenta.
—Pero conozco a mi hermano.
¡Se va a poner furioso! Es mejor que no me vea en el resto del día.
Adela había decidido no llevar
a Guardiana esa noche. Pero la astuta dóberman adivinó enseguida las
intenciones de su dueña y se pegaba a sus piernas cada vez que ella rumbeaba
para la puerta de calle. No era la primera vez que, estando suelta, Guardiana
buscaba la forma de acompañar a Adela sin permiso. Su adiestramiento le
permitía saltar fácilmente el muro que comunicaba la casa de Adela con una
playa de estacionamiento contigua. Una vez allí, pasaba rauda y veloz ante la
mirada adormilada del sereno o lo desafiaba con temibles gruñidos. Como la
perra no la perdía de vista, Adela decidió dejarla atada en el patio con una
cadena.
Tras media hora de búsqueda,
la cadena no apareció por ninguna parte. No era difícil que la misma Guardiana
la hubiera escondido. ¡Odiaba tanto ese instrumento de tortura! Por fin, entre
forcejeos y voces de mando, Adela logró sujetarla por la correa a la puerta de
rejas con un cinturón de cuero de su padre.
A las ocho de la noche, aún
había galpones abiertos despachando sus mercaderías. Clientes presurosos iban
de aquí para allá llenando los baúles de sus autos con frutas y verduras
compradas a bajo precio.
—El hombre citó a Zaia a las
diez. Seguramente, esperará hasta que todos se hayan ido para aparecer —dijo
Inés.
—A lo mejor tuvo la misma idea
que nosotras, y ya está aquí, entre toda esta gente —cuchicheó Adela—. Tratemos
de pasar desapercibidas mientras buscamos un buen lugar donde escondernos.
En eso pensaban, cuando un
chico morochito pasó corriendo ante ellas y se dirigió al dueño de uno de los
puestos de frutas.
—Manuel, me tengo que ir.
¿Dónde le dejo la llave del galponcito? Acuérdese de que mañana vienen a cargar
bien temprano —dijo en voz alta.
—Dejala escondida donde
siempre entonces. Así los muchachos del transporte la encuentran.
—Como usted diga. ¡Eh, Don!,
me llevo unas mandarinas.
—Voy a seguirlo —susurró
Adela—. Ese galpón puede ser el escondite que buscamos.
Antes de que Inés tuviera
tiempo de protestar se fue detrás del morochito.
El chico caminaba despacio,
chupando ruidosamente su mandarina. Al llegar al galpón cerró la persiana
metálica y puso un candado. Adela lo vio sacar del bolsillo una llave pequeña y
esconderla, sin ningún disimulo, dentro de un ladrillo hueco. Cuando el chico
se dio vuelta, su cara risueña de ojos renegridos le pareció familiar. Adela
pensó que sería su imaginación.
Apenas el lugar quedó
desierto, las chicas buscaron refugio en el galpón del morochito para espiar la
entrada sin ser vistas.
Faltaba poco para las diez de
la noche, y el hombre aún no había acudido a la cita.
—¿Se habrá arrepentido? —dijo
Inés—. Da miedo estar acá solas. Si al menos hubieras traído a tu perra…
—Guardiana era capaz de
echársele encima en cuanto lo viera.
—¡Mirá, Adela! Viene alguien.
Una camioneta gris,
destartalada, entró en el predio con los faros apagados.
—¡Juraría que he visto esa pick-up
en algún lado! —dijo Adela.
—En cientos de lados. Es de lo
más común —dijo Inés.
—La madera de la caja tiene un
lamparón —observó Adela—. Como si antes le hubieran puesto un cartel. Anotá la
patente.
Temblando de excitación, le
dictó los números. Inés los fue escribiendo en un bloc que había traído en el
bolsillo, junto con el teléfono celular.
Un hombre de campera negra con
la capucha puesta, anteojos oscuros y una espesa barba blanca, bajó del
vehículo. Aunque estaban a escasos metros de distancia, con semejantes
accesorios resultaba imposible distinguir sus facciones. El conductor se sentó
en el umbral del galpón más cercano, dando la espalda a las chicas, y prendió
un cigarrillo.
No habrían pasado cinco
minutos cuando apareció Zaia. Y Adela casi pega un grito al ver a Guardiana,
con un trozo desgarrado de cinturón arrastrando por el suelo, que la seguía a
cierta distancia. Era evidente que Zaia ignoraba la presencia de la perra,
porque caminó en dirección a la camioneta sin llamarla ni detenerse Guardiana,
en cambio, quedó expectante en la entrada detrás de un arbusto.
—¡Se escapó! —cuchicheó
Adela—. Seguramente fue a buscarme a la veterinaria y cuando Zaia salió, la
siguió. ¡Es tan inteligente!
—¡Tan tonta! Va a echar todo a
perder —masculló Inés.
—No te preocupes, si no me
encuentra, se va a volver a casa.
El hombre había visto a la
joven y le hacía señas desde el galpón. Zaia se encaminó hacia allí y ambos
minaron una conversación.
De repente, Guardiana empezó a
avanzar hacia la camioneta. Al llegar al vehículo olfateó la puerta y el
asiento; entró de un salto en la cabina y, por una ventanilla interna, se
introdujo en la caja trasera. Para horror de las chicas, la dóberman no volvió
a aparecer.
Adela ya salía a buscarla,
pero la detuvieron las voces airadas y el rumor de una discusión.
Inesperadamente, el hombre corrió hacia el vehículo, subió y arrancó con
violencia.
Adela quedó inmovilizada en su
escondite. Cuando pudo reaccionar, Guardiana, presa dentro de la camioneta,
había partido también.
Capítulo 10:
Guardiana presa
En el departamento de Mauro,
la situación era otra.
—¡Mirá cómo me dejaste los
botines «Mizuno»! ¿Se puede saber qué pisaste anoche para hundirle los tacos
así? —bramó Mauro.
—Caí sobre un bloque de
cemento, creo. En ese baldío había de todo y desde la terraza no se veía.
Además… ¿no eran los mejores? ¿Cómo pudieron arruinarse por un insignificante
salto?
—Tienen su uso, ¡qué te creés!
No me compré un par de «All Blacks» para jugar un solo partido de rugby.
Pablo lo miró indignado,
estaba a punto de decirle que ya lo tenía harto con sus fanfarronadas y que
podía guardarse para siempre sus «Mizuno», pero Mauro lo interrumpió:
—Ahora que ya sabemos dónde
tienen escondidos a los perros, hay que avisar enseguida a la policía. Así se
aparecen por sorpresa y «hacen un procedimiento». ¡Qué lástima! Este caso lo
resolvimos demasiado rápido —dijo entre orgulloso y decepcionado.
De pronto, un llamado
proveniente de la cocina lo distrajo.
—Es Ceferina —dijo Mauro—.
Espero que mi tío no vuelva esta noche del campo. Si llega a descubrir la moto
con el faro destrozado se va a armar. Me pidió que no la usara sin los papeles.
La cocinera, harta de gritar
sin recibir respuesta, hizo su entrada en la habitación con un teléfono
inalámbrico en la mano.
—Mauro, es una chica la que
llama. ¿No me oías? Estaba amasando, así que el aparato quedó algo sucio.
Con gran dignidad, le extendió
a Mauro el teléfono engrudado.
—Seguro que es mi hermana
—dijo Pablo—. Cuando me levanté ya no estaba, y desapareció toda la tarde. Si
piensa que voy a ir a buscarla a algún lado…
Mauro «pegó» el aparato con
masa al oído y alcanzó a decir «hola». Eso fue todo. Quedó mudo los siguientes
dos minutos.
—Muy bien. No se muevan del
lugar. Enseguida estamos ahí —dijo finalmente, con tono grave. Y cortó la
comunicación.
—¿Qué pasa? ¿Quién era?
—preguntó Pablo, adivinando que se trataba de una mala noticia.
—Las chicas. Están bien, no te
preocupes. Pero sucedió algo tremendo. Por el camino te lo explico.
Cuando llegaron a los galpones
de la calle Paraguay, Inés les hacía señas desde la entrada.
—Adela está muy mal —dijo en
voz baja—. Tenemos que hacer algo para rescatar a Guardiana —y señaló el galpón
a escasos metros.
Sentada sobre una pila de
ladrillos, Zaia trataba de consolar a Adela que no paraba de sollozar.
—¿Cómo ocurrió? —preguntó
Mauro, intimidado al ver la desesperación de su amiga, y remiso a acercarse en
ese momento.
—¿Por qué no nos avisaste que
venían a investigar una pista? —dijo Pablo, enojado por la súbita independencia
de la hermana.
Inés lo miró furiosa, iba a
responder… y cambió de idea. Tenían un problema más importante en ese momento.
La pelea con su hermano podía esperar. En pocas palabras les contó todo lo
sucedido esa tarde y esa noche. Al terminar su relato, dos pares de ojos la
miraban sorprendidos.
—¿Cómo era la camioneta?
¿Tenía algo de particular? —interrogó Mauro con tono profesional.
—Común, de color claro, medio
destartalada, con caja de madera. De ésas se ven a montones —y de pronto se le
iluminaron los ojos—. Anotamos el número de la patente. Eso puede servir.
—Muy bien —aprobó Pablo—. Fue
una idea genial.
—No tanto, cualquier detective
sabe que las chapas de patente se pueden poner y sacar —dijo Mauro con aire de
superioridad.
Inés pegó un grito.
—Acabo de recordar algo.
Cuando vimos entrar la camioneta, Adela notó un lamparón en la madera de la
caja, como si antes hubiera tenido un cartel y luego se lo hubieran sacado.
—Ésa sí es una pista —aprobó
Mauro—. Adela es muy observadora.
En aquel momento Zaia y ella
se acercaban al grupo. Adela parecía más calmada, pese a tener los ojos
colorados y los párpados hinchados. Zaia trataba de disimular su nerviosismo.
Durante un rato discutió con los chicos los próximos acontecimientos.
—Hay que avisar a la policía
—decía Zaia—. Nunca debí permitir que me convencieran de venir aquí. Esto es
cosa de ellos.
—Ahora también es cosa nuestra
—explotó Adela—. ¿No te das cuenta? Si avisamos a la policía ahora, ese hombre
maldito va a matar a todos los perros y entre ellos a Guardiana —y un sollozo
contenido le quebró la voz.
—Adela tiene razón —intervino
Mauro—. Conocemos el lugar donde tienen secuestrados a los perros y nuestro
deber sería informarlo a la policía, pero… ¿no podríamos hacer un último
intento por rescatarlos antes nosotros?
—Necesitamos un poco más de
tiempo —pidió Pablo.
—A la policía no le va a
interesar este caso. Con todos los crímenes que tienen sin resolver, ¡mirá si
van a perder tiempo con unos secuestradores de perros! —dijo, astutamente, Inés.
Zaia se quedó pensativa, como
si le costara trabajo decidirse.
—Si mañana vuelven los
organizadores de la Exposición Canina, y me preguntan si sé algo más sobre la
desaparición de los animales, yo no les voy a mentir —dijo con firmeza la
joven.
Los cuatro chicos asintieron
en silencio. Sabían perfectamente lo que eso significaba. Los organizadores
tomarían cartas en el asunto y entonces la vida de Guardiana correría peligro.
A las dos de la madrugada,
Zaia y los chicos se despidieron en la puerta de la casa de Adela. Inés y Pablo
corrieron hacia la esquina temerosos de que sus padres hubieran vuelto o
llamado por teléfono al departamento sin que nadie les contestara.
Mientras Adela buscaba sus
llaves en el bolsillo desfondado de su campera, dos lagrimones le corrieron por
la cara. Mauro la observó de reojo: ¡se la veía tan triste e indefensa! Por un
momento sintió el impulso de abrazarla con fuerza y asegurarle que todo se
solucionaría muy pronto, para que ella no sufriera más. Pero su timidez frenó
el primer impulso, y sólo pudo exclamar con voz ronca por la emoción:
—No llores. Yo voy a rescatar
a Guardiana, ¡te lo prometo!
Luego, algo avergonzado de su
arranque:
—¿Acaso no soy un Super
Sherlock?
Adela rio, también emocionada,
hasta que las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas sin que pudiera hacer
nada por detenerlas. En un impulso, ella lo abrazó fuerte y le susurró al oído:
—Gracias, Mauro. ¡Sos mi mejor
amigo! Te extrañé mucho durante estos dos años.
Y antes de que él pudiera
reaccionar, abrió la puerta y desapareció dentro de su casa.
Mauro quedó inmóvil en la
vereda desierta, con la cara todavía húmeda por el llanto de su amiga y un lío
de sentimientos adentro del pecho. De pronto descubría todo lo que «él» la
había extrañado durante esos dos años. Y que Adela era… ¡era la chica más
tierna que había conocido en su vida!
Mientras caminaba por la calle
Oro rumbo a su departamento, sintió que lo sucedido le había dado nuevas
fuerzas y se prometió firmemente: «Esos delincuentes no se van a salir con la
suya. Voy a…».
Las ideas más audaces
empezaron a cobrar forma dentro de su cabeza.
Apenas llegó a su casa,
prendió su computadora Reina, abrió el archivo «Detectiv» y lo cargó con los
últimos datos.
1) El secuestrador concurre a la cita y
huye.
2) Guardiana ha sido
secuestrada y prometí a Adela liberarla.
3) Es urgente volver a la casa
con un buen plan de acción.
Y durante un largo rato la
lista se engrosó con nuevas ideas.
Esa noche Mauro durmió
profundamente y tuvo sueños muy extraños. En ellos no aparecía el secuestrador
o su cómplice, ni siquiera los perros robados. Mauro soñó toda la noche la
misma escena:
Adela lo abrazaba fuerte y le
susurraba al oído: «Te extrañé mucho durante estos dos años». Pero esta vez
ella no desaparecía dentro de su casa; Mauro la retenía entre sus brazos… y se
besaban.
Capítulo 11:
Líos y planes
Cansada, después de todo un
día de colegio, Inés entró en su cuarto y retrocedió indignada al ver el
desorden.
—¿Querés sacar toda esa basura
de «mi cama»? —ordenó, furiosa.
Pablo, ensimismado en su
tarea, siguió cortando cables, añadiendo alambres y pegándolos con adhesivo
sintético a un cuadrado de metal y plástico.
—Mmmm… mpedilo… mmbien
—murmuró gangoso, porque sostenía varios clavos entre sus labios fruncidos.
—¡Volá esa basura de mi cama!
«Por favor» —recalcó, irónica.
—La empleada está limpiando mi
cuarto. Además, si supieras lo que estoy haciendo pararías de chillar —dijo
Pablo, misterioso.
—Estás «haciendo basura» en mi
cama.
—Estoy arreglando este walkie-talkie
viejo para poder comunicarme con Mauro.
Pablo empezó a explicarle cómo
funcionaba su aparato hasta que Inés se interesó. Su hermano sería un pesado,
pero se daba maña para los arreglos.
—Lo desarmé y lo volví a
armar. Hacía años que no andaba. Es viejo pero de buena calidad, funciona a
pilas y a una distancia de más de diez metros. Cuando uno de nosotros se meta
en la casa del secuestrador, podrá comunicarse con el que esté fuera y avisarle
si hay peligro o pasa algo.
—Hablando de comunicarse,
¡tengo que llamarla a Adela! Me pidió que lo hiciera apenas volviera del
colegio.
Acabó de decir esto, cuando
sonó el teléfono. Por supuesto, era Adela y hablaba a toda velocidad como si no
pudiera perder un minuto.
—Vengan urgente a la
veterinaria. Pasaron cosas. Mauro está acá.
Fue Mauro el que tomó la voz
cantante y les explicó las últimas novedades. Adela, hecha una pila de nervios,
caminaba de una punta a otra del negocio, como si esa manía de Guardiana se le
hubiera contagiado ahora a ella.
—Zaia tuvo que viajar a San
Nicolás. La llamaron de urgencia anoche. La madre, que vive allí, se cayó del
colectivo y se fracturó la cadera. La internaron para operarla. Zaia le dejó a
Adela las llaves del negocio porque una de sus clientas tenía que venir esta
mañana a buscar un remedio para su perro y…
Adela suspendió la caminata
para continuar:
—A mamá le dije que Zaia se
había ido por unos días a su casa-quinta de San Nicolás, y que le presté a
Guardiana para que la acompañara (no podía contarle lo que pasó anoche). Me dio
permiso para faltar al colegio y abrir la veterinaria a eso de las diez. Cuando
venía para acá me encontré con Juan Gatto y…
A medida que ella les hablaba,
la escena pareció cobrar vida en la imaginación de los otros.
Al ver a Adela, el fletero
había fingido una sonrisa.
—¿Cómo te va? ¡Qué raro que no
andás con tu perra! ¿La dejaste en casa? —preguntó él.
—Se escapó anoche —mintió
apresuradamente ella—. Estaba alzada y seguramente se fue detrás de Alan, su
novio. Ya lo hizo otras veces y siempre vuelve.
—¡Claro!, ¡claro! Bueno, ojalá
tengas suerte y aparezca. Chau —y Gatto esbozó otra sonrisa fingida que más se
parecía a una mueca.
Apurada, porque el encuentro
con el fletero la había demorado, Adela corrió hasta la veterinaria. Apenas
entró, empezó a sonar el teléfono. Levantó el tubo, y del otro lado de la línea
se oyó una tos afónica.
—¿Quién habla? ¡Conteste!
—dijo Adela.
—¿Está Zaia? —dijo una voz
aflautada de hombre.
—No, pero vuelve mañana
—inventó ella—. ¿Quién le habla?
A continuación se oyó un
sonido agudo, continuado, y la comunicación se cortó.
Adela observó a su auditorio,
orgullosa de su actuación.
—Enseguida sospeché que era el
secuestrador, y me pareció magnífica idea mentirle para mantenernos en
contacto. Si le decía que Zaia estaba en San Nicolás…
—¿Qué clase de sonido oíste al
último? —preguntó Mauro sin demostrar mayor interés en su «magnífica idea».
—Como un silbato. Es un sonido
que he escuchado otras veces estando en casa, pero ahora no recuerdo qué puede
ser —contestó, algo molesta por no recibir ningún elogio.
—Hacé memoria. ¿Era un silbato
de tren? —insistió Mauro.
—¿Una sirena de ambulancia?
¿Bomberos? —preguntó Pablo.
Adela, desilusionada, negó con
la cabeza. ¿Qué les pasaba a los chicos, por qué no apreciaban su reacción tan
rápida y atinada?
—Creo que es mucho más
importante… —empezó a decir, enojada.
Sorpresivamente, Inés salió en
su defensa.
—¿Por qué no piensan en algún
plan? ¿Qué le decimos a ese hombre cuando llame dentro de dos días, por
ejemplo? Zaia se fue a San Nicolás, secuestraron a Guardiana, y ustedes dale
que dale con el tema del silbato.
Mauro la fulminó con la
mirada.
—Una pista así nos puede llevar
al delincuente.
—Sí, como en las películas —se
burló Inés—, porque Buenos Aires es un pañuelo y nosotros tenemos los medios
más sofisticados para rastrear extraños sonidos en los teléfonos.
—Inés tiene razón. A mí
también me preocupa el nuevo llamado de ese hombre. Si descubre que Zaia no
está para hacer de intermediaria…, ¡puede llegar a matar a los perros y a
Guardiana! —dijo Adela. Y la voz se le atragantó por la angustia.
Inés observó a su amiga: Adela
hacía grandes esfuerzos para contener las lágrimas. Era el momento de
confesarle algo importante. ¡Quizá fuera la solución! ¿Cómo lo tomaría ella?
