¿Quién era quién?
Los primeros españoles que llegaron a estas
tierras – América – venían con la idea de hacerse ricos bien pronto y conseguir
prestigio (fama, cargos importantes, títulos de nobleza). Además algunos de
ellos querían cristianizar a los pueblos que conocieran. Esta gente tenía
bastante experiencia en tratar con otros pueblos de costumbres distintas.
Conocían ya el norte y el este de África, Oriente y –aunque mucho menos – la
India y el Lejano Oriente (China, Japón) desde donde traían distintas
mercaderías: seda, especies, piedras y metales preciosos, perfumes, etc. Igual
que muchos otros pueblos, los europeos estaban convencidos que su cultura (es
decir su forma de hacer las cosas, de hablar, de vestirse, de comer, de
entender que era el mundo y de creer en la divinidad) era la mejor de todas las
que se conocían: los demás eran inferiores para ellos. Así que llegaron a
América con esa idea, cuando vieron a los indios que vivían en las islas medio
desnudos en casas de hojas de palmera y sin siquiera conocer qué era una
espada, pensaron enseguida que eran salvajes. Después cuando conocieron los
aztecas, que vivían en grandes ciudades de casas de piedra, con enormes templos
y palacios. Pero, los aztecas sacrificaban cientos de prisioneros a sus dioses,
lo que les pareció una prueba que eran gente atrasada y brutal (olvidándose de
las guerras feroces que había en Europa a causa de la religión, donde se
masacraba sin piedad a hombres, mujeres y chicos). Y cuando vieron el imperio
incaico, que era un prodigio de organización, reconocieron que había aquí
algunas cosas mejor hechas que en Europa (como los caminos); pero como adoraban
el sol. Los cerros
sagrados y a las momias de los emperadores muertos igual les pareció que eran
unos ignorantes (sin acordarse que ellos rezaban ante los huesos de los
santos). Para los europeos, los americanos ignoraban todo. No tenían escritura
y los que hacían libros como los mayas, no escribían palabras con tinta y pluma
sino que anotaban las cosas con dibujos. Los indios no creían en un solo dios,
sino en varios. No tenían bueyes para arar la tierra, no conocían la rueda y
por eso no contaban con carros – como en Europa- y debían ir a pie a todos
lados. Tampoco tenían caballos, útiles para viajar y sobre todo para la guerra.
No conocían armas de fuego, ni de acero. Estas y otras cosas los convencieron a
los europeos que los indios eran ignorantes e inferiores a ellos. En Europa se
discutió si los indios tenían alma o no; si eran realmente seres humanos o sólo
unos animales bastante inteligentes; sí había que considerarlos como esclavos
de los conquistadores o como personas libres, súbditos de España. Hasta que el Papa
tuvo que decir la última palabra:... “Que los indios tenían su alma y que no se
los podía matar ni esclavizar.... ” No eran exactamente estas palabras, pero si
el sentido de su afirmación.
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Por su parte, los pueblos americanos se fueron encontrando con esta gente
extraña. De los europeos les llamó la atención muchas cosas: que tenían la piel
clara pero el pelo y los ojos de diferentes colores. Que algunos llevaban barba
y bigote (ellos en cambio se depilaban toda la cara) Que vestían ropa rarísima:
camisas y unos pantalones ajustados (las calzas), botas en los pies que
llegaban hasta la rodilla y para la guerra se cubrían de hierro. Que no usaban
arcos y flechas, sino espadas de un metal extraño y feo en comparación al oro y
la plata que los indígenas poseían; pero muy filoso. Y sobre todo les
sorprendió los arcabuces y cañones, porque hacían un ruido que parecía de trueno,
echaban fuego y una humareda infernal, mataban desde lejos, a veces a varias
personas a la vez. También que se subían a unos animales nunca vistos (los
caballos), que los llevaba rapidísimo y eran terribles para la guerra. Ya que
los hombres quedaban altísimos, éste animal atropellaba y pisoteaba, y podían
escaparse velozmente si se los perseguían. Que viajaban por el mar en unos
barcos más grandes que todos los que hubieran visto antes, con palos altos y
velas, capaces de llevar adentro muchos hombres, animales barriles con agua. Y
así como los europeos se habían preguntado: ¿quiénes eran los indios?, ellos se
preguntaron a su vez: ¿ quién era esa gente?, ¿de dónde venía y para qué?. Cada
pueblo trato de encontrar una respuesta, de acuerdo con sus propios
conocimientos. Algo se sabe sobre qué pensaron al verlos, algunos pueblos como
los mayas, aztecas e incas. En cada uno de ellos existía una tradición muy
antigua que hablaba de un dios civilizador, bueno y justo, que había estado
para enseñarles muchas cosas. Este dios se denominaba Kukulkán entre los mayas,
Quetzacoátl para los aztecas y Viracocha para los incas. Según los distintos
relatos, se había ido un día del mundo pero había prometido volver. Los tres
pueblos esperaban su regreso, para el cuál según sus cálculos astronómicos
(observando las estrellas), faltaba muy poco tiempo. Meses antes de la llegada
de estos extraños, comenzaron a suceder hechos terribles, terremotos,
tempestades, incendios de templos y señales de cometas y estrellas en el cielo,
tanto entre los aztecas, mayas e incas. Con todo esto, nos es posible entender
que se preguntaran: ...¿si no sería el tiempo de la vuelta de los dioses?....
Al principio algunos de sus jefes dudaron sobre que hacer con estos
desconocidos. Si bien hubo pueblos que los recibieron como dioses, como Huáscar, líder de
los incas, ya que pensaba que lo podían ayudar en sus pelea por el poder con su
hermano Atahualpa, por eso se los llamó en los primeros tiempos “viracochas”.
Otros, como Moctezuma el jefe azteca, les hizo regalos y ofrendas, pero les
pidió que no se acercaran y después no se decidió a echarlos antes de ver que
hacían. Por su parte, mientras los mayas de Guatemala y Honduras recibieron a
los españoles como dioses, los que habitaban en la Península de Yucatán les
decían despreciativamente “los extranjeros” Pero la duda duró poco tiempo,
pronto se dieron cuenta que eran simples hombres, diferentes y raros, pero
hombres. No se portaban precisamente como dioses, se volvían locos por el oro,
robaban, querían sus tierras, los mataban, los hacían prisioneros, violaban a
sus mujeres. Estos extraños tenían armas poderosas en la guerra, pero cuando se
los hería sangraban y se morían. No podían ser dioses, ni siquiera demonios
maléficos, porque los dioses no se morían... Se prepararon para pelearlos, pero
no pudieron derrotarlos. Aunque estos invasores eran menos que ellos: ...¿cómo
pudieron estos aventureros conquistar a verdaderos imperios bien organizados y
llenos de soldados? ....
Extractado de: Palermo, Miguel Ángel y Roxana
Edith Boixados, La Conquista de América, Colección La Otra Historia, N°1,
Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1997, pp. 44-49. https://didactica-historia.wikispaces.com/file/view/Prof.MaCarmen+Cattaneo.pdf
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