—Espero que no te enojes
conmigo, Adela, pero la última vez que hablamos con Zaia yo no te hice caso,
traje el Sanyo y… mantuve mi grabador prendido todo el tiempo.
—¡Grabaste la conversación de
Zaia!
Inés la miró suplicante.
—No te enojes, ya sé que me
pediste que no lo hiciera, pero tenía miedo de que se nos escapara algún
detalle importante.
Adela le dio un abrazo tan
fuerte que la dejó sin aliento.
—¡Inés, sos un genio! Tenemos
la voz de Zaia, ¿te das cuenta? Cuando llame ese hombre podemos…
—Hay que planear las cosas muy
bien —dijo Mauro, algo molesto porque la solución al problema viniera,
justamente, del lado de las chicas—. Aunque tengamos la voz de Zaia, las
respuestas tendrían que coincidir con lo que el hombre le diga en el momento, y
eso es muy difícil. Cualquier error nos puede costar caro.
—Es cierto, no entremos a
delirar. ¡Grabar conversaciones! Vos Inés… —dijo Pablo, con severidad—, te
desubicás. Otra vez no hagas cosas así sin consultar con el resto. Éste es un
trabajo de investigación en grupo. —Y dirigiéndose a Mauro—: Ahora que sabemos
dónde tienen secuestrados a los perros, ¿no deberíamos hablar de eso con los
dueños o avisar a la policía? —dudó.
Tras discutir unos minutos
llegaron a una conclusión: los dueños de los animales tenían derecho a estar al
tanto de sus descubrimientos. Y si ellos insistían en hablar con la policía…
—La dueña de la pequinesa vive
lejos, según me dijo Zaia, y no hay forma de ubicarla. Lo único que tenemos es
el número de teléfono del anuncio, el empresario que ofrece la recompensa por
los otros perros —dijo Adela.
Con el recorte en la mano se
dirigió resueltamente hacia el aparato. Después de dos llamadas irrumpió un
contestador automático: «… en este momento no podemos atenderlo, deje su número
y mensaje después de la señal». Con voz firme Adela anunció:
—Tenemos novedades sobre sus
perros. Comuníquese con Zaia.
¿Era todo lo que podían hacer?
No, Mauro tenía otras ideas. La noche anterior, antes de dormirse, había
pensado un plan de acción que podía dar buenos resultados. Se lo explicó:
—Pablo y yo volvemos a la casa
esta noche. Vamos a liberar a Guardiana y a los otros animales «como sea»
—dijo. Y mirando a Adela con ojos brillantes—: Te lo prometí, ¿no?
—Con mis herramientas puedo
abrir cualquier jaula y puertas. La radio que inventé servirá para comunicarnos
—dijo Pablo.
—Gracias chicos. Pero esta vez
nosotras también vamos a participar —dijo Adela con voz resuelta.
—Yo puedo hacer de campana y
esperarlos cerca de la moto. Con el teléfono celular, por supuesto, para pedir
ayuda si nos hace falta —dijo Inés, que quería colaborar pero sin meterse
demasiado en la boca del lobo.
—Si somos cuatro vamos a necesitar
otra moto —intervino Mauro—. ¡Ya sé! El padre de un amigo mío es dueño de una
concesionaria de autos y motos en la misma cuadra de casa. Él me va a prestar
la que yo le pida —se jactó.
Mientras Mauro hacía el
pechazo, los chicos esperaron en la puerta del negocio de la avenida
Libertador.
Entró muy decidido y fue
directo al mostrador. Un chico rubio y fornido lo palmeó efusivamente y se
inició la conversación. Volvió media hora después, de lo más agitado.
No quiso anticiparles nada
hasta llegar a la plaza, frente a la Embajada de los Estados Unidos. Allí,
amontonados en un banco, recibieron toda la información de golpe.
—Esta semana, a mi amigo le
desapareció dos veces una camioneta Ford amarilla. El padre la había dejado en
la playa de estacionamiento de Beruti y Godoy Cruz, porque en el negocio ya no
le entraban más autos. La primera vez sospecharon del sereno del garaje, porque
a la mañana siguiente la encontraron bastante sucia y con poca nafta. Pero la
segunda vez apareció en la esquina de avenida Juan B. Justo y Córdoba; y el
sereno, junto con su ayudante, habían estado toda la noche de guardia.
—¿Y por eso estás tan
excitado? En las playas usan o se roban los autos todos los días… —dijo Inés.
Mauro la ignoró.
—Pablo, ¿te acordás de la
camioneta que conducía el cómplice del secuestrador?
—Sí, era una pick-up
Ford amarilla, nueva. Demasiada coincidencia, ¿no? Para mí que el cómplice vive
cerca de acá.
De repente, desde la esquina
sonó un silbato agudo y prolongado.
—¡Ése era el ruido que oí por
teléfono! —exclamó Adela.
—¡El afilador! —exclamaron los
cuatro al mismo tiempo.
Mauro alcanzó al hombre, que
pedaleaba su bicicleta con carrito en la esquina, y conversaron algunos
minutos.
Volvió exultante.
—Acabo de averiguar algo
importantísimo. ¡Esta mañana, a eso de las diez, el afilador pasó por la cuadra
de tu casa, Adela!
—Yo no estaba en casa. Te dije
que oí ese ruido por el teléfono, cuando el secuestrador llamó a la
veterinaria.
—¿Pero no se dan cuenta? Todo
coincide: roban la camioneta de la playa de estacionamiento que está al lado de
la casa de ella, el afilador pasa tocando el silbato, a las diez, por la puerta
de la casa de ella…
—¿Vos querés decir que Adela
trabaja con los secuestradores? —se burló Inés.
—… está muy claro: el cómplice
del secuestrador anda muy cerca, por eso pudo planear muy bien el robo de
perros en la Rural, por eso eligió a Zaia como intermediaria, y si Pancho no
aparece es porque debe saber algo…
¡Pancho! Con tantos líos, los
chicos casi habían olvidado a su amigo, el electricista de rulos largos y
grises.
—… estoy casi seguro de
conocer a ese cómplice —continuó Mauro—. Y ustedes también lo conocen: es el
fletero.
—Imposible. Zaia lo hubiera
reconocido anoche —dudó Adela.
—El que se presentó en los
galpones fue el otro, con una de las camionetas destartaladas de Gatto, estoy
seguro —insistió Mauro.
—¿Para qué robaron la amarilla
entonces? —quiso saber Pablo.
—La primera vez trasladaron a
los perros en la camioneta amarilla. Pero la segunda vez tuvieron problemas. Mi
amigo me explicó que la camioneta tenía puesta una conexión especial, que
cuando la hacen andar unas cuadras sin desactivarla, la pick-up se para.
Eso fue lo que le pasó al secuestrador anoche, por eso la abandonó en Juan B.
Justo y Córdoba. Y el fletero tuvo que prestarle la suya a último momento.
—¡Ese lamparón que vi en la
madera era el cartel de los fletes entonces! —exclamó Adela—, tenían que
sacárselo para que Zaia no los descubriera.
—Esperen un poco, me parece
que se están adelantando demasiado. ¿Qué pruebas tenemos de que se trate del
mismo Rastrojero? —intervino Pablo.
—Tiene razón. ¡Vamos! —dijo
Mauro, levantándose de un salto del banco.
—¿Adónde? —dijo Inés.
—Tu hermano quiere pruebas,
¿no? ¡Vamos a buscarlas!
Capítulo 12:
Descubrimientos y peligros
Pablo subió velozmente la
cuesta del garaje. Estaba seguro de que el cuidador no lo había visto. De todos
modos, Mauro, escondido en la planta baja, detrás de una rural, vigilaba la
entrada y salida de vehículos. En caso de peligro, la contraseña era un
bocinazo corto. Hasta encontrar «las pruebas» no podían correr riesgos, nadie
debería descubrirlos en ese lugar.
En el primer piso encontró dos
camionetas con el cartel del fletero sospechoso. Pablo las examinó: no
correspondían con la descripción de Adela. Bajó cautelosamente la rampa hasta
el primer subsuelo. Ningún Rastrojero; sólo autos Fiat o Falcon muy
deteriorados, algunos de ellos con la típica botella sobre el techo o un cartel
de venta en la luneta trasera. A las tres de la tarde, los modelos más nuevos
aún no habían sido guardados por sus dueños. Sin muchas esperanzas se encaminó
hacia el segundo subsuelo donde estaban las cocheras fijas.
De pronto el corazón le dio un
vuelco. En una esquina, semioculta tras una columna de hormigón, vio una
camioneta gris y destartalada. Se acercó con precaución y la iluminó con su
linterna. Tenía caja de madera, cubierta con un plástico grueso y negro a modo
de techo, y a un costado exhibía un lamparón que bien podía ser la huella
dejada por un cartel. Debía cerciorarse. Observó los números de la chapa: no
coincidían con los anotados por las chicas.
Pablo se introdujo en la caja
trasera, rastreó el suelo con el haz de luz y descubrió un bollo de papel
tirado en una esquina. Lo desenrolló con dedos torpes, era un folleto de
propaganda, decía: «Juan Gatto y asociados, compañía de fletes…». Aislado en el
interior de la caja y abstraído como estaba en su descubrimiento, no oyó los
pasos, cada vez más próximos, hasta que un silbido penetrante delató la
presencia del hombre. Hecho un ovillo, Pablo decidió esperar. Rogó para que
fuera el cuidador o el propietario del garaje. Trató de tranquilizarse:
«seguramente es el dueño de alguno de estos autos viejos. O a lo mejor es
Mauro, que se cansó de esperar y vino a buscarme», pensó. Los pasos se
detuvieron frente a la camioneta, el silbido cesó y casi pudo oír la
respiración agitada del sujeto. Cuando las puertas traseras se movieron, supo
que era Juan Gatto, a punto de abrir la caja del Rastrojero y descubrirlo.
¡Estaba perdido! Sintió el pulso acelerado, el corazón al galope y una sequedad
en la garganta que le impedía tragar. Las puertas se balancearon hacia afuera…
y un golpe seco terminó de cerrarlas. Casi al mismo tiempo, el vehículo
arrancó, anduvo unos metros y descendió por la rampa.
Pablo tanteó las puertas
tratando de forzarlas; logró separarlas un poco, a causa del mal estado de las
chapas, pero abrirlas desde adentro era imposible. ¡Estaba atrapado, igual que
Guardiana la noche anterior! Y no había forma de avisar a sus amigos. Tenía que
serenarse, pensar en cómo salir de allí. Gotas de transpiración le corrían por
toda la cara. Cuando se llevó la mano a la frente para secárselas, notó que aún
tenía el folleto de propaganda y la linterna apretados en la palma. Miró hacia
el techo a la vez que una idea salvadora cruzó por su mente.
Harto de esperar, encogido
entre una rural y un Renault, Mauro no podía ver lo que estaba pasando afuera.
Por eso, al oír la voz del cuidador aguzó el oído.
—¿Se lleva la camioneta, Don?
—decía el garajista.
—Sí, pero a la tardecita
vuelvo. Y quería decirle que a partir de mañana la cochera de arriba le queda
libre. Le vendí esta chatarra a un conocido. Esta noche se la llevo.
Parecía la voz de Juan Gatto.
Mauro logró incorporarse y observar la entrada del garaje. Sí, el que hablaba
era el fletero. «Esta noche sale. Seguro que va a encontrarse con el otro. Y si
yo tengo razón, esta pick-up destartalada es la misma que usó el
secuestrador», pensó Mauro.
Esperó una media hora. Pablo
no llegaba. «¿Habrá preferido quedarse un rato más en el subsuelo por miedo a
que lo descubran?» se preguntó.
En un descuido del empleado,
Mauro se escabulló hacia allí. Recorrió el lugar a fondo, revisó por dentro y
por fuera todos los autos. Ni rastros de Pablo. En el subsuelo de las cocheras
fijas vio algunos autos viejos, motos… de su amigo, ¡ni noticias! No podía
seguir perdiendo el tiempo en ese lugar. Era evidente que algo le había pasado
a Pablo. Mauro se disponía a irse, cuando un bollo de papel tirado en el suelo
llamó su atención. Era un folleto de propaganda del flete de Juan Gatto, el
único vehículo que había salido desde que él vigilaba. A lo mejor Pablo había
estado escondido en el Rastrojero buscando una pista. Quizás, era ése el
mensaje de su amigo. Guardó el papel en el bolsillo y, más animado, remontó la
cuesta hacia la planta baja.
La salida no presentó mayores
problemas. El cuidador, encerrado en la oficina del dueño y de espaldas a la
puerta, mantenía una interminable charla telefónica.
El Rastrojero se sacudía de lo
lindo. A través de un plástico muy sucio que cubría una abertura en la madera,
Pablo atisbo la calle empedrada. Pronto tuvo sospechas: ¿el fletero hacía el
mismo recorrido que ellos, noches atrás? Cuando pasaron una plaza, ya no dudó.
Iban rumbo a la casa del secuestrador de perros. Tenía que hacer algo, y
rápido; de lo contrario aquellos dos energúmenos lo descubrirían y tanto él
como los perros correrían grave peligro. Hizo fuerza con pies y manos contra la
puerta; las hojas se separaron un poco más pero no cedieron. Examinó el techo
cubierto. No era muy alto, si lograba romper el plástico podría salir por allí.
Estrelló el foco de la
linterna contra el piso del vehículo, desenroscó la tapa y empezó a rasgar el
plástico negro con los extremos filosos. Terminó de romperlo con las manos
hasta dejar un gran agujero. Una ráfaga de aire le refrescó la cara. Pablo
sintió que la camioneta aminoraba su marcha. Una cuadra más adelante se veía la
casa antigua con balcones negros donde estaban secuestrados los perros. ¡Tenía
poco tiempo! Luchaba por salir por la abertura del techo, cuando el vehículo
agarró un pozo profundo y el envión lo arrojó de nuevo al piso. La camioneta
aceleró, entró en el garaje y se detuvo. Esperando una mejor oportunidad para
escapar, o listo para defenderse si era descubierto, Pablo se agazapó en un
rincón con la linterna en alto.
Desde su escondite oyó las
voces de Juan Gatto y una mujer. «Es la chancletuda —pensó—, la que se encarga
de dopar a los perros secuestrados».
—El viene recién a la noche.
¿Cuándo me sacan de encima estos clavos? ¡Ya no soporto tener que ir a ese
chiquero a atenderlos! Y la última perra que trajo está como loca. Dopada y
todo casi me muerde. Además aúlla y alborota a los demás. Si no se los llevan
pronto a otro lugar yo no respondo… ¿Qué pasa con la plata?
—¿Trajo otra perra? De eso yo
no sabía nada. Voy a tener que hablar con Rolo. En cuanto a la plata, hubo
problemas. La veterinaria no estaba cuando la llamé esta mañana para averiguar.
»Decile a Rolo que vuelvo a la
noche y le dejo esta chatarra.
—¡Y para qué queremos esa
porquería! ¡Mirá, hasta el plástico de arriba está roto! Por ahí hasta se nos
puede escapar un perro.
—¿El plástico roto? Para mí
que estaba sano cuando me vine.
Pablo se preparó para
enfrentar al fletero. Ahora los pasos se detenían junto al vehículo. El hombre
trepó al guardabarros y palpó la abertura del techo con una mano de uñas muy
sucias.
—Esto es muy raro. Voy a abrir
la caja.
Pablo apretó la linterna entre
las dos manos: había llegado el momento de defenderse. Juan Gatto forcejeó con
las manijas, entreabrió una hoja y… desde la casa se oyó un aullido prolongado.
Soltó la puerta de golpe que al chocar contra la otra quedó rebotando.
—¿Qué fue eso? —dijo el
fletero.
—Los perros. Tengo que
calmarlos a cada rato. Los vecinos van a sospechar.
Tras un largo silencio, el
rumor de pasos y voces se perdió dentro de la casa.
Pablo entreabrió la puerta: la
chancletuda y el fletero habían desaparecido. Salió con envión y, sin mirar
hacia atrás, corrió a toda velocidad hacia la esquina.
En el comedor diario de la
casa de Adela, rodeado de un auditorio mudo y pendiente de sus palabras, Pablo,
el ídolo indiscutible del día, dio por terminado su relato. La siguiente media
hora, los cuatro amigos se dedicaron a reponer fuerzas con dos litros de
gaseosas y una docena de alfajores de chocolate, mezclados con comentarios de
todo tipo.
—Por buscar ese folleto, te
encerraste vos solo —se burló Inés.
—¡Era la prueba que nos
faltaba! —se solidarizó Mauro.
—La perra que aulló podía ser
Guardiana —dijo Adela, preocupada.
Recuperado del susto, y
orgulloso por los peligros vividos, Pablo estaba deseando proseguir la
aventura. Él no era un fanfarrón como Mauro, obvio, pero ya se veía liberando a
los perros, cobrando la recompensa, repartiéndola con sus amigos y…
—Esta noche cuando Juan Gatto
salga con su camioneta, Mauro y yo estaremos escondidos atrás —dijo,
entusiasmado—. Y cuando estacione el auto en el garaje…
—… los pesca y el amigo los
liquida junto con los perros —dijo Inés con tono irónico. ¡Los aires que se
daba su hermano!
—No, si en el momento justo
alguien distrae a esos tipos mientras nosotros entramos en la casa. Así hicimos
la otra vez —intervino Mauro apoyando a su amigo.
—YO podría distraerlos —dijo
Adela sin dudar—. Mientras, Inés espera escondida y lista para hacer la llamada
a la policía, desde el teléfono celular, si algo sale mal.
—Tenemos un problema —dijo
Pablo—: si nosotros nos escondemos dentro de la camioneta del fletero, ¿quién
maneja la moto de Mauro? ¿Y qué pasa con la otra moto que él consiguió?
—Ya no la necesitamos. Y al
final mi amigo no me la prestó —tuvo que reconocer Mauro, arrepentido de haber
alardeado antes—. Creo que Pablo tiene razón, si pasa algo… las chicas solas
afuera…
—Entonces dejame ir en la caja
trasera y entrar en la casa con Pablo —suplicó Adela—. Yo adiestré a Guardiana
y sé cómo hacerla reaccionar para que nos ayude. Puedo ser más útil adentro de
la casa que afuera.
Mauro la observó indeciso.
Parecía una aventura demasiado peligrosa para Adela; algo podía salir mal.
Claro que Pablo estaría siempre con ella y… De mala gana, tuvo que reconocer
que esa tarde su amigo se las había arreglado bastante bien para escapar sin
ser visto. ¡Claro!, si Adela insistía tanto en ir con él era porque lo
consideraba una especie de héroe. Acicateado por los celos, Mauro tomó una
decisión.
—Pablo, ¿vos te animarías a
manejar mi moto?
—¡Claro!, mi primo tiene una
parecida y siempre me la presta. Pero ¿estás seguro? Como es nueva e importada…
—Está decidido —dijo con voz
firme—. Vos, Adela, venís conmigo. Te prometí rescatar a Guardiana y lo voy a
cumplir, pero…
—«Tenés que hacer todo lo que
yo te diga» —dijo ella imitando el tono mandón de su amigo—. ¿Eso ibas a decir,
Super Sherlock?
—No, iba a decir que no te
arriesgues, porque no quiero que te pase nada —dijo él, serio y ofendido.
—Ya lo sé, no te enojes —dijo
ella. Y acercándose a él, le palmeó el brazo con afecto—. ¿Amigos? —murmuró en
voz baja.
Inés miró a uno y a otro con
intención. «Me parece que estos “amigos” se gustan desde hace rato —pensó,
divertida—. ¿Cómo no me di cuenta antes?».
Por unos momentos, el silencio
fue total. Luego, empezaron a hablar todos al mismo tiempo. La aventura
nocturna prometía ser emocionante… y peligrosa. Cada detalle del plan debía ser
discutido hasta el cansancio.
En eso estaban cuando sonó el
timbre de la puerta. Rezongando por la interrupción, Adela fue a atender. La
esperaba una sorpresa: un chico morochito con una cara sucia y desafiante, le
extendió un manojo de biromes atadas con una cinta elástica.
—Me comprás una —dijo, a grito
pelado—, son cincuenta centavos.
Adela abrió la boca para
contestar que no tenía plata, pero el morochito se puso un dedo en los labios y
miró furtivamente hacia el negocio de los fleteros.
—Pancho lo espera a Mauro en
las Bodegas Giol. Avísale que vaya solo. ¡Rápido!, es urgente —dijo en un
susurro rápido. Y otra vez a los gritos—: ¡Dale comprame una birome, son
baratas!
Adela buscó un peso en su
bolsillo.
—DAME DOS —gritó a todo
pulmón—. ¡AHORA ANDATE! —y en tono muy bajo—: Decile a Pancho que Mauro va a
ir.
Apenas entró en el comedor los
chicos la miraron extrañados.
—¿Qué eran esos alaridos?
—preguntó, irónica, Inés—. Creí que vos tratabas bien a las personas.
Adela empezó a hablar a toda
velocidad.
Capítulo 13:
Encuentro en las bodegas
Mauro caminó al trotecito
hasta la esquina de Paraguay y Godoy Cruz. Las Antiguas Bodegas hoy servían de
albergue a muchas personas sin techo y familias sin recursos, «ocupantes
ilegales» según los llamaban. A través de las ventanas abiertas con ropa
colgando, se oían los gritos y llamados que se dirigían entre sí los ocupantes.
Mauro también oyó los ruidos de su estómago revuelto. Sabía que ese principio
de descompostura no se debía a las gaseosas o a la cantidad de alfajores que
había comido en la casa de Adela. No podía evitar una sensación de vértigo ante
la idea de internarse en ese lugar. Se decían muchas cosas en el barrio: que
era un aguantadero de delincuentes; que ni siquiera la policía se animaba a
hacerles frente; que en esa zona los asaltos a los negocios y transeúntes eran
cosa de todos los días.
Pero el morochito de cara
sucia había dicho que Pancho lo esperaba allí, que era urgente. Mauro respiró
profundo, hinchó el pecho y cruzó la calle Paraguay; si el electricista estaba
en peligro y lo necesitaba, un Super Sherlock como él no le podía
fallar.
Antes de traspasar la gran
entrada de adoquines, divisó al morochito (¿dónde había visto esa cara antes?)
que enseguida le hizo señas para que se acercara. Mauro le contestó con la mano
en alto y se dirigió apurado a su encuentro.
—No tengas miedo —dijo el
chico, apenas lo vio—. Acá también vive gente buena, como mi mamá y yo y muchas
otras familias. Hasta tenemos una capilla donde dice misa el padre Miguel. Y en
cuanto consigamos casa… ¡Vamos!, a esta hora los patoteros no están o si te ven
conmigo, que vivo acá, por ahí no se meten.
—¡Y quién tiene miedo! Yo no
soy un pibito como vos —dijo Mauro, agrandado—. Si esos patoteros se me vienen
al humo, los reviento a trompadas y listo.
El morochito sonrió divertido.
Después lo empujó del brazo por el camino empedrado. Pasaron la capilla y
caminaron en silencio hasta llegar al edificio. De repente, salieron dos
muchachones fornidos, uno gordo y otro con el pelo muy largo, y les cerraron el
paso. El gordo bebía cerveza de una botella y, entre trago y trago, reía a
carcajadas. Al ver a Mauro, clavó una mirada codiciosa en el Rolex de oro que
llevaba en la muñeca y empezó a acercarse con pasos tambaleantes. El morochito corrió
y se le plantó delante.
—Vamos a ver a mi mamá. Él es
Mario, mi primo.
El gordo lo apartó de un
empujón, y el chico cayó al suelo de rodillas.
—Vamos, pibe, ¿desde cuándo un
croto como vos tiene familiares tan finolis? —dijo, grosero. Y dirigiéndose a
Mauro—: ¿Qué hora es, hermano?
—Hora de agarrarte a
trompadas, si te seguís haciendo el vivo —dijo Mauro, envalentonado por la
bronca.
El patotero de pelo largo
intervino.
—Pará la mano Silvio. Yo
conozco al pibe. Vive acá, con la madre.
Se acercó al gordo y le
susurró algo al oído.
El otro pareció dudar, después
empezó a reírse a carcajadas. Bebió unos tragos de cerveza, le pasó la botella
al de pelo largo y se fueron caminando juntos, a los empujones y a los
insultos.
Mauro suspiró aliviado. No
estaba muy seguro de cuál hubiera sido el resultado de haberse iniciado una
pelea. Esos patoteros siempre llevaban armas o navajas. Por un momento se
imaginó en el suelo desangrándose por un balazo o con la panza abierta de un
tajo.
El morochito ya estaba en pie.
Mauro lo miró con simpatía y le guiñó el ojo. «A pesar de ser un mocoso, se les
plantó delante», pensó. El chico sonrió con desenvoltura y, nuevamente, a Mauro
esa cara sucia le resultó familiar.
—¿De dónde te conozco? —le
preguntó, comenzando a sospechar.
—De verme en el Zoológico.
¡Pero yo corro más rápido! —dijo el otro devolviéndole el guiño.
—¡Vos me diste la servilleta
con la dirección de la casa! —recordó Mauro, asombrado.
Abruptamente, la conversación
se interrumpió porque la silueta de Pancho se acercaba a grandes zancadas.
—¡Qué suerte que viniste!
—dijo el electricista—. Tenía que hablarte con urgencia. Fui yo el que te mandó
la nota al Zoológico. Y anoche, cuando vi a las chicas rondando los galpones de
venta de fruta le dije al pibe: «dejales a la vista la llave de algún puesto
por si necesitan un escondite». ¡Seguro que están metidos en el asunto de la
recompensa!
—¿Por qué desapareciste,
Pancho? Decime lo que sabés.
El electricista lo miró
abatido.
—Supe lo del secuestro en la
Rural desde un principio, por eso me escapé. El fletero me tiene amenazado. Él
y Rolo son tipos peligrosos, andan en otros asuntos todavía más sucios. Yo no
podía denunciarlos, pero en cuanto supe dónde quedaba la casa… Pensé que
ustedes avisarían enseguida a la policía.
Mauro le relató los últimos
acontecimientos. La incursión nocturna de él y Pablo a la casa del secuestrador
de perros; el llamado telefónico a la veterinaria; el posterior encuentro de
Zaia y el delincuente en los galpones de fruta; la desaparición de Guardiana.
Hasta lo que habían descubierto en las últimas horas. Habló con tanto
entusiasmo que, sin darse cuenta, terminó revelándole los planes que tenían
para esa misma noche.
Pancho estaba horrorizado.
Sacudía sus rulos grises sin dejar de murmurar: «¡qué barbaridad!». En aquel
momento parecía un hombre mayor, serio y muy preocupado.
—No puedo permitir que hagan
semejante locura —dijo por fin.
—Y yo no puedo permitir que
esos energúmenos maten a Guardiana y a los demás perros —dijo Mauro, con
firmeza.
El electricista permaneció en
silencio.
—Entonces ¿qué pensás hacer?
—dijo Mauro, temiendo que el electricista decidiera avisar por su cuenta a la
policía.
Pancho dudó un momento.
Después sonrió y volvió a ser el viejo-joven alegre y estrafalario que ellos
conocían.
—¡Voy a ayudarlos! —exclamó.
Mauro y el morochito se
despidieron en la puerta del edificio.
—¿Querés que te acompañe hasta
la calle? —dijo el chico.
—No te preocupes, ya conozco
el camino.
Mauro enfiló hacia una salida
lateral que desembocaba justo en la calle Paraguay. El trayecto parecía más
corto por ahí. Miró expectante: no se veía a nadie merodeando a su alrededor.
En otro momento le pareció que una sombra le seguía los pasos, pero cuando se
dio vuelta había desaparecido. Llegó a un portón de chapas, y se disponía a
abrirlo, cuando su brazo quedó inerte en el aire. Un brazo más robusto le hacía
palanca en el cuello desde atrás impidiéndole respirar, a la vez que un puño
como garrote se le clavó en las costillas. Con la mirada turbia por el dolor,
descubrió al patotero de pelo largo que ahora le apuntaba al estómago con una
navaja.
—Mi amigo tiene mal carácter.
Va a ser mejor que nos acompañes.
El gordo lo sujetó por detrás,
fingiendo un abrazo, mientras el de pelo largo, sin soltar su navaja, lo
arrastraba del brazo. Caminaron así por Paraguay hacia la avenida Juan B.
Justo. Mauro sentía los hombros y la nuca doloridos por la violenta presión del
gordo; y le costaba respirar a causa de la trompada anterior en las costillas.
Cuando llegaron a las vías del
tren, los patoteros le arrancaron el reloj, la cadena con una cruz que llevaba
al cuello y lo obligaron a desnudarse.
—Las zapatillas también.
¡Vamos, finoli…!
A medida que Mauro se iba
desvistiendo, el gordo profería insultos y amenazas cada vez más violentas. El
de pelo largo, que juntaba el botín en una bolsa de residuos, parecía
intranquilo y apurado por terminar la maniobra. Cuando Mauro estuvo en
calzoncillos, el gordo, que ahora sostenía otra navaja, se le aproximó
amenazante.
—¿Sabés qué hora es, hermano?
¡Hora de agarrarte a trompadas!
Y le sacudió un derechazo
directo al estómago. El primero lo tomó por sorpresa. Para el segundo, Mauro
estaba preparado, lo esquivó y se lanzó de cabeza contra el gordo. Por un
momento lucharon cuerpo a cuerpo por la posesión del cuchillo. Duró poco,
pronto también tuvo encima al de pelo largo y sintió el dolor del corte en el
brazo. Vio brotar el chorro de sangre y ya se imaginaba en el piso con la panza
tajeada, cuando sonó la sirena del patrullero.
—¡Es la cana, vamos! —gritó el
gordo—. A esta hora hacen la ronda.
El de pelo largo le apuntó con
la navaja a la altura del pecho y sus ojos brillaron malignos.
—Hablá de más y cualquier día
sos boleta —le advirtió—. O la liga «tu primito». ¡Movete! ¡Vamos!
Lo llevaron por una cuesta a
los empujones, para abandonarlo, sangrando y en calzoncillos, en medio de las
vías. Y desaparecieron de su vista a las carcajadas, dejando tras de sí dos
botellas de cerveza vacías.
En medio del dolor y el mareo,
Mauro reconoció el rumor que se acercaba. Un tren se le venía encima. Rodó por
la barranca hacia un costado, y se hundió en la oscuridad.
Dos de la mañana…
Adela espió por la mirilla y
quedó horrorizada. Un desconocido, alto y sucio, con el brazo cubierto de
sangre y en calzoncillos, la apuraba del otro lado de la puerta:
—¡Una campera! ¡Abrime,
rápido!
Reconoció la voz de Mauro; de
un manotazo desenganchó su campera del perchero y con la otra mano hizo girar
la Trabex en la cerradura.
Entró muy pálido, tiritando
aceptó el abrigo y se dejó conducir hasta la cocina. Interiormente, Adela
celebró que sus padres hubieran ido a un casamiento. «Probablemente lleguen de
madrugada», se dijo. También pensó que su padre no notaría la falta de sus vaqueros
viejos y la camisa manchada que usaba para arreglar el auto. Iría al taller a
buscarlos. A Mauro le vendrían bien.
El corte de navaja era
superficial; tras lavar la herida del brazo con agua y jabón, Adela empezó a
desinfectarla.
—Vi cómo Zaia curaba a un
perro que se había lastimado con una lata. Sé hacer estas cosas y no me
impresiona. Ahora te voy a poner una venda bien firme con tela adhesiva
—anunció.
Mauro la miró agradecido.
—Gracias. A algunas chicas les
impresiona la sangre.
De pronto su cara se contrajo
en una mueca de dolor.
—¡Disculpá! ¿Apreté mucho la
gasa? —se afligió Adela.
El otro hizo un gesto ambiguo,
como diciendo «¡no importa!» pero seguramente importaba porque se había puesto
muy pálido.
—Lo que más me duele es el
estómago. Ese gordo tenía un puño de hierro —se quejó.
—¿No sería mejor que te viera
un médico?
Mauro la miró horrorizado.
—¡Estás loca! Se descubriría
todo. En casa tomo algún remedio y enseguida se me pasa. Ya estoy mejor.
—Entonces contame bien lo que
pasó. Y también el encuentro con Pancho. ¿Creés que podrá ayudarnos a rescatar
a los perros?
La conversación se prolongó
sin que se dieran cuenta. Vestido con ropa ajena, después de tomar un té
caliente y galletitas con queso, Mauro recuperó las fuerzas y parte de su buen
humor.
A las tres y media de la
mañana, se despidieron con mutuas recomendaciones.
—Mañana, vos hablá con Inés y
Pablo. Deciles que los espero a todos en la plaza, a eso de las seis. Tenemos
que planear los últimos detalles para rescatar a los perros —dijo él.
—Vos acordate de tomar algo
para el dolor de panza —dijo ella.
Y cuando ya se iba…
—Mauro, ¿seguro que estás
bien? Sé que prometiste ayudarme a recuperar a Guardiana pero… ¡no quiero que
te enfermes! —exclamó Adela con fervor.
—Estoy bien, no te preocupes.
Y gracias por todo lo que hiciste esta noche. Realmente sos… mi amiga.
En un impulso, Mauro la abrazó
y la besó con fuerza en la mejilla. Después, avergonzado, huyó silbando hacia
la esquina.
Capítulo 14:
Los preparativos
—Pablo, ¿tenés el walkie-talkie?
—Sí. ¿Vos traés el Movicom?
—¿Dejaste la moto en la
vereda? A ver si te la roban…
—Esperá, me faltan la
linterna, la soga y las herramientas.
—Cerrá con llave y ponela en
el bolsillo de tu campera.
Pablo e Inés no terminaban de
salir del departamento. Cada detalle era chequeado por el otro para evitar que
alguno de los dos olvidara algo importante. La misión de los hermanos era muy
delicada: Pancho, con un camión prestado, los encontraría en las inmediaciones
de la casa de balcones negros en pleno Palermo Viejo. Si Mauro y Adela cumplían
con su parte en el plan, esa misma noche Guardiana y los demás perros quedarían
en libertad.
Pablo encendió los faros y
apretó el botón de «start». La moto siguió como antes. Repitió el
operativo: igual resultado.
—No entiendo qué pasa, ¿por
qué no arranca?
—¡Y yo qué sé! ¿No sos vos el
genio de la electrónica?
—¡Eso es! Tiene encendido
electrónico, arranca cuando se aprietan los frenos. ¡Qué tonto, me había
olvidado!
Pablo puso en práctica su
descubrimiento y la scooter arrancó con un ronroneo. Inés se acomodó en el
asiento trasero y rodeó con los brazos la cintura de su hermano.
—¿Estás segura de que sabés
manejarla «bien»? —preguntó, algo desconfiada.
Pablo no se dignó a contestar.
Por toda respuesta aceleró en forma tan brusca, que la moto mordió el pavimento
y… dio de lleno en un pozo. Inés rebotó con violencia en el asiento.
—¡Bruto! ¡Casi me caigo!
—Agarrate bien, entonces. Yo
no tengo la culpa de que haya baches —dijo Pablo, sin el más mínimo
remordimiento.
Inés se mordió la lengua para
no contestarle como se merecía. Cuando su hermano estaba a cargo de la
situación, de nada le servía pelearlo. El muy bruto era capaz de todo… hasta de
bajarla de esa moto en pleno movimiento. Inés no pensaba perderse la aventura
de esa noche. Aunque, a decir verdad, Pablo agarraba más pozos que pavimento, y
cada dos por tres se quedaba sin arranque.
—Algo pasa, se me apaga
—reconoció diez cuadras más adelante.
—¡Con tal de que lleguemos!
—susurró Inés, que sentía la cola maltrecha por tantos rebotes y traqueteos.
El viaje se le hacía eterno.
Cada dos cuadras la scooter se paraba y costaba hacerla arrancar. Pablo le
echaba la culpa al combustible, a una basura inoportuna, al arranque… a todo
menos a sí mismo. Inés empezó a sospechar que su hermano tenía menos aptitudes
de motorista de lo que había confesado ante Mauro.
—Decime, ¿cuándo fue que
manejaste la moto de nuestro primo? Es raro que te la haya prestado. ¡Ignacio
es tan amarrete!
—Cerrá la boca —rugió Pablo. Y
la moto culebreó en un charco.
El salpicón los empapó de agua
con barro. No fue lo peor; al llegar a la esquina empezaron a avanzar a los
sacudones. Inés miró instintivamente hacia atrás.
—Tenés una goma baja —dijo con
diplomacia.
Pablo también se dio vuelta,
perdió el control de la moto y ésta se precipitó contra el cordón de la vereda.
Inés salió despedida hacia un costado y fue de cola al suelo. Pablo soportó
estoicamente el encontronazo y descendió rengueando con dignidad.
—Se desinfló la goma —informó
con seriedad.
Inés lo encaró furiosa.
—¡Casi me matás! Vos nunca
manejaste una moto así.
—Te dije que Ignacio me la
prestó una vez…
—¡Una vez! Arriesgás «mi» vida
y…
—¡Dejá la telenovela! Tenemos
un problema grave. Si no estamos en la casa del secuestrador dentro de media
hora, todo el plan se puede venir abajo. Mauro y Adela dependen de nosotros.
A desgano, Inés le dio la
razón. Tenían poco tiempo y la moto, en esas condiciones, estaba fuera de
servicio. Discutían sobre dónde dejarla, cuando apareció el colectivo ruinoso…
con Pancho al volante. ¡No podían creer en tanta buena suerte! Al no verlos por
el camino, el electricista había venido a buscarlos.
—Suban, chicos —dijo, al
comprobar el estado de la moto—. Yo me encargo de encadenarla al árbol.
—Pero… éste es un colectivo
viejísimo, no un camión —dijo Inés con una mueca de asco.
—Sí, conseguí hacerlo andar
¡por suerte! —dijo, orgulloso, Pancho.
—¿No tenés un extinguidor,
para inflar la goma? —preguntó Pablo.
—¡NO! —gimió Inés. Ella no
pensaba volver a los sacudones de antes.
Emperrado, su hermano ya
volvía con el extinguidor de Pancho. En pocos minutos dejó la cubierta en
condiciones.
Inés probó con otra táctica.
—¿Y si la dejamos acá? El
arranque falla, ¿te acordás, Pablo?
Éste lo reconoció de mala
gana; la scooter se le paraba a cada rato. «No es tan fácil de manejar como yo
creía. Cuando tomé “prestada” la moto de mi primo para dar la vuelta a la
manzana me pareció una pavada» —pensó. Pero no era momento de demorarse o
discutir, el «trabajo» de esa noche era lo primero.
El colectivo arrancó a la
perfección. Pancho lo conducía tan orgulloso como si se tratara de un Mercedes
nuevo. Inés, con la vista clavada en el pavimento, pensó en sus amigos. A esa
hora Mauro y Adela estarían ocultos en la camioneta de Juan Gatto, esperando…
Juntos y solos en la caja trasera. Inés no pudo evitar una sonrisa irónica.
«Esos dos “amigos” se gustan desde hace rato —decidió—. ¡A mí ya no me
engañan!».
Pancho detuvo el colectivo y
dio órdenes precisas a los chicos.
—Bajen aquí y vigilen la
cuadra. Yo voy a estacionar en el terreno baldío de al lado de la casa. Ahí
suelen abandonar autos deshechos; nadie va a sospechar que este cascajo
funciona. Después esperaremos en el colectivo. En cuanto Mauro nos dé la señal
de vía libre desde la terraza, cargamos todos los perros.
—No creo que vaya a resultar
tan fácil —comentó con pesimismo Inés, apenas bajaron.
—¿Por qué no? —la contradijo
Pablo—. Tenemos todo planeado. Los chicos entran en el garaje, y apenas esos
dos estén dormidos…
—¡Vamos! Pancho ya arrancó.
Tenemos que vigilar la cuadra.
Palermo Viejo parecía la boca
del lobo. Un barrio oscuro y desierto, con un aura de peligro en cada esquina.
Inés, pese al temor que le inspiraba la cercanía de esos hombres (el
secuestrador de perros y el fletero eran perversos delincuentes), empezaba a
disfrutar de aquella aventura. Era su primera experiencia como detective y no
quería hacer un mal papel, especialmente delante de Mauro y de su hermano.
«Adela no tiene miedo de arriesgarse y entrar en la casa, yo tampoco tengo
miedo de vigilar desde afuera —pensó—. Además traje el Movicom y el número de
teléfono de la comisaría». Si algo saliera mal, Inés estaba decidida a hacer la
llamada, aun en contra de los deseos de los chicos. «Tampoco es cuestión de
hacerse los héroes —se dijo, convencida— por unos cuantos miles de dólares de
recompensa».
El colectivo entró en el
terreno baldío y quedó a la espera. Los chicos, luego de asegurarse de que
nadie vigilaba sus movimientos, fueron al encuentro de Pancho. Refugiados en el
vehículo, el conductor y los hermanos Aguilar acecharon con impaciencia la
llegada de la camioneta.
Pasó casi una hora. Ya
empezaban a preocuparse, cuando vieron asomar la trompa por la esquina. La
camioneta de Gatto avanzó a los tumbos por el empedrado. Inés concentró su
atención en la caja trasera. «¿Vendrán también los chicos? —se preguntó—. ¿Todo
habrá salido tal cual lo planeamos?».
Capítulo 15:
La fuga
Horas antes, en otro lugar…
A las once de la noche, Adela
y Mauro esperaban todavía en el subsuelo del garaje. Dentro de la caja trasera
de la camioneta de Juan Gatto, la oscuridad era casi total.
—¿Vendrá? Está muy atrasado
—comentó Adela.
—«Tiene» que venir. Según
Pablo se lo prometió a la mujer —dijo Mauro. Y por tercera vez se desprendió la
camisa para examinar el vendaje.
—¿Te duele? A ver… —Adela se
inclinó hacia él.
Mauro se echó instintivamente
hacia atrás.
—Dejá, estoy bien. Tuve una
puntada nada más —dijo, intimidado por la cercanía de ella.
Adela lo observó preocupada.
«No quiere que lo compadezca» —pensó.
—¿Estás enojado conmigo?
—preguntó en voz alta.
—¡Qué pavada! ¿Por qué iba a
estar enojado? —él desvió la mirada.
—No sé. A lo mejor por meterte
en este lío de rescatar a Guardiana —tanteó.
—Me encanta meterme en líos, y
vos lo sabés muy bien. «Super Sherlock», ¿acaso no me bautizaste así?
Adela asintió distraída. El
día anterior Mauro había estado tan cariñoso… tan… que por un momento ella
había creído… Se avergonzó de sus propios pensamientos. «Anoche estaba dolorido
y asustado. Ahora se arrepiente de todo y le da rabia que yo lo compadezca» se
dijo muy afligida.
—Te noto raro, distinto. ¿Te
pasa algo? —insistió con timidez.
De repente, Mauro la miró
fijo.
—¿Y si realmente me pasara
algo… con vos? —preguntó con intención.
—Sería una lástima —dijo ella
sin duda—, porque te considero mi amigo y no quisiera que eso cambiara ¡nunca!
—Me considerás tu amigo y no
querés que eso cambie nunca —repitió él como para sí mismo.
—¡Para nada! —exclamó ella. Y
por dentro: «Ahora está más tranquilo. ¡Dios mío! Si él llegara a sospechar que
me gusta, que anoche yo creí… ¡Qué tonta, cómo pude haber pensado que entre
nosotros dos podía haber algo más que una gran amistad!».
Durante unos instantes, Mauro
permaneció en silencio.
—No te preocupes, Adela —dijo
por fin—. Soy tu amigo, como siempre. Estoy preocupado por todo esto. Ojalá
nuestro plan resulte bien y esta noche…
Lo interrumpió el ruido de
pasos. El fletero se acercaba con un silbido desafinado. Cuando subió a la
camioneta y arrancó, los chicos intercambiaron una mirada cómplice. Había
llegado el gran momento, estaban juntos y ninguno de los dos sentía miedo, sólo
nervios y emoción por la inminente aventura.
Durante todo el trayecto Mauro
trabajó con la pinza pico de loro y el destornillador tratando de forzar la
cerradura. Lo había logrado, y ahora sostenía los picaportes con las dos manos
para evitar que las puertas se abrieran antes de llegar.
—Tenemos que actuar rápido.
Apenas Gatto entre en la casa, nosotros bajamos y nos escondemos en el garaje.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que él se haya ido y
los otros dos estén bien dormidos. Entonces subimos a la terraza y le damos la
señal a Pancho.
Mauro espió a través del
plástico que cubría la ventana.
—Ya casi llegamos.
Un frenazo brusco, el chirrido
de un portón al abrirse, y nuevos movimientos de avance y retroceso parecieron
darle la razón. Juan Gatto procedía a ubicar con torpeza su cascajo.
Oían voces, pero era imposible
comprender lo que decían aquellos hombres. Se abrió otra puerta y los pasos del
fletero se alejaron del vehículo.
—¡Ahora! ¡Vamos! —dijo Mauro.
Abrió la caja y saltó al
exterior. Adela lo imitó enseguida. «Si actúo y no pienso —se dijo—, tampoco yo
voy a sentir miedo. Simplemente haré todo lo que él me diga».
Mauro gateó en el piso de
mosaicos tratando de acostumbrar sus ojos a la penumbra del garaje. Ahora podía
distinguir algo: bidones de nafta arrumbados en un rincón, una caja de
herramientas y neumáticos viejos formando una torre cubierta por lonas.
—Nos esconderemos ahí
—murmuró.
Y arrastró a Adela hacia la
pila deforme. Ella se dejó llevar sin hacer comentarios. Cuando estuvieron
ubicados, sentados muy juntos en un neumático y ocultos por los restantes,
Mauro volvió a colocar las lonas a modo de techo.
—¿Podrás aguantar unas horas
así?
Encogida como estaba, Adela
había quedado reducida a la mitad de su tamaño.
—Puedo aguantar cualquier
cosa, con tal de rescatar a Guardiana —dijo ella con vehemencia.
Él observó de reojo su perfil:
la nariz levemente respingada y el mentón inclinado hacia adelante le daban ese
aire decidido tan típico de ella, pero el temblor de los labios la delataba.
—No te preocupes. Todo va a
salir bien —le dijo él en voz baja.
—Tengo miedo por Guardiana. Ni
siquiera sé si está viva o muerta en ese sótano. ¡Qué les importa a esos tipos
mi perra! Yo… yo no ofrecí ninguna recompensa…
Un sollozo contenido le quebró
la voz.
Mauro se revolvió inquieto en
su lugar. ¿Cómo convencerla de que la perra estaba sana y salva? ¿Bastaría con
pedirle que confiara en su olfato de detective? ¡Qué ganas de decirle esas
otras cosas que sentía y ahora le daban vueltas en la cabeza! Pero no, ¿qué
estaba pensando? Si antes ella había dicho: «Te considero mi amigo, y quiero
que eso no cambie ¡nunca!». Estaba claro: para Adela, él era sólo un compinche,
un compañero de aventuras. ¡Cómo se reiría ella si él le confesara…!
Mauro apretó los labios con
fuerza y calló sus sentimientos.
No podía adivinar que también
Adela tenía un lío de pensamientos dando vueltas por su cabeza. «Mauro no sabe
qué hacer para consolarme. Se hace el duro y es ¡tan dulce! ¡En el peor momento
me vengo a dar cuenta de que él me gusta! ¿Estará viva Guardiana?».
Y como si hubiera expresado su
duda en voz alta, desde las profundidades de aquel garaje le llegó la
respuesta: un aullido largo y penetrante, estremecedor.
—¡Es Guardiana!
—¿Estás segura?
—Completamente. Es «su»
aullido, lo conozco bien.
Adela suspiró de alivio:
Guardiana estaba viva. Una oleada de felicidad la recorrió entera. Ahora ya no
dudaba: ¡la rescatarían!
Una hora habría pasado desde
que estaban allí escondidos, cuando los pasos y las voces de los dos hombres
retumbaron nuevamente en el garaje.
—Quedamos en eso, entonces
—dijo el secuestrador.
—Exacto. Te dejo la camioneta
y me llevo tu bici. Mañana mismo, a las diez, te comunicás con la veterinaria
—dijo Gatto.
—Voy a decirle que entreguen
el dinero y ¡rápido! Con los otros perros todo marchó bastante bien. Pero Chela
se está cansando de estos animales; ¡resultaron los peores! Ya viste cómo aúlla
la dóberman. Ni los calmantes parecen hacerle efecto. La gente del barrio puede
sospechar algo.
—Te dije que fue un error
traerla. Me puede ocasionar problemas, yo conozco a los dueños. Creo que va a
ser mejor que…
Los hombres bajaron la voz, y
el resto de la conversación se convirtió en un murmullo.
Poco después, el fletero salía
del garaje pedaleando su bicicleta y el secuestrador entraba en la casa.
Los chicos habían pensado
esperar una hora antes de abandonar su escondite, pero un imprevisto aceleró
los planes.
—Tengo que ir al baño —dijo
Mauro con gesto contrariado—. Vayamos directo a la terraza.
Al moverse de sus lugares, la
pila de neumáticos se bamboleó un poco y casi se les viene abajo. Pero entre
los dos pudieron sostenerla hasta que recuperó estabilidad.
Del garaje pasaron a un
corredor interminable al que daban varias puertas. Siguiendo las indicaciones
de Pablo («vayan derecho hasta el fondo») desembocaron en la terraza. Mauro se
perdió entre unas plantas, mientras Adela vigilaba el corredor.
Subieron por las escaleras. Al
llegar al techo advirtieron, con un vistazo rápido, la presencia del colectivo
viejo en el terreno baldío. Mauro extrajo de su bolsillo el walkie-talkie,
arreglado por Pablo, y pegó la boca al micrófono.
—Mauro a Pablo, ¡conteste!
¡Conteste!
Una sucesión de ruidos fue la
única respuesta.
—Ese aparato es muy viejo,
¿funciona? —desconfió Adela.
—Mauro a Pablo, ¿se oye?
¡Conteste!
Más ruidos y una especie de
silbidos. Mauro miró a su alrededor: en una esquina, junto a un cantero con
plantas, estaba el macetero enorme. Recordó las palabras de Pablo: «debajo del
macetero hay una tapa. Al correrla, vas a encontrar la escalera que conduce al
sótano. Los perros están enjaulados allí».
—Si no te contesta avancemos
con la segunda parte del plan —dijo Adela, muy nerviosa—. Ya oíste a Gatto.
Dice que fue un error traer a Guardiana. Te apuesto que le ordenó liquidarla.
En ese mismo momento, se oyó
una voz débil, empañada por ruidos y silbidos:
—Pablo a Mauro, se oye mal. No
hables de tan cerca.
Mauro alejó la boca del
micrófono.
—Vamos hacia el sótano a ver a
los perros.
—Comprendido. Esperaremos la
señal de vía libre. Cambio.
Entre los dos empujaron el
macetero y descubrieron la tapa de material que cubría la entrada. Descendieron
alumbrando los escalones con la linterna de Mauro. El sótano, mal iluminado por
una lamparita de poco voltaje, presentaba un espectáculo desolador. La mayoría
de las jaulas estaban vacías y sucias. En las últimas tres, ubicadas en hilera,
dormitaban los perros robados. A excepción de un leve movimiento que indicaba
su respiración, la pequinesa, de tan inmóvil, parecía muerta. El rottweiler y
el malamute de Alaska, robados en la Rural, yacían con los ojos turbios y las
lenguas blancas asomando por sus bocas entreabiertas.
—No veo a Guardiana —dijo
Adela, con voz entrecortada.
Pero Guardiana sí había visto
a su dueña. Desde un rincón alejado y completamente a oscuras, les llegó su
aullido desgarrador.
Adela corrió hacia la jaula
diminuta, donde la dóberman hacía esfuerzos por incorporarse, y la acarició
mientras ella le tiraba lengüetazos. Luego extrajo del bolsillo una jeringa
cargada, envuelta en una bolsa plástica, y con pulso firme le pinchó una nalga.
—¿Qué hacés? —se extrañó
Mauro.
—Neutralizar el efecto del
tranquilizante. Antes de irse, Zaia me explicó lo que tenía que darle para
despertarla.
—¡Despertarla! ¿Y si arma un
escándalo?
Adela terminó de aplicar la
inyección sin dejar de acariciarla.
—No va a armar ningún
escándalo. Guardiana está entrenada. Hará lo que yo le diga.
Minutos después, la dóberman
era otra perra; los ojos brillantes miraban fijo a su dueña esperando
instrucciones.
La jaula de Guardiana tenía
barrotes, como las otras, pero el alambre tejido de la puerta se veía roto y
oxidado. Trataron de abrirla con la pinza pico de loro y el destornillador, sin
resultado. La cadena y el candado parecían firmes.
—Pablo dijo que las llaves de
las jaulas estaban colgadas en un gancho de la pared —advirtió Mauro.
Adela las recorrió con la luz
de su linterna. ¡Allí estaban, cerca de la entrada! Hizo un gesto mudo a la
perra para que se quedara echada y fue a buscarlas.
Las probó una por una. Ninguna
abría ese candado. Observó con detenimiento la puerta: había un espacio debajo,
no era lo suficientemente grande pero…
—Mauro, el alambre de la
puerta está muy oxidado, ¿no podrías hacerle palanca hacia arriba? Si
pudiéramos agrandar ese espacio unos treinta centímetros, Guardiana podría
salir por abajo.
—¿Por un espacio de treinta
centímetros? —dijo él, incrédulo.
—Guardiana está entrenada para
hacer eso y muchas otras cosas. Ya vas a ver.
Encontraron una pala de
jardinería y, entre los dos, hicieron palanca sobre el alambre tratando de
ampliar la abertura. Hasta que no quedó un espacio considerable, no se dieron
por vencidos.
Logrado su objetivo, Adela
ordenó: down, for y fue retrocediendo muy despacio. Tras
escucharla atenta, Guardiana se adhirió al piso como si fuera gelatina.
Arrastrándose, empezó a pasar por la abertura: primero la cabeza, luego las
patas delanteras y, poco a poco, el resto del cuerpo. A cada momento parecía
que iba a quedar atorada sin poder recuperar alguna parte de su anatomía.
Entonces Adela la acariciaba, la alentaba, repetía las voces de mando, y la
perra se pegaba al suelo prosiguiendo su avance.
Mauro la observaba admirado.
Cuando por fin pudo liberarse, Guardiana y Adela se confundieron en un abrazo.
—¡Muy bien! ¡Bravísimo!
—aprobaba la dueña.
Y la dóberman le bañaba la
cara con sus lambetazos.
—Hay que sacarla a ella
primero. Voy a comunicarme con Pablo.
—¡Esperá! Guardiana no va a
irse sin mí. Y yo quiero ayudarte a liberar a los otros perros.
—Yo prefiero que te vayas con
ella ahora. Puede ser peligroso. Si nos atrapan… —dijo Mauro.
—Estaremos juntos, y Guardiana
podrá defendernos. No pienso dejarte solo. ¿O querías excluirme de esta
aventura? —dijo ella. Y sonrió con picardía.
Mauro pensó que nunca había
estado tan linda como en ese momento. «¡Ojalá, pudiéramos estar siempre
juntos!» —se dijo con vehemencia; e intimidado por sus propios sentimientos, la
sangre se le subió a la cara. Para disimular su confusión, intentó jactarse un
poco.
—No quería excluirte. Pero es
mejor que hagas lo que yo te diga. Estoy más acostumbrado que vos a manejar
situaciones peligrosas como ésta.
—Sin embargo, hace dos años yo
te salvé a vos, ¡acordate! —dijo Adela, picada en su amor propio—. Si no se me
hubiera ocurrido…
No pudo seguir hablando. Un
repiqueteo de tacos rebotó sobre sus cabezas. Luego fue el ruido de la tapa al
correrse y pasos que bajaban por las escaleras. Mauro empujó a Adela hacia el
rincón más oscuro y se ocultaron detrás de unas jaulas vacías. Guardiana los
siguió y, cuando Adela le susurró algo al oído, pegó el cuerpo al de su dueña.
El secuestrador bajó
tambaleándose. La mujer lo seguía, arrastrando sus chancletas de taco alto y
protestando.
—Cada vez que viene ese tipo
terminás borracho.
—¡Dejame en paz, querés!
Tranquiliza a esos perros y vamos.
—Te dije mil veces que al irte
corrieras el macetón para trabar la puerta del sótano.
—El último en salir fue Gatto.
Pensé que él lo había corrido.
La mujer encendió una potente
linterna y fue iluminando las distintas jaulas.
—Estos bichos están más
muertos que vivos. Si les doy otra dosis de tranquilizante se me quedan secos.
—Vamos, entonces —gruñó el
hombre.
—Esperá, tengo que ver a esa
perra negra.
En su escondite, Adela y Mauro
empezaron a transpirar. Guardiana ya se contenía a duras penas. A Adela le
costaba trabajo frenarla para que no se abalanzara sobre los delincuentes.
Imprevistamente, la mujer pegó
un grito.
—¡La dóberman no está! ¡Se
escapó!
—¡Pará de gritar, bruta! ¿Cómo
que se escapó? Se habrá ido al patio en algún descuido tuyo.
—¡Yo no me descuidé! Fueron
ustedes los brutos que dejaron la puerta abierta.
—La dóberman no importa. Gatto
dijo que la liquidáramos.
—¿Por qué? Esa perra debe de
valer su buena plata.
Siguieron discutiendo un largo
rato, mientras los chicos temblaban detrás de las jaulas. Hasta que oyeron el
chasquido de una bofetada, los insultos y el llanto histérico de la mujer.
Después de un silencio corto, los pasos chancletudos, seguidos de otros
masculinos, subieron las escaleras.
—¿Qué hacemos? —dijo Adela,
impresionada por la violenta escena.
—Lo que teníamos planeado.
Llevar los perros a la azotea. Voy a comunicarme con Pablo.
Se disponía a encender el
aparato, cuando una sucesión de ruidos y exclamaciones lo detuvo.
La mujer bajaba por las
escaleras gritando como una loca.
—¡Ahora mismo te vas a llevar
todos los animales! ¡Desgraciado!
Una sucesión de ruidos: llaves
que giran, candados que se abren, aullidos, el arrastrar de cuerpos fueron
confirmando las peores sospechas de los chicos. Cuando finalmente pudieron
salir de su escondite, comprobaron que ahora todas las jaulas estaban vacías.
La mujer había despachado a la pequinesa y a los otros perros con destino
desconocido.
Capítulo 16:
Las cosas se complican
—Decime, Pablo, ¿ese aparato
seguirá funcionando? Desde la última comunicación de Mauro, hace como una hora,
no recibimos ninguna señal. Para mí que les pasó algo malo.
—¡Callate, pesimista! No seas
pájara de mal agüero…
—Peor es ser un pajarón y
creerse un genio —le retrucó furiosa.
—No peleen, chicos. ¿Les
parece que es momento? —intervino Pancho.
Ruidos en el walkie-talkie
bastaron para serenar los ánimos. Y tras los ruidos, la voz apagada de Mauro.
—Pablo, ¿se oye? Contéstame.
Cambio.
—Afirmativo. Cambio.
—Hubo problemas. El
secuestrador va a salir en la camioneta llevándose a los perros. ¡Cuidado con…!
Y el aparato enmudeció.
—Tengo que seguirlo —dijo
sorpresivamente Pablo—. Vos, Inés, quedate vigilando en la esquina. Si Pancho o los chicos corren
peligro, llamás a la policía.
Antes de que Pancho pudiera reaccionar, o Inés
recordarle que la moto tenía problemas con el arranque, Pablo se había ido.
Inés dudó, desconcertada, ¿debía ir hacia la
esquina o quedarse? Pero la puerta del garaje ya se estaba abriendo y el
electricista la arrastró con él hacia el colectivo.
La camioneta salió de culata, se detuvo un segundo
en la calle —lo suficiente para que llegaran hasta ellos gruñidos y quejidos
sofocados— y prosiguió su avance en sentido contrario al terreno baldío.
Ignorando la presencia del colectivo, oculto tras unos arbustos, el vehículo se
perdió de vista en la oscuridad.
—¡Se llevan a los perros! —chilló Inés.
Pancho trató de hacer funcionar el walkie-talkie
de Pablo.
—Es el soporte de las pilas. Si lo ajusto un poco…
Inés empezó a angustiarse: el secuestrador había
partido con los animales, y Pablo tras él. Ella no quería ser pájaro de mal
agüero, pero las cosas se estaban complicando demasiado para su gusto.
—Espero que al menos Mauro y Adela estén bien —dijo
en voz alta.
Pancho, que había terminado de ajustar la tapa del walkie-talkie,
hizo un nuevo intento por comunicarse.
Durante unos minutos hubo confusión de ruidos y
chiflidos, luego les llegaron palabras entrecortadas: «Vamos… cia… rraza… plan…
mbio».
—Vamos hacia la terraza. Cambio —tradujo Inés.
Salvo esas frases incompletas no volvieron a oír
nada más. El aparato había enmudecido.
—Pablo va a estar bien, estoy seguro —trató de
tranquilizarla Pancho—. Sigamos con el resto del plan.
Entre los dos forcejearon con una escalera de
pintor hasta sacarla del colectivo. La apoyaron contra el muro que comunicaba
con la casa vecina porque, según lo planeado, Adela y Mauro bajarían por allí.
Aguardaron expectantes. Pronto vieron asomar dos figuras por la cornisa de la
terraza. Pancho enfocó a los chicos con su linterna: Adela traía a su perra.
—Está un poco excitada —cuchicheó—. Voy a bajarla
en brazos.
Guardiana no le dio tiempo; se precipitó de un
salto hacia el vacío. Cayó erguida y sin un quejido; sacudió el lomo y esperó
alerta el descenso de su ama.
—¡Es increíble! —exclamó Inés—. Cualquier otro
perro se hubiera quebrado en mil pedazos.
Ya instalados en el colectivo y a punto de partir:
—Pablo se volvió en mi moto, ¿no? —dio por sentado
Mauro.
Pancho arrancó; la mujer podía salir en cualquier
momento y descubrirlos. Por el camino le fueron explicando lo sucedido.
—No pudimos detenerlo —dijo Inés, con acento
trágico.
—Mejor. Teníamos que averiguar el nuevo destino de
los perros. Yo hubiera hecho lo mismo que él.
«¡Ojalá llegue al nuevo destino… y pueda volver!
—pensó Inés para sus adentros—. ¿Le digo o no le digo a Mauro lo del arranque
de la moto?». Por último decidió no delatar al «genio». ¿Acaso no era un
milagro que todos, excepto su hermano, estuvieran sanos y salvos dentro del
colectivo? «A lo mejor Pablo tiene suerte en su misión» —se dijo, esperanzada.
Y se arrellanó en el asiento dispuesta a disfrutar del relato de los chicos.
Pablo no estaba en su noche de suerte. La moto, se
le paraba y cada vez tardaba más en hacerla arrancar. La camioneta había dado
mil vueltas y, si bien iba a poca velocidad, terminó por perderla cerca del
puente de Ciudad de la Paz. Rumiando su desgracia, se detuvo en la subida. Bajo
un farol que se extinguía, empezó a examinar el motor. Nafta no le faltaba, el
bidón todavía contenía algo de aceite. Hasta ahí llegaba su ciencia. Ya estaba
resignado a abandonarla allí y volverse caminando, cuando se abrió la puerta de
una casa y un anciano en pijama salió a la vereda.
—¿Te pasa algo, hijo? —dijo el viejo, con
amabilidad.
—Se para y le cuesta arrancar, no sé qué puede
tener —se lamentó, Pablo.
—Dejame echarle un vistazo, en mis épocas de
juventud también tuve una moto. No era como ésta, ¡claro! Pero algo entiendo.
Durante media hora, el anciano revisó a conciencia
el motor, manchó el pijama de grasa verificando que tuviera nafta y se engrasó
las manos al abrir el bidón de aceite.
—Se ve que al tener poca cantidad de aceite, la
válvula de seguridad se cierra y no lo deja pasar. Así se te puede fundir. En
mi época las hacían menos sofisticadas —comentó el viejo.
—¿Y ahora qué hago? No puedo dejarla acá. ¡Mauro me
mata! Además tengo que seguir a la camioneta —razonó Pablo en voz alta.
—¿Esa pick-up destartalada que pasó antes?
¡No fue muy lejos!
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó Pablo, tratando
de sonsacarle información sin demostrar su ansiedad.
—De noche me gusta salir a la vereda. A mi edad
duermo poco, ¿sabés? Recién vi pasar la camioneta ésa; cruzó el puente dos
veces. Eso me llamó la atención.
—¿Dos veces? —preguntó Pablo, intrigado.
—Una de ida y otra de vuelta. Al final entró en
aquella gomería.
Y el viejo señaló un gran cartel ubicado unos
metros más adelante: «Gomería Sánchez y Cía. Ltda.».
Pablo no cabía en sí de excitación. Sin
proponérselo, había descubierto el nuevo escondite de los perros. ¡Y todo
gracias al anciano! Quiso agradecérselo, pero vio que éste había desaparecido.
Su ánimo decayó de nuevo. No podía dejar la scooter allí. Y tampoco correr el
riesgo de fundir el motor haciéndolo funcionar en ese estado. Tampoco se
atrevía a tocar el timbre y pedirle al anciano que le guardara la moto hasta la
mañana siguiente. No fue necesario; tan silenciosamente como antes, el viejo
reapareció y con una amplia sonrisa le extendió una lata de aceite.
—Se la saqué a mi yerno —dijo, orgulloso.
Pablo se llevó la mano al bolsillo y lo miró
interrogante.
—¿Cuánto le debo?
—¡Nada! Te la regalo. Mi yerno es un sujeto
despiadado, si no fuera por el cheque de mi jubilación, que se guarda todos los
meses, ya hubiera obligado a mi hija a mandarme al geriátrico. ¡Me alegro mucho
de haberle robado algo! —y el viejo sonrió, feliz.
—¿Y si lo descubre? —se preocupó Pablo.
—No hay problema, se llevó a mi hija a Mar del
Plata, por una semana. Estoy viviendo solo —dijo el anciano.
Cuando el bidón estuvo lleno de aceite y la moto
arrancó con su clásico ronroneo, Pablo, a punto de partir, se despidió del
viejo. Éste le guiñó un ojo y preguntó:
—Ése que seguías, el que entró con la camioneta en
la gomería, es un delincuente, ¿no?
—¿Usted cómo lo sabe? —preguntó, atónito, Pablo.
Pero el anciano ya había desaparecido dentro de la
casa.
Capítulo 17:
Conversaciones peligrosas
Mauro prendió su computadora Reina y cargó su
archivo «Detectiv» con los últimos datos de la investigación.
1) El
fletero es cómplice del secuestrador y la chancletuda. Roban perros de raza
para cobrar los rescates.
2) El rottweiler, el malamute de Alaska y los demás
perros fueron trasladados esta noche con destino desconocido.
3) En un audaz operativo, Mauro y Adela (ayudados
por Pancho, Pablo e Inés desde afuera) lograron rescatar a Guardiana.
4) El secuestrador llamará a la veterinaria, mañana
a las diez, para exigirle a Zaia que pida el dinero a los dueños.
Dudas y problemas a resolver:
1) ¿Quién
contestará el teléfono? ¿Qué le diremos?
2) ¿Pablo habrá descubierto el nuevo escondite de
los perros?
3) Al ver a Guardiana con Adela, ¿Gatto sospechará
de nosotros?
4) ¿Debo confesarle a Adela lo que siento por ella?
La pregunta número cuatro se le había escapado sin
querer. Mauro quiso desahogarse y cuando la vio en la pantalla de su monitor
estuvo a punto de borrarla. No lo hizo. De todos modos ya estaba decidido: por
ahora no le diría nada. «Adela no debe sospechar que la quiero y no
precisamente como a una amiga. Salvo que yo descubra antes que también le
gusto».
Mauro guardó el texto completo (incluida la
pregunta 4) y salió del programa. Sus amigos jamás verían este archivo. Era
simplemente para aclarar cosas… de la investigación. A la mañana siguiente, a
las nueve, se reunirían los cuatro en la veterinaria a esperar la llamada del
secuestrador. Mauro se recostó vestido en la cama con la intención de
permanecer un rato despierto e idear un plan de acción. Pero apenas apoyó la
cabeza en la almohada se quedó profundamente dormido.
Tuvo el mismo sueño que noches anteriores; una sola
escena que se alargaba y se repetía. Antes de entrar en su casa, Adela se daba
vuelta, lo miraba a los ojos y le decía: «Mauro, te extrañé mucho durante estos
dos años». Entonces él la retenía del brazo, y se besaban en la boca.
Se despertó sobresaltado. La alarma de su reloj no
paraba de sonar y Ceferina, la cocinera, le palmeaba el brazo con energía.
—¡MAURO! ¡Despertate! ¿Hoy no tenías colegio?
Abrió los ojos, miró la hora y saltó de la cama.
¡LAS NUEVE Y MEDIA! Los chicos estarían esperándolo
ansiosos. El secuestrador haría su llamada a la diez, y ellos sin ningún plan.
Como una exhalación se metió en el baño. Reapareció
diez minutos después, completamente vestido. Pasó como tromba por la cocina,
justo a tiempo para arrebatar a la cocinera dos escones de una tartera recién
sacada del horno, y al grito de… «¡CHAU, CEFE!» voló hacia la puerta.
En la entrada del negocio, Guardiana tendida
tranquilamente en el suelo obstruía el paso a quien fuera. Mauro la acarició en
la cabeza y ella lo miró lánguida con las orejas erguidas de gusto. Pero no se
movió. Entonces él la sorteó de un salto, y fue a encontrarse con sus amigos
que embarullaban desde uno de los consultorios internos. Entró hablando con la
boca llena, porque acababa de zamparse el último bocado de escón.
—¡No se preocupen más! Ya se me está ocurriendo
algo para cuando llame el secuestrador.
—¿Por qué no tragás primero, y escuchás lo que «ya
se nos ocurrió a nosotros»? —dijo Inés con tono irónico.
Adela le hizo un guiño cómplice, para calmarlo, y
encendió el grabador. La voz de Zaia retumbó en la habitación.
—… yo tengo que hablar con los dueños… Tengo que
avisar… Sí, sí, haré lo posible… No se altere, por favor… Aunque todavía no me
dijo cuánto… Se hará todo como usted pide… Estaré allí.
—Estas respuestas dan para todo. ¿Cómo las
consiguieron? —preguntó admirado Mauro.
—Ayer desgrabé la cinta completa de Zaia y volví a
grabar estas frases sueltas. Nos vendrán muy bien para contestarle al
secuestrador cuando llame. Ya lo ensayamos; él no sospechará que ella está
lejos de Buenos Aires —dijo Inés.
—¡Y tenemos más novedades! —exclamó Adela, mirando
con orgullo a Pablo—. Vamos ¡contale!
En pocas palabras, éste relató a Mauro el encuentro
providencial con el anciano y la revelación sorpresa: los perros habían sido
escondidos en la gomería Sánchez.
—Si no fuera por mí, no sabríamos dónde buscarlos
—dijo Pablo muy agrandado con el resultado de su pesquisa.
—Me pregunto si ese viejo no estará medio loco. A
lo mejor se inventó toda la historia. ¿Estás seguro de que salía de una casa,
no sería un geriátrico? Hay muchos por esa zona —dijo Mauro, tratando de
bajarle los humos. En el fondo estaba celoso de que tantos planes y
descubrimientos llegaran sin su ayuda.
Indignados, los tres abrieron la boca para
contestarle como se merecía, cuando la campanilla insistente del teléfono frenó
la embestida conjunta. Inés preparó el grabador, Adela le hizo una seña
cómplice y ambas corrieron hacia el aparato. Pablo y Mauro quedaron a la
expectativa.
Adela levantó el tubo. Inés puso en marcha el
grabador. Se oyó la voz de Zaia.
—¡Hola!
Inés apretó el botón de stop.
—Hola —contestó del otro lado la voz del
secuestrador—. ¿Ya tiene lo que le pedí?
—… yo tengo que hablar con los dueños… Tengo que
avisar… —dijo la Zaia del grabador.
—¡Apúrese! —gruñó el hombre—. Necesito lo que le
pedí. Le doy dos días. El rottweiler y el malamute extrañan demasiado. Pueden
morir.
—Sí, sí, haré lo posible… No se altere, por favor…
Aunque todavía no me dijo cuánto… —decía Zaia en la cinta.
—¿Me toma por imbécil? En los galpones le pedí
quince mil de los verdes ¿recuerda? Allí, los zapallitos se venden bien —el
secuestrador largó una risotada.
—Se hará todo como usted pide… Estaré allí.
Inés le hizo una seña a Adela con el pulgar
levantado. Todo estaba saliendo a la perfección. Hasta que del otro lado el
hombre empezó a gritar.
—¡Esta vez la cita no será en los galpones! Vaya
pasado mañana, a las once de la noche, a la esquina de Serrano y Niceto Vega.
La entrega de los verdes se hará ahí.
Inés hizo retroceder la cinta y otra vez se oyó
decir a Zaia:
—Se hará todo como usted pide… Estaré allí.
El hombre cortó la comunicación.
Adela e Inés se confundieron en un abrazo victorioso.
Los chicos no pudieron menos que felicitarlas. ¡La conversación había resultado
un éxito! Al oír tanto alboroto Guardiana abandonó su puesto de vigilancia en
la entrada y empezó a rascar la madera de la puerta ensordeciendo con sus
ladridos. Parecía decirles: «¡yo también quiero participar!». Apenas Adela
abrió, la perra se abalanzó por turno sobre cada uno de los chicos reclamando
mimos y atención. En medio de tal algarabía, sonó la campanilla de la entrada.
Guardiana desapareció en el acto. Enseguida empezó a ladrar y a gruñir con
ferocidad. Se oyó una palabrota de hombre y la amenaza quedó flotando en el
aire: era la voz de Gatto. Sacudidos por un mal presagio enmudecieron todos de
golpe. Adela les hizo señas para que se ocultaran. Ella era la única que podía
justificar su presencia allí. Inspiró profundo y fue a atender.
Detrás de la vidriera, Guardiana gruñía y ladraba
mostrando los dientes al enemigo. Gatto, haciéndose el desentendido, esperaba
en la vereda. Venciendo su aprensión, Adela abrió la puerta del negocio unos
centímetros.
—¿Necesitaba algo? —preguntó con voz inocente.
El fletero esbozó una sonrisa fingida.
—¿Está la doctora? Mi madre quería un remedio para
su gato.
—Zaia está muy ocupada —dijo Adela con voz
decidida—, pero le puedo preguntar si es urgente. ¿Qué remedio necesita?
El hombre miró a Guardiana con una sombra de temor.
La perra pugnaba por colarse entre las piernas de Adela gruñendo y ladrando en
forma amenazante.
—Dejá, mejor vuelvo más tarde.
Y enseguida agregó:
—Parece que tuviste suerte, ya recuperaste a tu
perrita —dijo simulando interesarse.
—Era como yo le dije la otra vez, ¿se acuerda?
Estaba alzada y se fue detrás de Alan, su novio. Por suerte ya volvió —dijo
Adela con fingida naturalidad.
—Bueno, piba, cuidala mucho, que no se te vuelva a
escapar.
—¡Pierda cuidado! ¿En serio no quiere que le avise
a Zaia? —y Adela abrió más la puerta de modo que Guardiana pudiera introducir
la cabeza y medio cuerpo hacia el fletero.
Éste retrocedió asustado.
—Ya te dije que mejor vengo después —dijo furioso.
Y se fue más rápido de lo que había llegado.
Adela abrazó a la dóberman con emoción. ¡Si no
hubiera sido por ella, Gatto habría descubierto la ausencia de Zaia, y todos
los planes para rescatar a los perros se habrían desbaratado! Seguida de
Guardiana, que mordisqueaba cariñosamente los talones de sus zapatillas, volvió
al consultorio para poner a los chicos al tanto de lo sucedido.
Capítulo 18:
El pago del rescate
Esa tarde de fines de abril, el cuarto de Inés
parecía una feria americana: ropa amontonada sobre la cama, en sillas, mesas y
colgando de los picaportes de todas las puertas. En un rincón, Guardiana, harta
de ser ignorada por las chicas, despanzurraba su pelota de goma con estudiada
indiferencia.
—¿Te parece que con esto estaré bien?
En el centro de la escena, Inés se contemplaba en
el espejo del ropero no demasiado convencida con su quinto cambio de
vestimenta. El saco negro de su madre le quedaba grande, la pollera demasiado
larga, el primer botón de la blusa la ahorcaba y los zapatos de punta angosta
le apretaban los dedos de los pies.
Adela la examinó con aire crítico.
—Zaia no se viste así. Siempre anda con jeans y
zapatillas.
—Yo no estoy vistiéndome de Zaia, sino de una
«amiga» de ella.
—Tampoco creo que tenga amigas que se vistan así.
El secuestrador va a sospechar, parecés disfrazada.
—«Estoy» disfrazada, ¿o te pensás que me pondría
esta clase de ropa para salir? —protestó indignaba—. Si no me disfrazo, ¿cómo
hago para aparentar más edad? Cuando se te ocurra alguna buena idea decila, si
no dejá de criticar —y algo más calmada—: ¿Qué clase de amigas tiene Zaia?
—Sólo conozco a Lara, es veterinaria como ella.
—Entonces me pongo un delantal y listo —dijo Inés,
con ironía.
—¡Buena idea! En el negocio hay uno, y creo que en
el perchero quedó colgada una campera de Zaia. Traje las llaves. ¡Vamos!
Media hora después, Inés lucía como una auténtica
curaperros en ejercicio. Delantal blanco, medias blancas con zapatos abotinados
(olvidados por Zaia), y una campera de corderoy gris, larga y amplia. La
indumentaria se completó con un maletín negro donde, supuestamente, estaba el
dinero del rescate. La valija, que habían preparado de antemano, en realidad
contenía papeles de diario y fajos de billetes falsos (fotocopias de los
verdaderos). Con delineador de ojos, lápiz labial y una boina negra, Inés logró
atenuar sus rasgos adolescentes aparentando más edad. Al terminar el arreglo
parecía una joven de veinte años, medio estrafalaria pero con cierto aire de
profesional. Hasta Guardiana empezó a mirarla con desconfianza y a husmear
insistentemente sus zapatos, buscando huellas de la verdadera dueña.
—¡Estás igualita a Lara, la amiga de Zaia!
—¿Qué hora tenés? —dijo Inés, ignorando el
cumplido.
—Casi son las ocho. Vayamos a casa. Hoy es viernes,
mis padres vuelven tarde. ¿Ya avisaste que te quedabas a dormir?
—Sí, y no veo la hora de terminar con esta parte
del plan. ¿A qué hora venía el taxi a buscarnos?
El taxi llegó con un retraso de diez minutos. El
chofer era un primo de Pancho; un joven fornido, con la cabeza rapada, y reacio
a abrir la boca. Totalmente concentrado en su misión: llevarlas a destino antes
de las once, presenciar «el pago del rescate» e intervenir ante el menor
peligro.
—Ella se va a quedar en el taxi mientras yo entrego
esta valija —aclaró innecesariamente Inés.
—¿Tiene la dirección exacta? —preguntó Adela de
puro nerviosa.
Por toda respuesta el joven fornido gruñó algo
ininteligible y arrancó por Beruti a toda velocidad. Al llegar a Oro quiso
esquivar una bicicleta y frenó de golpe estampando a las chicas de boca contra
el respaldo delantero. Cuando lograron reacomodarse, volvió a arremeter dando
una curva cerrada que las arrojó a la otra punta de la butaca.
Inés perdió la boina y el maletín se le incrustó en
el estómago. Adela chocó de cabeza contra la puerta. El chofer primo de Pancho,
sin perder el entusiasmo ni los reflejos, cruzó Santa Fe con luz amarilla,
sorteó por un milímetro a un colectivo 64 y dobló rugiente por Paraguay.
—Ppueede iir mmás desppaacio —balbuceó, aterrada,
Adela.
Inés trató de acomodarse la boina, pálida de la
furia.
—Es mi último viaje —comentó el chofer primo de
Pancho.
—Y si sigue así, también el nuestro —comentó Inés
en voz baja.
A las once menos dos minutos el taxi clavó los
frenos a una cuadra de Serrano y Niceto Vega. Antes de bajar, Inés consultó,
dudosa, con Adela.
—¿Te parece que lo haré bien? —dijo, acobardada por
el trayecto.
—Nosotros te vigilamos desde acá. En cuanto le
entregues la valija, y antes de que el secuestrador la abra, vamos a buscarte.
—Tranquila, piba —dijo el chofer—. Pancho me avisó
cómo viene la mano. Desde que me asaltaron yo practico karate todas las noches.
No pregunten cómo dejé a los últimos —dijo con tono amenazador.
Inés observó su cabezota rapada, sus brazos
musculosos y recordó la brutalidad del manejo. No le hacía falta preguntar. Más
tranquila, bajó del auto y caminó la cuadra restante balanceando cancheramente
su maletín.
A las once e en punto, nadie la esperaba en la
esquina. Diez minutos más de nervios, y el secuestrador sin aparecer. De
repente, Inés vio una figura de negro que se acercaba rápidamente por Serrano.
Cuando estuvo a un metro de distancia advirtió que no era el secuestrador, sino
la chancletuda.
—¿Zaia? —preguntó la mujer.
Inés se encasquetó aún más la boina. «Mejor no le
explico que soy una amiga de Zaia. A lo mejor logro engañarla» —pensó.
—¿Sí? —dijo en voz muy baja.
La mujer pareció no sospechar el engaño, porque
volvió a preguntar:
—¿Trajo los papeles completos?
Muda, Inés le extendió el maletín cerrado y la
llave. Cuando la mujer iba a abrirlo, el taxi apareció de golpe, y les frenó a
un metro de distancia. A Adela no se la veía. El chofer primo de Pancho bajó
del vehículo con su físico de karateca, abrió la tapa del capot y empezó a
examinar el motor entre gruñidos.
—Quedamos en que vendría sola. Ya nos comunicaremos
con usted —dijo la mujer en tono amenazador. Y corrió hacia la esquina.
Eufóricas, Inés y Adela se abrazaron adentro del
vehículo. Todo había salido bien. El chofer primo de Pancho hizo arrancar el
taxi y partieron a toda velocidad.
Dos cuadras más adelante advirtieron que la
camioneta destartalada los seguía. El secuestrador iba al volante, la mujer
miraba atenta por la ventanilla.
—¡Cuidado! ¡Son ellos! —gritó Adela.
Se arrojó sobre Inés y ambas aterrizaron en el piso
del taxi. El karateca bufó de excitación, patinó en un charco y arremetió a
máxima velocidad por una calle empedrada. El viaje se convirtió en una carrera
de curvas y obstáculos. El chofer primo de Pancho les iba informando con frases
entrecortadas:
—Apagó los faros. Ahí aparece. Le meto por ésta.
¡Má’ sí! Yo cruzo igual. ¡Se quedó atrás!
Adela asomó la cabeza y notó que el karateca tenía
las venas de los brazos hinchadas y resoplaba con ferocidad. Espió por la
ventanilla: efectivamente, la camioneta había quedado atrás.
Dieron todavía interminables vueltas para
cerciorarse (el chofer primo de Pancho quería cumplir hasta el mínimo detalle
su misión) de que estaban fuera de peligro. Finalmente, a la una de la mañana
fueron depositadas en Beruti y Oro, exhaustas y salvas.
—Creo que nosotras tendríamos que ir a avisarle a
Pancho y a los chicos que ya nos descubrieron —propuso Adela, alarmada.
—Yo me encargo —dijo el chofer primo de Pancho.
Antes de que alguna de ellas pudiera protestar, el
karateca ya estaba en la esquina.
¿Cómo dormirse con semejante preocupación? Tanto
Adela como Inés se obsesionaban con distintos pensamientos: ¿estarían en
peligro los chicos?; en tan corto tiempo, ¿habrían podido rescatar a los perros
encerrados en la gomería Sánchez?
Capítulo 19:
El escondite perfecto
Un colectivo viejo y en desuso abandonado bajo el
puente de Ciudad de la Paz al 100. Eso vería algún transeúnte distraído o algún
vecino trasnochador que habría sacado la basura con atraso.
En el interior del colectivo, la realidad era otra.
Mauro y Pablo se disputaban el uso de un anteojo de larga vista, posesión del
primero. Pese a que la cuadra tenía un farol con escasa iluminación, trataban
de controlar el acceso a la gomería Sánchez turnándose, durante más de media
hora, sin advertir el menor movimiento. Poco antes, Pancho había decidido
merodear por el negocio de neumáticos para asegurarse de que los perros
estuvieran allí, y solos.
—No se lo ve por ningún lado —comentó Mauro.
—La gomería tiene otra salida por la esquina,
Pancho debe de estar examinando esa puerta —dijo Pablo.
—¡Ahí viene! —exclamó Mauro.
Pancho llegó exultante.
—Sin moros en la costa. Tenemos que apurarnos, es
¡ahora o nunca! La puerta de la esquina es fácil de forzar.
—¿Viste a los perros? —preguntó, ansioso, Mauro.
—No, pero los oí: aullidos muy débiles, pisadas. No
podemos perder tiempo, ya son casi las diez y media. Apenas descubran que Inés
les dio dinero falso, vendrán para acá.
—A lo sumo nos quedará otra media hora. ¡Vamos!
—dijo Pablo.
Pancho ocupó el asiento de conductor e hizo girar
la llave del contacto. Tras dos encendidos en falso, el vehículo tosió, se paró
y finalmente arrancó. De acuerdo a lo planeado, estacionaron en la esquina de
la gomería.
La primera tentativa fue con suerte. En el manojo
de llaves traídas por Pancho, encontraron una que abría el primer candado.
El segundo estaba falseado. A medida que
manipulaban en la cerradura, los aullidos fueron aumentando en intensidad.
La puerta cedió. Pancho enfocó el lugar con su
potente linterna: amarrados con sogas a vigas y columnas, los animales jadeaban
en la oscuridad. Pablo vio al rottweiler y al malamute derrumbados en un
rincón, con los hocicos pegados al piso, sin fuerzas para reaccionar. Otros: la
pequinesa, un ovejero y un dogo, aunque flacos tenían más signos de vitalidad.
Como si comprendieran que los recién llegados venían a salvarlos de su
cautiverio, ninguno de ellos se resistió. Pancho cortó las sogas con su
cortaplumas y, una vez liberados de sus ataduras, los perros se dejaron
conducir dócilmente por la calle, hasta llegar al colectivo.
—¡Lo logramos! —exclamó Mauro, radiante de alegría.
Pablo buscó debajo de un asiento el bidón de agua y
una caja de alimento canino para repartir entre los más necesitados.
Pancho, en su puesto de chofer, introdujo la llave
de contacto. Tras dos intentos fallidos, el colectivo logró arrancar; anduvo
unos pocos metros y se paró. Los siguientes quince minutos, el electricista
probó de todo: hacer contacto con dos cables sueltos, instalar uno dentro del
motor y directo a la batería, limpiar la tapa del carburador. A las once menos
diez se dio por vencido.
Creo que no va a arrancar. Tenemos que pensar en
otra cosa.
—¡Y rápido! Esos tipos pueden volver en cualquier
momento —dijo Mauro, afligido.
Pablo evocó la escena, mentalmente, como un
relámpago.
—¡El viejo del otro día! Era macanudo. Él nos puede
ayudar.
Pancho y Mauro lo miraron incrédulos. Pero Pablo ya
se iba.
No fue necesario golpear la puerta, el anciano de
pijama apareció solo, como si hubiera estado observando todo por la ventana.
—¿Tienen problemas con ese armatoste? ¿De dónde lo
sacaron?
—¿No se acuerda de mí? —dijo Pablo—. Yo me quedé
con la moto el otro día, y usted me ayudó. Le robó la lata de aceite a su
yerno.
El viejo sonrió de oreja a oreja.
—¡El pibe de la scooter! Claro que me acuerdo.
—Tenemos un problema grave. ¿Recuerda al tipo de la
camioneta? Usted mismo adivinó que era un delincuente.
El anciano lo miró pensativo pero no contestó.
Mauro decidió ir al fondo del asunto, franquearse.
Les quedaba poco tiempo.
—Él y su cómplice secuestran perros de raza para
cobrar los rescates. Nosotros venimos para liberarlos —dijo Mauro.
—Pero se me descompuso el colectivo —admitió
Pancho—. Y no tengo cómo llevarlos, ni tiempo para buscar otro vehículo. En
cualquier momento ellos pueden llegar y…
—¿Y yo en qué puedo ayudarlos? —el viejo se volvió
reticente.
—¡Nos podría esconder los animales aquí, hasta
mañana! —exclamó Pablo—. ¡Por favor! Usted me dijo que estaba viviendo solo en
su casa, que su hija y su cuñado se habían ido a Mar del Plata.
El anciano rehuyó la mirada, dio media vuelta y,
sin decir palabra, amagó volver a entrar. Pablo fue más rápido y se interpuso ante
la puerta del edificio.
—¡Por favor, abuelo! ¡Ayúdenos! —dijo, desesperado.
—Si no escondemos a los perros, los van a matar
—dijo Mauro.
El viejo miró a Pablo con tristeza.
—El otro día te mentí, pibe, no es mi casa. Hace
dos meses mi hija y mi yerno me internaron en este geriátrico. No me puedo
quejar, es grande, tiene varios patios y…
Pablo retrocedió abatido; el viejo acababa de echar
por tierra su última esperanza. Mauro, tan deprimido como su amigo, dio un
vistazo a su reloj: las once y cinco. Ya no les quedaba tiempo.
—Vamos chicos. Dejen tranquilo al señor. Esto es
una locura, ¿cómo van a esconder a los perros en un geriátrico? —dijo Pancho.
Entonces, como tocado por un rayo, el anciano se
dio vuelta y lo enfrentó con dureza:
—¿Y por qué no? ¿O usted, como mi yerno, cree que
porque somos viejos…? Chicos, ¡traigan enseguida a esos animales! —dijo, picado
en su amor propio—. El enfermero es medio borrachín y la dueña no duerme aquí
esta noche. Los dormitorios de los pensionistas están en el primer piso.
¡Muévanse! ¡Los perros van al patio! —y abrió la puerta del geriátrico de par
en par.
Pancho empezó a balbucir una disculpa pero Pablo y
Mauro lo arrastraron con ellos hacia el vehículo. No fuera cosa que lo calmara
y el viejo se arrepintiera de su audaz acción.
Esta vez no resultó tan fácil transportar a los
perros. El rottweiler y el malamute de Alaska se habían despabilado y no
cesaban de gruñir y ladrar. La pequinesa fue la peor, primero se negó a
abandonar el vehículo, después se empacó detrás de un árbol. Decidieron dejarla
allí y volver por ella apenas se calmara. Al ovejero belga lo atacó una diarrea
repentina en la entrada del geriátrico y no hubo forma de interrumpirlo. El
dogo se enfureció; parado y amenazante tironeaba de su soga negándose a avanzar
por su cuenta o a que lo llevaran.
El anciano entró en el geriátrico y volvió a
aparecer con un plato con restos de asado. En cuanto los perros vieron, y
olfatearon, el botín, se le abalanzaron en tropel. Y él entró aparatosamente en
la casa con los cuatro animales hambrientos atrás.
Entonces Pancho partió en busca de la pequinesa,
que aún seguía empacada junto al árbol, mientras los chicos ayudaban al anciano
a contener el avance de la jauría. De improviso, la camioneta de Gatto dobló
por la esquina, y empezó a acercarse a gran velocidad.
—¡Son ellos! —gritó Mauro.
Pero Pancho tenía dificultades para volver. La
pequinesa, en estado de shock, había subido al colectivo y se negaba a bajar.
—¡Rápido, cierren la puerta! Yo me quedo con la perra
y vigilo desde acá —ordenó el electricista—. ¡Vamos, no pierdan tiempo!
A regañadientes, los chicos tuvieron que obedecer.
Adentro del geriátrico, el anciano condujo a los
animales a un patio trasero. Forcejeó con la manija y… ¡la puerta estaba con llave!
—¡Qué mala suerte! El sereno dejó cerrado —se
lamentó el viejo.
—¿No hay otro lugar donde esconderlos? —preguntó
Mauro.
—Mi cuarto, pero habría que subir dos pisos de
escaleras y el bochinche podría despertar a los pensionistas —dijo el anciano.
Pablo, que controlaba la calle a través de la
mirilla de la entrada, dio la voz de alerta.
—Dejaron la camioneta en la puerta de la gomería.
¡Ya entraron!
Mauro y el viejo, seguidos por los perros, se
trasladaron al salón recibidor. Espiaron a través de las persianas entornadas
de la ventana: a los hombres no se los veía. En dirección opuesta, el
colectivo, abandonado a un costado del puente, parecía chatarra inútil.
Repentinamente, Gatto y el secuestrador volvieron a
salir a la calle; por sus ademanes se adivinaba una pelea. Finalmente se
separaron; el primero hizo arrancar el vehículo marcha atrás hacia la esquina;
el otro, parado en la mitad de la calle, miraba absorto hacia el puente. Tras
un momento de quietud, caminó a paso vivo en dirección al colectivo.
—¡Va a descubrir a Pancho! —dijo Pablo.
Los perros, olfateando el peligro, empezaron a
aullar y a gruñir.
—Si salimos ahora va a ser peor —dijo Mauro—.
Esperemos unos minutos más. Si algo sucede…
—Si algo sucede llamamos a la policía —intervino el
viejo.
En el pasillo de la entrada al geriátrico los
animales se apretujaban nerviosos unos contra otros. Para tranquilizarlos,
Mauro les repartió unos pedazos de pan duro que traía en el bolsillo. Pablo,
reteniendo el aliento, vigilaba desde la puerta.
Tras examinar el colectivo por afuera, el
secuestrador subió. No tardó en bajar… precedido por el electricista. A la
pequinesa, en cambio, no se la veía. El hombre llevaba a Pancho a los
empujones. Cuando pasó frente al geriátrico oyeron su acusación.
—¡Vos forzaste la puerta de la gomería! ¿Dónde
están los perros? Cuando vuelva mi socio vamos a ver si cantás o no.
—Yo no hice nada —protestaba Pancho—. Estaba
durmiendo en ese colectivo fuera de servicio cuando usted llegó y…
—¡Caminá, atorrante! Y andá pensando la cosa. Si no
hablás…
Del otro lado de la puerta, los chicos y el viejo
oían la respiración entrecortada de Pancho. Después… golpes y quejidos. Ante la
proximidad de los dos hombres se desencadenó la catástrofe. El rottweiler
comenzó a aullar; el malamute se precipitó gruñendo contra la puerta. El dogo,
completamente histérico, corría y saltaba, rascando la madera con sus patas.
De pronto, sin que Mauro pudiera hacer nada por
detenerlo, el dogo abrió la puerta y se precipitó hacia la vereda. Mauro lo
siguió.
Al ver al secuestrador, el perro mostró los dientes
y le saltó al cuello. Éste, tomado por sorpresa, resbaló y cayó sobre el
pavimento. El animal se abalanzó sobre él y… ¡Nadie esperaba aquel disparo! El
dogo dio una voltereta en el aire, giró la cabeza hacia un costado y cayó al
suelo con un gemido. Ya no se movió; quedó inerte, en su posición despatarrada,
con el lomo bañado en sangre y los ojos vidriosos. El secuestrador empezó a
levantarse apuntando a Mauro con el arma.
—Si alguno se mueve —dijo entre dientes—, te
liquido a vos, pibe —y mirando a Pancho—: Entrá al geriátrico, atá a los demás
perros y traelos a la gomería. Yo me llevo al chico. Si no llegan rápido o
viene la policía… —la amenaza quedó flotando.
Mauro siente las piernas entumecidas y una sensación
de vacío en el estómago. La cara de Adela cruza como ráfaga por su mente. «La
quiero», piensa. Lo siente con más fuerza ahora que su vida está en peligro.
«¡Qué lástima que no se lo haya dicho!». Y aunque el hombre lo empuja, a él le
cuesta salir de su parálisis. Camina algunos pasos, tropieza y otra vez queda
clavado en el suelo. No es sólo ese revólver, que se incrusta en la herida
anterior recordándole el navajazo del delincuente gordo. No. Algo peor está
sucediendo frente a él. A marcha lenta por Ciudad de la Paz regresa la
camioneta de Juan Gatto.
Capítulo 20:
Mauro se arriesga
El secuestrador lo conduce a patadas hacia el
local. La camioneta del fletero es una amenaza en la esquina. Mauro sabe que
Gatto va a reconocerlo y entonces… podría pasar cualquier cosa.
—Te quedás adentro hasta que llegue tu amigo con
los perros.
—Y después, ¿qué nos van a hacer? —logra preguntar
él.
—Eso lo va a decidir mi so…
Su estupor lo hace interrumpirse. Un taxi acaba de
pasar por el puente a toda velocidad y se abalanza sobre la camioneta. Tomado
por sorpresa, Gatto sube el vehículo a la vereda y lo estrella contra el frente
del local. El estruendo fenomenal de vidrios y un bocinazo interminable
atemorizan al secuestrador. Mauro ya no siente el revólver en los omóplatos,
aprovecha el descuido y le da un cabezazo en el estómago. El arma se le escurre
de las manos y va a parar a una alcantarilla. El hombre gatea en la oscuridad
tratando de recuperarla. Pero un joven corpulento y pelado acaba de bajar del
taxi y llega antes que él. Como en una serie de acción, el karateca levanta al
secuestrador en el aire y lo incrusta contra la pared de una casa.
—¿Dónde está mi primo Pancho? —ruge embravecido.
Mauro ve abrirse la puerta delantera de la
camioneta, y a Gatto precipitarse afuera con paso vacilante. De su frente,
dividida en dos por una herida, mana abundante sangre. El fletero se acerca por
detrás al chofer del taxi con un fierro en la mano.
—¡Cuidado! —grita Mauro.
Pero antes de llegar, tambalea y se desploma
inconsciente en la vereda.
—¡Atalo! —ordena el joven corpulento y le arroja un
cable.
Mauro se ocupa de maniatar al fletero. Y otras
escenas se suceden con tanta rapidez que cuesta entender lo que está
sucediendo.
Pancho llega armado con una pala; ayudado por su
primo encierra a los delincuentes en el taxi. Casi al mismo tiempo aparecen dos
patrulleros de la policía haciendo bramar sus sirenas. Se abren las puertas del
geriátrico y sale el anciano, seguido por un grupo de pensionistas en ropas de
dormir que aplauden y vitorean el arresto.
—¡Oficial! —dice éste a viva voz—. Aquí tiene
varios testigos.
Pablo, arrastrado hasta el lugar de los hechos por
los perros sujetos en racimo por una soga, acaba de descubrir a Mauro. Y los
amigos se confunden en un prolongado abrazo.
—El viejo avisó enseguida a la policía pero ellos
no aparecían. ¡Y nosotros ya no sabíamos qué hacer! Por suerte, después llegó
el primo de Pancho en el taxi y…
—¡Prometeme una cosa! —lo interrumpió Mauro.
—¡Claro!
—Dejame que yo les cuente esta parte a las chicas.
Esa mañana de sábado, a las diez, en el comedor
diario de la casa de Adela, se llevó a cabo la desordenada reunión. Las chicas,
que no habían pegado un ojo en toda la noche, escucharon emocionadas las
andanzas de los varones.
Apenas Mauro tomó un respiro para engullirse una
medialuna…
—¡Increíble! —dijo Inés—. Anoche nos pasaron las
mismas cosas que a los detectives de verdad.
—La peor parte fue cuando el secuestrador se llevó
a Mauro apuntándole con el revólver —acotó Pablo—. Era horrible estar mirándolo
por la ventana y no poder hacer nada. Pensé que iba a matarlo, igual que al
dogo.
—Entregar el maletín a la cómplice tampoco fue
fácil. ¡Y no saben la que pasamos cuando el primo de Pancho trató de
despistarlos con el taxi! No quiero ni pensar en lo que va a decir mamá cuando
se entere de todo. Porque, ¿saben la novedad? Vamos a tener que ir los cuatro a
declarar a la comisaría —se quejó Inés.
—Lo más importante es que esos sujetos ya están
detenidos. Y que vamos a cobrar la recompensa —terció Pablo.
—¡Ojalá! —dijo Inés.
Mauro, ávido por despertar la admiración de Adela,
comentó:
—Cuando vi que volvía la camioneta realmente me asusté.
Como el tipo me conocía, pensé que era capaz de todo. Pancho me contó que
andaba en otros negocios sucios. Parece que Gatto es un nombre falso; puso la
empresa de fletes acá para despistar. ¡Hasta la madre lo abandonó! Desapareció
del barrio esta madrugada.
Sólo Adela permanecía en silencio; acariciaba a
Guardiana en la cabeza con la mirada fija en el lomo de la perra, como si
estuviera ausente de la conversación. Mauro la miró de reojo.
—¿Por qué te quedás callada? En que estás pensando
—preguntó.
Adela se encogió de hombros como diciendo «en
nada».
—A lo mejor está enojada por algo —dijo Inés.
—Tenés razón —admitió Adela—. Estoy enojada por… lo
que hubiera podido pasar.
—No entiendo. Explicate mejor —dijo Mauro,
intrigado.
—¿No entendés? —dijo repentinamente furiosa—. Para
vos esto es como un juego, ¿no, Mauro? Pero anoche esos tipos… ¡casi te matan!
—y desvió la vista algo avergonzada de su reacción.
—¡EH! Que yo también las pasé bravas —protestó
Pablo.
—¡Me imagino! ¡Qué terrible estar escondido dentro
del geriátrico mientras Mauro hacía de Sherlock afuera! —se burló Inés.
—No te olvides de «quiénes» avisaron a la policía
—dijo, furioso.
—¿«Quiénes»? Si vos dijiste que fue ocurrencia del
viejo. En cambio, ¿«quién» se disfrazó para entregar el dinero? ¡Yo!
Mientras los hermanos se trenzaban en una de sus
habituales discusiones, Mauro y Adela empezaron a conversar en voz baja.
—Escuchame, Adela. Cuando ese tipo me iba apuntando
con el arma, pensé en vos —confesó Mauro—, y eso me dio fuerzas para…
—… sentirte un Super Sherlock —terminó ella,
con tono severo.
—No entiendo por qué estás tan enojada. Yo creía…
—¡Creías que te iba a admirar! Con tal de
fanfarronear sos capaz de arriesgar tu vida. ¿Cómo me hubiera sentido yo si te
pasaba algo? Pero eso no te importa.
—Sí me importa —dijo él, esperanzado—. ¿Cómo te
hubieras sentido?
Adela lo miró de frente. Por un momento estuvo a
punto de confesarle todo: que la noche anterior había sido la peor de su vida;
que ya no podía seguir siendo su detective-compinche ni su amiga, porque ahora
lo quería como una mujer.
—¿Cómo te hubieras sentido? ¡Decímelo! —mandoneó
él.
Entonces ella vio al otro Mauro: al que daba
órdenes, al fanfarrón, al Super Sherlock; ese Mauro que sólo se quería a
sí mismo.
—Me hubiera sentido culpable, y también muy triste.
No es agradable perder a un amigo —dijo solamente.
«De todos modos, al amigo ya lo perdiste —pensó
Mauro. Y un abatimiento desconocido se apoderó de él—. ¡Qué rara es Adela! Hace
un momento hubiera jurado que sentía algo distinto por mí. Hasta parecía a
punto de llorar. Y ahora esto. ¿Cómo puedo equivocarme tanto con ella?».
Pero Pablo e Inés ya habían terminado con su pelea
de hermanos (por abandono de Pablo) y exigían su atención; estaban ansiosos por
discutir los próximos acontecimientos.
A las dos de la tarde, Zaia los esperaba en la
veterinaria para comunicarles las últimas noticias sobre la recompensa.
Esa misma mañana, la joven había llegado muy
oportunamente de San Nicolás, justo a tiempo para comunicarse con el empresario
dueño del rottweiler y el malamute; también con su dienta y ama de la
pequinesa. Si bien la misma policía haría entrega de los perros a sus dueños,
Zaia prometió que se encargaría de destacar la participación de los chicos en
el plan de liberación.
—Ahora que el empresario va a recuperar a sus
perros, quién sabe si nos da parte de la recompensa —dijo, escéptica, Inés.
Los otros asintieron en silencio. Entregados el
rottweiler y el malamute de Alaska, los tres mil dólares ofrecidos en el
recorte del diario parecían una esperanza muy remota.
Capítulo 21:
La carta
Al bajar del ascensor, Mauro se llevó una sorpresa.
Walter, su tutor (a quien creía en el campo), lo esperaba en la puerta de su
departamento.
—Sabía que eras vos. Hace rato que te estoy
esperando.
Walter tenía el ceño contraído y el semblante
serio. Mauro pensó que sus aventuras de detective ya habían sido descubiertas
y, sin saber cómo enfrentarlo, desvió la vista de su tutor.
—Tengo una noticia que darte —siguió diciendo éste.
Y condujo a su ahijado hacia un sillón del living.
—Acabo de sacar tu pasaje de avión. Mañana viajás a
Berlín.
—¡Eso es demasiado! —reaccionó Mauro, con dolor—.
No creo que yo me merezca que me mandes ahora. Al menos dejame explicarte…
—Hijo, me estás malinterpretando. No se trata de
una penitencia —dijo Walter, y su gesto fue de real preocupación—. Tomá, es
mejor que leas esto.
Era una carta larga y cariñosa dirigida a los dos.
El tío de Mauro no quería afligirlos, pero el estado de salud de su mujer
empeoraba día a día. Sus accesos de asma eran cada vez más frecuentes y, pese
al tratamiento homeopático, las recuperaciones eran lentas y difíciles. La tía
extrañaba a su sobrino y quería verlo cuanto antes.
«Anoche estaba particularmente sensible —decía la
carta—, me pidió que Mauro adelantara el viaje. Yo creo que él podría estudiar
este año en Berlín y también pasar aquí sus vacaciones. Confío en que su
presencia ayudará a Celia a restablecerse con mayor rapidez. Te mando…».
Mauro no pudo seguir leyendo, le ardían los ojos en
su esfuerzo por contener las lágrimas.
—Eso… eso significa que estaré en Alemania lo menos
un año —dijo por fin.
—Sé que será difícil este cambio ahora… que ya
estabas habituado al colegio, a tus amigos… Yo también te voy a extrañar —dijo
Walter, conmovido. Y estrechó a su ahijado en un abrazo.
—No hay alguna forma de… —tentó Mauro, desesperado.
—Es inútil, hijo. Tu tía está pasando un momento
difícil. Debés ir —contestó Walter.
En su dormitorio ya no pudo contenerse, y su
aflicción desbordó en un llanto amargo y entrecortado. Sólo pensaba en Adela.
¡No la vería por un año! ¡Qué importaban ahora sus andanzas de detective! Ni
siquiera lo consolaba haber cumplido con su promesa: liberar a Guardiana y a
los otros perros. Tampoco lo reanimaba la posibilidad de cobrar la recompensa.
¿Con qué cara se presentaría esta tarde delante de ella? Mauro no se creía
capaz de verla por última vez y ocultar sus sentimientos. O decirle: «me voy a
Berlín. ¡Ah! No quería irme sin que supieras algo: te quiero». ¡Qué ridiculez!
Además, no estaba seguro de que eso le importara a ella. ¿Cómo estarlo? Adela
era muy orgullosa, nunca expresaba lo que sentía. Podía gustar de él y
ocultarlo. Sí, era muy capaz de hacer una cosa así. ¿Y si le escribiera una
carta? Mauro decidió que eso era lo mejor. Algo reanimado, se instaló delante
de su computadora Reina, abrió su archivo «Detectiv» y sus dedos volaron sobre
el teclado.
Media hora después, releyó lo siguiente:
Hoja 1)
Querida Adela:
Ésta es la carta más difícil que me ha tocado
escribir en mi vida, pero me voy mañana a Berlín y no puedo postergarla para la
vuelta. Estaré allí por un año, o más, y hay cosas que necesito saber «ahora».
Perdoná que sea tan directo. Vos me conocés, así soy yo, y no voy a cambiar. Te
pido una cosa: si me querés sólo como a un amigo y un compañero de aventuras,
no sigas leyendo esta carta. Rompé la página aquí mismo, y a otra cosa. Si no
es así, podés dar vuelta la hoja.
Hoja 2)
Querida Adela:
Si seguiste leyendo es porque sentís algo distinto
por mí. Entonces es hora de decirle que… ¡yo también te quiero! El avión para
Berlín parte a mediodía. Mañana, a las diez, Walter me va a llevar a Ezeiza.
Pero podemos vernos a las ocho, antes de que vayas al colegio, en la placita de
Cerviño, frente a la Embajada. Cuando nos veamos, me va a ser más fácil
explicarte todo lo que siento por vos. Si no venís es porque no te importo; al
menos como yo quiero importarte y como vos me importás a mí.
Esta noche voy a despedirme de Pablo e Inés, y
prometo escribirles a todos desde allá. Acordate: mañana a las ocho. ¿Te
espero?
Te abraza
Mauro
Mauro dobló la hoja en cuatro, la metió dentro de
un sobre y escribió el nombre de ella y la dirección. Pensó que en ese momento
los chicos estarían en la veterinaria. Era una buena oportunidad para ir a la
casa de Adela y arrojar la carta por debajo de la puerta sin que lo vieran.
¡Rápido!, no podía perder tiempo o lo atacaría la timidez y, con ella, el
arrepentimiento.
Desde la cocina, Ceferina lo vio partir como una
exhalación. La cocinera se secó los ojos húmedos de lágrimas con el delantal, y
suspiró, «Todo fue tan repentino —pensó afligida—. Mauro se va mañana, ¡cómo
voy a extrañarlo! Y con don Walter que está más en el campo que acá… ¿para
quién voy a cocinar yo?». Entre sollozos volvió presurosa a la cocina. Acababa
de recordar que aún le faltaba hornear los últimos escones para el té.
Al salir del garaje, Mauro dio una vuelta inmensa.
Condujo la moto por la avenida Bullrich hasta Santa Fe, dobló por Oro y retomó
Godoy Cruz derecho hasta Beruti. Debía evitar el paso obligado por la
veterinaria; los chicos ya estarían allí y no quería que Adela lo viera.
En la casa de ella las persianas estaban bajas.
Señal de que no había nadie. Dejó la scooter en la vereda y se acercó a la
puerta de metal vidriado. Con precauciones, empezó a deslizar el sobre debajo
de la puerta. Unas pisadas en los escalones de la entrada y los gruñidos de
Guardiana, lo pusieron sobre aviso. Sostuvo el sobre por el borde y esperó; si
Adela estaba todavía, lo mejor sería retener la carta y hablar con ella.
Por el aullido largo de sufrimiento, se dio cuenta
de que Guardiana estaba sin su dueña. La llamó con un silbido. ¡A ella también
iba a extrañarla! La perra asomó el hocico por debajo de la puerta y olfateó su
mano como una aspiradora.
—Chau Guardiana. ¡Hasta la vuelta! Esta carta es
para Adela, no dejes de dársela —dijo Mauro. Y deslizó el sobre por las
baldosas enceradas.
La perra lanzó dos ladridos en señal de
entendimiento, y Mauro la saludó a través del vidrio. «Es muy inteligente, le
va a dar la carta apenas Adela llegue» —se dijo muy convencido.
Mientras la moto corría hacia Santa Fe, se repitió
por dentro: «Mañana a las ocho en la placita. ¿Vendrás, Adela?».
Capítulo 22:
La recompensa
El reloj de pared marcaba las dos menos cinco de la
tarde. Zaia despojó la mesa de medicamentos, puso un mantel de plástico
floreado y distribuyó los cinco vasos de plástico y los dos platos hondos.
Había comprado gaseosas y alfajores de maicena para animar el festejo. Como era
domingo, ninguna dienta vendría a interrumpir. Tenía novedades para los chicos.
Una buena noticia, y otra mala. Suspiró pensativa; llegado el momento esperaba
que ellos comprendieran…
Adela, puntual como siempre, casi la sofoca con su
abrazo.
—¡Te extrañé un montón! Esta mañana, cuando
llamaste por teléfono, ¡me alegró tanto que hubieras vuelto! ¿Cómo está tu
madre?
—Mucho mejor. La operaron de la cadera y camina con
bastón. Ya no es necesario que me quede a vivir en San Nicolás, puedo ir los
fines de semana a verla —dijo Zaia—. No trajiste a Guardiana.
—Estaba un poco descompuesta, de tanto comer
galletitas dulces que se roba de la mesa. Ya sabés lo mal que le hace el
chocolate. Le di un remedio y la dejé en penitencia, a ver si aprende.
—¡Pobrecita! —se condolió la joven—. ¿Y tus amigos?
—Pablo e Inés deben estar por llegar. Me extraña
Mauro, ¡él es tan puntual! —Adela habló en tono burlón, pero se puso colorada.
—¿Hace mucho que lo conocés? —preguntó Zaia,
suspicaz.
—¿A quién?
—Vamos, no te hagas la desentendida. Estamos
hablando de Mauro. ¿Te gusta ese chico no?
—Somos amigos desde hace años —dijo Adela, con
vergüenza—. ¡Qué sé yo! Nunca me hice esa pregunta.
Zaia empezó a reírse, pareció que iba a agregar
algo. Pero en aquel momento entraron los hermanos Aguilar agitadísimos por la
carrera.
—¿Qué pasó? ¿Nos dan algo de recompensa? —dijo
Inés, ansiosa.
Zaia les hizo un ademán para que se sentaran.
—Compré algunas cosas. ¿Por qué no se acercan a
comer algo y de paso me cuentan todo? Cuando el oficial de policía llamó a casa
esta mañana para que me hiciera cargo de devolver a la pequinesa, y me enteré
de una parte de lo sucedido… ¡Chicos! En qué lío estuvieron metidos, ¡no lo
puedo creer!
Entre los tres, interrumpiéndose y agregando
detalles, le refirieron, paso a paso, todas sus andanzas. Ahora, pasados los
peligros, se sentían orgullosos de sus aventuras como detectives. Zaia
escuchaba atenta el relato, y, de tanto en tanto, pedía más explicaciones.
Hasta que no hubo más para contar, e Inés fue la primera en insistir con el
tema anterior.
—Ahora te toca a vos. ¿Qué dijo el empresario?
¿Está dispuesto a darnos una parte de la recompensa? ¿O ya se echó atrás?
—¡Dejala hablar! Además, todavía no vino Mauro.
—Es cierto —comentó Adela—. Y él es muy puntual.
¿Le habrá pasado algo?
—¿Por qué no llamamos a la casa? —propuso Zaia,
contenta de tener una excusa para postergar un poco sus novedades.
En casa de Mauro no contestaban el teléfono. Señal
de que él no estaba y, como era domingo, también habría salido Ceferina.
—Llegará en cualquier momento. Yo quiero saber si
cobramos la plata o no. ¿Es necesario esperarlo para que nos cuentes eso?
Con desaliento, Zaia empezó por darles la mala
noticia.
—Esa misma noche, la policía entregó el rottweiler
y el malamute al empresario, y éste prometió hacer una donación para el fondo
de jubilaciones y pensiones de la policía. Cuando yo lo llamé por teléfono y le
hablé de la intervención de ustedes, le dio un ataque de risa. Dijo que liberar
perros no era cuestión de chicos, y que él ya había cumplido con quien
correspondía.
—¿Donó los tres mil dólares para el fondo de
jubilaciones? —preguntó Pablo.
—Hasta donde yo sé, fueron mil, y gracias —dijo
Zaia.
—¡Qué roñoso! Se merece que le secuestren los
perros de vuelta —bramó Inés.
—Le desearía lo mismo, pero me dan lástima los
animales. Ellos no tienen la culpa de tener a semejante dueño —observó Adela.
—Eso es cierto —dijo Pablo—. Bueno, ¡adiós a mi
equipo de música!
—¡Arreglá el equipo viejo! ¿Acaso no sos un genio?
Y conformate, no seas tan «ambicioso» —saltó Inés. Contenta de poder
desquitarse con alguien porque ella también estaba desilusionada y furiosa. ¡La
de cosas que había planeado comprarse, descontando que algo de dinero
recibirían como recompensa!
—No soy «ambicioso», nenita. Ese equipo es eterno
de viejo, ¡ya no tiene arreglo! Ni un genio podría hacer que funcione.
—Dejame que yo vea ese equipo. Estoy seguro de que
puedo dejarlo como nuevo.
Desde la puerta, la voz de Pancho los sobresaltó a
todos.
¿Era realmente él? El electricista estaba cambiado:
una cola de caballo bien tirante sujetaba sus bucles grises hacia atrás; tenía
puesto un pantalón muy formal y, en lugar de sus típicas camisas floreadas, una
blanca lisa. Además, no venía solo. Lo seguía el chico morochito y, colgada del
brazo, una mujer joven, también morocha, y bastante atractiva.
Pancho tenía importantes novedades para contarles.
—Pudimos alquilar dos piezas y… ¡me caso con la
Elba! —dijo, mirando embobado a su compañera. Y señalando al morochito—: Este
sinvergüenza tiene la culpa. Desde que me fui a vivir a las Bodegas Giol me
anda echando el ojo para engancharme con la madre.
Dicho esto, palmeó al chico con afecto.
—¡Avisá! —protestó el morochito haciéndose el
desentendido—. ¿O vos te creés que me gusta tener un padre jovato con esa
melena?
Pancho rio a carcajadas y abrazó a la mujer. Ella
miró al suelo, intimidada por el rumbo que había tomado la conversación.
—Ya le prometí a la patrona que el mismo día del
casamiento me corto los rulos, ¿no Elba?
La mujer asintió ruborizada.
Entonces Zaia propuso hacer un brindis por el
compromiso. ¡Gaseosas sobraban! Todos felicitaron a la pareja, mientras el
morochito engullía alfajor tras alfajor a una velocidad sorprendente. Terminado
el festejo, Pancho, su novia y el hijo de ésta partieron a visitar a unos
parientes.
Adela miró la hora en el reloj de la pared. Ya eran
casi las tres de la tarde, y Mauro sin aparecer.
—El tío se lo habrá llevado a algún lado y
seguramente no pudo avisarnos. Esta mañana el teléfono de casa estuvo siempre
ocupado —Pablo miró significativamente a su hermana.
—¡Estaba hablando con Adela!
—Es cierto. Y yo antes hablé con Zaia. A lo mejor
Mauro quiso comunicarse conmigo y tampoco pudo —dijo Adela, algo decaída.
Inés la miró de reojo. «No entiendo a esos dos
—pensó—. Se gustan, y cuando están juntos ninguno es capaz de demostrárselo al
otro. Pero ¡habría que estar ciego para no darse cuenta! Ciego como Pablo, que
es un caído del catre y nunca pesca nada». De pronto, una frase de Zaia, la
distrajo.
—Antes les di las malas noticias. Ahora quiero
contarles las buenas. La dueña de la pequinesa estaba muy agradecida por todo
lo que hicieron por ella. Me dejó un sobre para ustedes.
Pablo fue el encargado de abrirlo.
—¡Un cheque por tres mil pesos! Es… ¡una fortuna!
—gritó alborozado después de mirar la cifra.
Inés hizo cuentas mentalmente.
—¡Setecientos cincuenta para cada uno!
—Yo creo que no podemos aceptarlo —dudó Adela.
—A vos, Zaia, ¿qué te parece? —preguntó ansiosa
Inés.
—¡Esperen! También hay una nota —dijo Pablo—. Voy a
leerla.
La carta, escrita con letra prolija y redonda,
decía así:
Queridos
chicos:
Zaia me contó todo. ¡Estoy tan emocionada por lo
que hicieron! Tal vez no deberían haberse arriesgado tanto para recuperar a
esos indefensos animales pero… ya está hecho, y les estoy profundamente
agradecida.
Lulú es mi vida, mi compañera, la hija que no tuve.
Al morir mi marido, deposité en ella todo mi cariño. ¡Por favor!, acepten el
cheque que les mando; Zaia puede cobrarlo. El dinero era para realizar un viaje
y tratar de recuperarme del dolor de perder a Lulú. Ahora que estamos de nuevo
juntas ya no lo necesito. Seré muy feliz si esa plata puede servir para darle
algún gusto a cada uno de sus «salvadores». Yo disfruto de un buen pasar, y no
tengo hijos ni nietos con quienes compartirlo.
Permítanme hacerles hoy este regalo; nunca será tan
grande como el que ustedes me hicieron a mí: devolverme a Lulú, sana y salva.
Son cuatro chicos muy valientes y buenos. ¡Que Dios los bendiga!
Julia y Lulú.
La carta, sencilla y emotiva, los emocionó a todos.
Recibir el dinero no era lo más importante, sino el haber contribuido a
recuperar la felicidad de alguien.
—Julia es muy generosa —agregó Zaia—. Cuando supo
que Pancho había intervenido en el rescate de su pequinesa, lo ayudó también a
él para que pudiera alquilar su nueva vivienda.
—¡Qué lindo día fue hoy! —dijo Inés—. Lleno de
buenas noticias: lo de Pancho, ahora esto…
—Con mil pesos podría comprarme el equipo que
quiero —suspiró Pablo—. Si mi hermana aceptara prestarme, sería otra buena
noticia.
—¿Y quién te dijo a vos que yo…? —saltó Inés—.
Claro que eso depende de «cómo usemos el equipo». Porque si te apropiás…
Mientras los hermanos se trenzaban en una de sus
habituales discusiones, Adela miró con disimulo el reloj. «Ya son las cuatro
—pensó, preocupada—. ¿Por qué no habrá venido Mauro?».
Capítulo 23:
La travesura de Guardiana
Mauro se había ido dejando el sobre en sus propias
narices. Guardiana lo olfateó con desconfianza; estaba de muy mal humor. Adela
también había salido hacía rato negándose a llevarla. Los dos la abandonaban,
¡y eso que era la hora de dar su paseo diario! Miró con añoranzas a través de
la puerta vidriada, y oyó ladridos familiares procedentes de la esquina.
Seguramente era Alan, su novio dóberman, y los otros perros del barrio que
correteaban felices hacia la plaza. ¡Lo que hubiera dado ella por reunirse con
sus amigos! Pero no, estaba allí ¡encerrada!
Lanzó cuatro ladridos enérgicos para que llegaran
hasta Godoy Cruz. Era su manera de avisarles que no podía seguirlos. Concluyó
el mensaje con su largo aullido de sufrimiento, para que Alan supiera que
estaba prisionera. No obtuvo respuesta. ¿Ya se habrían ido? Entristecida, con
la cabeza gacha, volvió a olfatear el sobre, y lo sostuvo entre los dientes.
Después, con la cola baja y los ojos entrecerrados, enfiló para el patio a
refugiarse en su cucha. Allí escondería la carta. ¿Acaso Adela no le escondía a
ella las galletitas?
Esa tarde Adela demoraría en volver. Al salir de la
veterinaria, Pablo e Inés le propusieron patinar sobre hielo y partieron los
tres hacia la avenida Cabildo. Al principio estaba algo triste por la ausencia
de Mauro y por ignorar qué le había pasado, pero trató de disimular ante sus
amigos. Finalmente, acaso de tanto disimular para que no se le notara, acabó
olvidando su tristeza y patinó con todas las ganas durante más de dos horas.
Los hermanos Aguilar se deslizaban ágiles sobre el hielo y resultaron muy
buenos patinadores. Especialmente Inés que, por sus prácticas de hockey, tenía
piernas fuertes y hasta aventajaba a su hermano en velocidad.
Como no tenían apuro por volver (al día siguiente
era lunes y, con tantas emociones, ninguno quería pensar en la ida al colegio)
prolongaron hasta casi las ocho el entretenimiento.
Cuando Adela entró en su casa, su madre la recibió
preocupada:
—No sé qué le pasa a la perra. Desde que llegamos
con tu padre, hace cosa de una hora, no se movió de la cucha. ¿Estará enferma?
—Esta mañana comió galletitas hasta reventar y se
descompuso, por eso la puse en penitencia. Ahora debe de estar ofendida.
¡GUARDIANAAA! —gritó desde donde estaba.
La madre se tapó los oídos y lanzó un gemido.
—¡Por favor! Casi me dejás sorda.
—Es raro que no venga a recibirme —dijo Adela.
—Yo que vos, iría a ver si está bien. Bueno, me voy
a la cocina a preparar la comida.
Apenas se fue la madre, la perra rascó la puerta
desde el patio; la miró con ojos de reproche y lanzó su aullido de sufrimiento.
La chica abrió y abrazó a la alicaída dóberman susurrándole palabras afectuosas
mientras la acariciaba en la cabeza.
—¡Pobrecita!, mi Guardiana. Estuviste sola toda la
tarde.
La dóberman alzó sus ojos tristones y, con cara de
«mirá lo que me hiciste» empezó a lamerle la cara.
Esa noche Adela la llevó a dormir a su cuarto. Sin
sospechar que, tras la cara de mártir, Guardiana ocultaba su última travesura:
la carta de Mauro bien escondida en su cucha.
Capítulo 24:
La despedida
El lunes amaneció despejado y algo fresco. Adela
desenganchó la campera del perchero, se calzó la mochila a las espaldas y cerró
la puerta con su entusiasmo acostumbrado. Al llegar a la calle Oro, vio venir a
Inés, con uniforme de colegio y cara de llegar tarde. Juntas, emprendieron la
caminata hacia la esquina.
—Perdí el ómnibus que pasa a las ocho —dijo Inés—.
Ahora, por culpa del «genio» de mi hermano, me van a poner media falta.
—¿Qué hizo Pablo?
—Anoche me tuvo en vela contándome lo de Mauro
hasta cualquier hora. Y esta mañana se olvidó de despertarme.
Al ver que su amiga la miraba con expresión de
asombro…
—Bueno, vos también te enteraste de lo de Mauro.
Adela no pudo contestar; víctima de un mal
presentimiento, se le había secado la garganta.
—Lo mandaron a llamar los tíos, y se va a vivir a
Alemania —prosiguió con naturalidad Inés—. Anoche Mauro habló por teléfono para
despedirse y charló como dos horas con Pablo.
—¿Cuándo se va? —alcanzó a articular Adela,
mortalmente pálida.
—Creo que el avión sale de Ezeiza hoy a mediodía
—dijo Inés. Y mirando su reloj exclamó—: ¡Las ocho y veinte, ya! ¡Qué horror!
Alzó la vista de nuevo hacia Adela y…
—¿Qué tenés? Tu cara parece un papel secante. Vení,
crucemos y te sentás en ese bar. ¿No andarás haciendo régimen, vos?
Inés condujo a Adela a la confitería más cercana y,
con toda soltura, pidió al mozo un vaso y una jarra llena de agua. Después de
tomarlo, y aunque seguía débil, Adela juntó fuerzas para preguntar.
—¿Por qué Mauro no se despidió de mí?
Inés la miró con el ceño fruncido.
—En serio me lo preguntás o te estás mandando la
parte.
—Palabra de honor: no sé nada.
—Mirá Adela, Pablo me prohibió que te lo dijera…
—Inés, vos sos mi amiga, tenés que ayudarme —rogó—.
¿Por qué no se despidió de mí? ¿Mauro está enojado conmigo?
—Está bien, voy a contarte lo que sé (mi hermano se
lo merece por no haberme despertado esta mañana), pero antes «yo» quiero saber
algo. ¿Mauro te gusta? ¿O para vos es sólo un amigo?
Adela inspiró profundo, como si le costara mucho
hablar.
—Estoy enamorada de él —dijo por fin—. Hasta anoche
tenía dudas pero recién, cuando me dijiste que se iba… Lo quiero mucho Inés,
creo que en el fondo me gustó siempre y nunca quise reconocerlo.
—Entonces, ¿por qué no le contestaste la carta?
—¿Qué decís? Yo no recibí ninguna carta.
—Sin embargo la pasó ayer por debajo de tu puerta.
Adela enrojeció de confusión y nervios.
—A lo mejor mamá no me la dio —dijo. Y luego, como
si reflexionara mejor—: No, mis padres no son de hacer esas cosas —y
volviéndose implorante hacia Inés—: ¿Vos sabés qué me decía en esa carta?
—Lo único que sé, es que él te
esperaba a las ocho de la mañana en la placita de Cerviño. A las diez salen con
el tío para Ezeiza. ¡Andá ahora! A lo mejor todavía estás a tiempo. Yo aviso de
pasada en tu colegio que llegás más tarde. ¡Apurate, tonta!
Inés sintió que la abrazaban
con fuerza y, antes de que pudiera reaccionar, Adela había desaparecido de su
vista.
Mauro se paseaba por la plaza
como fiera enjaulada. Llevaba ya media hora de plantón, y cada minuto de espera
hacía aumentar su pesimismo. «Adela no va a venir —se dijo—. Fui un estúpido al
hacerme ilusiones. Ella me quiere como a un amigo y punto. Si sintiera otra
cosa por mí, al recibir la carta me hubiera llamado por teléfono». Experimentó
un vacío, y después un peso que lo agobiaba por dentro. No quería irse así,
pero no había otro remedio. Recordó sus sueños: «te extrañé mucho durante estos
dos años» —le decía ella. Y entonces él la besaba. Tuvo pena y vergüenza de sí
mismo. Adela no estaba enamorada de él. Repentinamente recordó unas palabras de
ella: «Me hubiera sentido culpable y muy triste. No es agradable perder a un
amigo». Estaba clarísimo cuáles eran, desde siempre, sus sentimientos. Por eso
no había venido, para no herirlo más. Porque lo quería sí, pero no como él a
ella.
De pronto, la realidad del
viaje lo golpeó. Irse a Alemania por un año ya era algo difícil de soportar.
Irse así, sabiendo que Adela lo rechazaba era… ¡horrible!
Un ejemplar de dóberman cruzó
la plaza como bala seguido de otros perros. Por un momento creyó que era
Guardiana y que en cualquier momento vería aparecer a Adela. Pero éste era un
perro, no una perra, y su dueña, una chica gordita y rubia, no se parecía en
nada a Ella.
Perdidas las esperanzas,
decidió volver a su departamento. Ya eran casi las nueve, y aún le faltaba
hacer el bolso de mano, buscar unos libros en la biblioteca de Walter y…
Atravesó la plaza con paso
desganado, llegó a la calle y se disponía a cruzarla, cuando sintió que lo
llamaban. Se dio vuelta. Adela corría hacia él. No supo qué hacer. De puro
nervioso, se sentó a esperarla en un banco.
—¡Suerte que te encontré!
—dijo ella al llegar.
—¡Ya me iba! —dijo él. Pero se
arrepintió enseguida y agregó—: Hace como una hora que te espero.
—Inés me contó que te vas… Yo…
nunca leí tu carta.
—Mejor. Decía puras pavadas
—dijo él.
—¿Por ejemplo? —insistió ella.
Él la miró fijo; al comprobar
que se ruborizaba, recuperó algo de su aplomo y exclamó:
—¡Vamos, Adela! Si vos sabés
muy bien lo que yo siento por vos.
—Y yo siento lo mismo.
Pero Mauro no quería hablar,
ahora las palabras estaban de más. Él se iba a Berlín y los últimos minutos
volaban. La abrazó con fuerza y ella se dejó abrazar. Después la besó en los
labios y Adela le correspondió. Durante un rato se quedaron allí, sentados en
el banco, besándose, muy abrazados.
—Mauro, ¿estás enamorado de
mí? —preguntó de golpe Adela.
—Sí —respondió él, con la voz
ronca por la emoción.
—Pero si yo no te apuraba, no
me lo decías —lo desafió ella.
Él la miró asombrado, y
después lanzó una carcajada.
—Siempre la misma, ¡cómo te
gusta salirte con la tuya! —y enseguida le preguntó, serio—: ¿Y vos?, ¿estás
enamorada de mí?
—Sí. ¡No sabés cuánto!
Felices, volvieron a abrazarse
y a besarse. Hasta que Adela descubrió la mirada curiosa y divertida de la
rubia gordita que en aquel momento paseaba por la vereda a su perro dóberman.
—¡Huy, qué papelón! —dijo—. A
esa chica la conozco, es la dueña de Alan, el novio de Guardiana.
—Entonces Guardiana también
está de novia —dijo Mauro con intención—. Porque desde ahora vos sos mi novia
¿no, Adela?
Ella contestó un «sí», casi
mudo, y bajó la cabeza avergonzada. En medio de su alegría, se confesaron
mutuamente lo que cada uno había pensado, sentido y ocultado al otro durante
todos esos días. Y como buenos detectives dilucidaron juntos el caso de la
carta desaparecida. Había una sola sospechosa: Guardiana.
El reloj de la iglesia de San
Tarcisio dio las diez campanadas. Mauro recordó la ida a Ezeiza, el viaje a
Berlín, y una sombra de tristeza le nubló la mirada.
—¿Me vas a escribir?
—preguntó.
—Vas a recibir carta todas las
semanas —dijo ella con fervor.
—Un año es mucho tiempo
—reflexionó él—. No sé si puedo pedirte que me esperes. Quiero decir… si te
llegara a gustar otro…
—¡No digas pavadas! Eso jamás
va a suceder. Siempre me gustó el mismo: vos. ¡Te extrañé tanto durante estos
dos años!
«Igual que en mi sueño» —se
dijo Mauro. Era cierto que se hacía tarde, que su viaje no tenía remedio, pero
irse sabiendo que Adela lo quería, lo hacía más fácil de soportar que antes. Ya
no sentía timidez ni ganas de fanfarronear, tampoco le importaba que Adela se
riera un poco de él. Mauro estaba enamorado, feliz, y veía el futuro lleno de
promesas y esperanzas.
De pronto, tuvo una idea
genial y muchas ganas de compartirla con ella.
—¿Sabés una cosa, Adela?
—exclamó—. Algún día me voy a casar con vos, y vamos a tener… ¡una agencia de
detectives!
MARÍA BRANDÁN ARÁOZ. Nació en la ciudad de Buenos
Aires, pero tiene raíces familiares en las provincias de Salta y de Córdoba.
Estudió magisterio, Literatura española en el Instituto Cultural Hispánico,
finalizando sus estudios en Madrid, España; realizó la carrera de Periodismo,
Teoría y Práctica de guión de televisión y de cine.
Periodista de investigación,
colaboró en diferentes medios: La Nación, La Prensa, diario CONSUDEC,
publicaciones de Editorial Abril, La Obra, revistas Billiken, Jardincito,
Enseñar, de Tinta Fresca, y Maestra Primaria, de Ediba.
Publicó notas y cuentos en
muchos sitios literarios y educativos de Internet. Realizó guiones de dibujos
animados para el público infantil de México.
Fue miembro del jurado en las
«Fajas de Honor» de la SADE, en el «Premio Fantasía Infantil», en certámenes
literarios escolares y en CONABIP, entre otros concursos.
Miembro de la Society of children’s book writers
and ilustrators of USA fue Assistant Regional Adviser del Chapter
Argentina.
Obtuvo la «Faja de Honor» de
la Sociedad Argentina de Escritores en Literatura Infantil y Juvenil por su
libro Vacaciones con Aspirina; la «Faja de Honor» de la Sociedad
Argentina de Escritores en Novela, por su obra Caso reservado; su libro
de cuentos Jesús también fue niño obtuvo Mención de Honor en Literatura
Infantil, premio nacional instituido por la Subsecretaría de Educación y la
provincia de Tucumán. Tiene muchos cuentos publicados en manuales escolares,
revistas infantiles, educativas y antologías como Quelonios, editada por
la Biblioteca Nacional. Sus libros se adoptan en colegios de nivel inicial,
primario y secundario de toda la Argentina y se publican en Brasil, Chile,
Ecuador, El Salvador, Perú, Puerto Rico, Paraguay y Colombia, entre otros
países. Sus textos literarios se leen en California y en Miami, USA.
La autora visita los colegios
para encontrarse con sus lectores e interactúa con ellos desde su sitio oficial
y sus páginas de Facebook, Twitter y www.elblogdemarita.com. También realiza
talleres con docentes y padres sobre técnicas y tácticas para lograr que los
chicos adquieran el hábito y el placer por la lectura a cualquier edad.